El clero está tentado

572

Antes que nada… el clero del que hablo soy yo, el obispo y el resto de los sacerdotes de la Arquidiócesis de Paraná. Nosotros somos este clero tentado: el de este obispo y su presbiterio. Sentado esto, lo que sigue es fruto de una meditación en el retiro con mis hermanos sacerdotes durante toda esta semana. Nació desde la predicación del disertante y se dejó iluminar por las palabras del Papa Francisco en la Evangelii Gaudium. No digo nada nuevo, simplemente medito sobre mi realidad a la luz de lo escuchado. La novedad es, simplemente, pensar lo universal desde lo particular de mi vivencia pastoral.

 

clero

 

El tentador

Hablar de una tentación supone que hay alguien que tienta… que tiene el poder para hacerlo. No el poder inmenso de Dios… pero si la suficiente fuerza como para hacerme caer en mi libertad, hacerme elegir el mal.

Siempre es bueno recordar que la tentación puede tener un triple origen. El más “famoso” es el tentador por excelencia, el ángel caído al cual le decimos Demonio, Satanás… Actúa de manera sigilosa presentándonos bajo apariencia de bien lo que es, al final, un mal para nuestra vida. Un mal porque nos aleja del plan de Dios.

Pero la tentación puede venir desde otros dos caminos más terrenales. Uno es la “carne”. Que no es nuestro cuerpo como tal sino la herida del pecado original, que aunque está sanada por el bautismo, nos inclina a obrar el mal. San Pablo y San Juan le dicen a esta realidad concupiscencia (Rom 7,14-25). Sabiendo dónde está el bien… hago el mal que no quiero por la fragilidad de mi existencia. Tal es la condición de todo ser humano… y el cura también es humano.

Hay otra realidad que también nos mueve, sigilosamente, a obrar el mal. Es lo que se denomina el “mundo“. No hace referencia a la realidad creada, que es buena en sí misma al salir de las manos del Creador. Tampoco se hace referencia aquí al mundo entendido como la humanidad caída en el pecado y redimida por nuestro Señor Jesucristo. Hablamos de una tercera realidad: la de mis males personales que tienen consecuencias sociales y se transforman en un ambiente de maldad que inclina “casi lógicamente” a obrar mal (“todos lo hacen“). Son esas estructuras de pecado que vamos creando en nuestra cultura, que se transforman en el aire cotidiano que respiramos y que nos llevan a obrar antievangélicamente. Ojo: el mundo no son los otros; somos nosotros; soy yo que lo hago posible con mis caídas constantes, tibiezas y corrupciones.

Humanamente es más fácil echar la culpa de las propias caídas a la tentación de un tercero que a la propia libertad que actúa por movimiento propio. Por eso preferimos sentirnos “esclavos” del Demonio y no nos detenemos a pensar que mi carne y mi mundo influyen mucho en mi conducta y en mis opciones. Cuando hablo del “tentador”… hablo de los tres.

También como clero podemos echar la culpa de nuestros males a factores exógenos que se alían contra nosotros. Puede ser que eso ocurra. Pero las tentaciones verdaderas, las más profundas, son las que nacen de nuestra vida personal y comunitaria, de lo que somos y hacemos nosotros y no de lo que otros quieren hacer contra nosotros. También en nuestro ámbito es más fácil recurrir a la causa de la tentación en “demonios” que en las propias fragilidades carnales o mundanizaciones de nuestra existencia de consagrados. Reconocer que hay pecado en nosotros y que tiene que ver con nuestras libres caídas ya es un principio de liberación cristiana.

La raíz de las tentaciones

Francisco nos enumera, a modo de examen de conciencia, una serie de cuestiones. Si tuviera que decantarlas en una sola, diría que todo se resume al “yo”. Un yo que se exagera y presume autonomía y preponderancia frente al “Tú” absoluto que es el Señor y al “nosotros” eclesial. El Totalmente Otro y los otros.

Esto es tan viejo como el relato del pecado original (Gn 3). “Yo” quiero ser como un dios y por eso, siguiendo mis propios instintos y percepciones de bondad y belleza, elijo erigirme en el centro… obro en consecuencia. Consumir la fruta del “yo” hace que me esconda frente a una divinidad que me busca, porque pienso que va a agredirme, me va a impedir el consumar la libertad plena de mi divinización. O hace que le eche la culpa de mis acciones… porque me hizo libre y no marioneta.

Esa fruta del “yo” también hace que me revele frente a quién me acompaña en la vida: ese es el responsable de mis caídas… quién no me permite crecer… quién atenta con sus palabras y obras en mi permanecer en el bien… El otro es, simplemente, el enemigo a destruir (Caín y Abel, Gn 4).

Cuando Jesús resume toda la existencia cristiana simplemente al “ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 13,34) hace la invitación a romper con la tentación del “yo” puesto en el centro de la escena. Nos invita a centrarnos en el Amor Fundante que es la entrega del Verbo Encarnado y el Amor Imitado que es el ser para el otro, ser “nosotros”.

En este marco, ahora sí nos detenemos en las tentaciones descriptas por Francisco que, como clero, “nosotros” tenemos. Una aclaración pertinente: para hacer más fácil la lectura he evitado el encomillado de las expresiones del Papa, lo cual hace que se confundan sus ideas con las mías.  Así que si leen una idea interesante o un término raro… no duden de que es de Francisco y no mía.

Tentados en el entusiasmo misionero

El entusiasmo, etimológicamente, hace referencia a “un Dios adentro” del corazón que nos impulsa a vivir saliendo al encuentro del otro. Esto es central para cualquier bautizado que quiere vivir en coherencia con su fe. Pero es una cuestión central, vital, para nosotros los consagrados: nuestra vida no tiene sentido si no es en la entrega sin reserva, desde la ordenación y para siempre, al Dios vivo y vivificante.

Esto lo vivimos como peregrinos de la existencia. Hay momentos en los cuales todo esto es experimentable y vivible. Pero hay otros momentos en los cuales somos tentados en este aspecto crucial. Francisco nos habla de tres males que nos acechan, que son aprovechados por el “tentador” para hacernos caer: el individualismo, la crisis de la identidad y la caída del fervor.

El individualismo que nos encierra en nuestras propias necesidades, en la búsqueda de la satisfacción de las mismas. Individualismo que se ve reflejado en la preocupación exacerbada por los espacios personales de autonomía y dispersión. El tiempo libre es necesario, recrea el espíritu, distiende los “músculos” y renueva las fuerzas. Pero mi tiempo es de Dios… ¿o acaso significa otra cosa ser consagrado? El problema no es desear los espacios personales que me hacen crecer humana y cristianamente. El problema está en buscarlos como espacios absolutos que todos, incluso el Señor, deben respetar meticulosamente.

La crisis en la identidad sacerdotal es natural que ocurra en determinados momentos de la vida. Una crisis es un momento en el cual nos detenemos y miramos lo que somos. Esa mirada hace que encontremos mucha escoria que se nos ha ido pegando con el tiempo. Entonces, si la crisis es fecunda, nos lleva a desprendernos de esas pegatinas, a centrarnos en lo esencial: Dios, su Palabra sobre mí, mi respuesta que crece en fidelidad. Así la crisis nos purifica en el amor y nos va preparando para la contemplación definitiva del Eterno. Esa es la crisis querida, permitida por el Señor para nuestra conversión, para nuestro crecimiento espiritual.

Pero la crisis puede venir también de manos del “tentador”. Es entonces que absolutizamos, elegimos, la escoria. No purifica sino que nos hunde más en el abismo. De aquí surge esa especie de complejo de inferioridad que oculta nuestra identidad cristiana, nuestra identidad consagrada, y nos hace añorar lo que pertenece a otros estados de vida.

En el fondo de estas cuestiones está la caída del fervor. La vida espiritual se queda en algunos momentos religiosos destinados a calmar las ansias… pero que no me abren a un verdadero encuentro con los otros. No me llevan a vivir la verdad de mi identidad de elegido, llamado y consagrado por el Señor para una misión. Francisco tiene una afirmación muy brava, cuando nos hace tomar conciencia de que caemos en un relativismo práctico que nos lleva a actuar como si Dios no existiera… como si los demás no existieran. Solo soy yo… mis espacios personales… mis necesidades. Y termino aferrándome a seguridades económicas o a espacios de poder y gloria humana. Así la misión, que es salir al otro para compartir los tesoros de la fe vivida, se va apagando. El “tentador” nos la roba. Y nosotros nos la estamos dejando robar.

Tentados en la alegría evangelizadora

Sale a nuestro encuentro una de las características espirituales más notorias de nuestra época y toca lo que la esencia de nuestra acción: la acedia pastoral. La acedia es esa tristeza dulzona, sin esperanza, de dejarse estar en la vida espiritual. La acedia pastoral tiene que ver con lo que sacerdotalmente hacemos, nuestra vida apostólica, la consecuencia práctica del llamado que hemos recibido.

Una acedia pastoral que puede tener muchos orígenes a disposición del “tentador”. Puede ser que nos hayamos embarcado en proyectos irrealizables que son más fruto de la propia vanidad que moción del Espíritu. Y desgasto energías en ello sin aceptar lo bueno que en realidad si puedo hacer, está a mi alcance, coincide más con la voluntad del Señor.

El origen también puede estar en no aceptar que los procesos, que estoy llamado a conducir como líder de una comunidad católica, son lentos y costosos. Me ataca el inmediatismo pastoral de ver ya los resultados, de ser cosechador de frutos y no simple sembrador de semillas en la Iglesia. Por eso no puedo esperar y quiero dominar el ritmo de vida de mi comunidad. Y vienen los fracasos… y vivo amargado por eso.

Lo de Benedicto siempre sigue siendo actual, cuando nos advertía sobre el gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en la cual todo procede con una aparente normalidad pero que en realidad va desgastando todo y generando mediocridad. Y no se refería, precisamente, a lo que llamamos “pastoral ordinaria” sino a esta vivencia de la acedia pastoral.

El problema de fondo no es que los curas tengamos mucha actividades (que a veces sí las tenemos). El problema es que somos tentados porque las vivimos mal, sin la motivación adecuada y sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable. Por eso no debemos dejarnos robar la alegría que brota de la fe, del encuentro con el Señor, del saber que estamos en su camino… aún en los aparentes fracasos y las pequeñas o grandes cruces.

Desgraciadamente, mucha gente nos mira y piensa (algunas pocas veces nos lo dice también) que hemos perdido la alegría que brota de la vida evangélica.  El “tentador” nos la ha robado… y se hace evidente a los ojos de los terceros.

Tentados al pesimismo estéril

La presencia del mal desanima. Mucho más cuando ese mal es cometido por hermanos sacerdotes. Y esta es una triste realidad actual en nuestro clero. No abundamos en detalles por todos conocidos.

Francisco dice que la presencia del mal operante cerca nuestro puede producir una tentación muy fuerte: el desánimo de quienes están cerca, de quienes comparten una misión y, aunque son inocentes, se ven salpicados por la malicia de alguien muy cercano, de alguien que comete actos que están muy, pero muy alejados de la consagración, del estilo de vida al cual nos llamó el Maestro.

Así entra el desánimo y la falta de fervor en la vida apostólica. Y lo peor está al caer… pensamos que por esas caídas la derrota ha entrado en la vida de la Iglesia. Eso nos transforma en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre.

Junto a esta, también hay otra tentación muy a la puerta: el querer separar antes de tiempo el trigo y la cizaña. Esta actitud de enjuiciar y condenar al otro nace de una desconfianza ansiosa y egocéntrica. Ansiosa porque el mal ya debe ser solucionado… caiga quien caiga. Nos cuesta aceptar que la solución de un mal es un proceso que lleva su tiempo. Egocéntrica porque “yo” me considero con el suficiente poder para arrojar la primera piedra y por eso me molesta en demasía que haya quién me salpiquen con sus incoherencias, pecados o corrupciones. Así nos transformamos en lobos de los demás… para regocijo del mundo. Lobos a los cuales les cuesta el abrazo misericordioso del Padre frente al hijo que, inmundo por sus chanchadas, quiere regresar a la casa para vivir de nuevo como hijo. Somos muy hermanos mayores frente a “ese hijo tuyo”. Esta es una tentación muy fuerte.

La mirada creyente frente a esta realidad vergonzosa es la de recordar aquello de San Pablo de que donde abundó el pecado sobreabundó también la Gracia (Rom 5,20). Este es tiempo de Visitación, dolorosa pero fecunda. Francisco nos invita, también a nosotros, a tener esa mirada confiada del que espera que el agua se convierta en vino, de volver a comprobar que hay cizaña pero… abunda el trigo. Es la serena certeza de que Dios sabe convertir el mal en bien para aquellos a los que ama.

Estamos invitados a no dejarnos robar esta esperanza por el “tentador” que quiere que nos fijemos y vivamos constantemente de mirar las miserias en las que caemos. La esperanza pone la mirada en el Reino de Dios y sabe que todo es para bien… todo pasa… la plenitud de la Vida está al caer.

Tentados en la vivencia comunitaria

Me entusiasmó mucho cuando descubrí, al asumir mi primer destino como cura, que no me hacían párroco “a mi” (tentación del yo) sino que en ese momento “a uno del presbiterio” (nosotros) se lo ponía al frente de esa comunidad para conducirla pastoralmente. La existencia de cada sacerdote diocesano no tiene sentido si no es en referencia a la colaboración que presta a la limitación del obispo como parte de un cuerpo presbiteral. Es esta una de las fuentes más profundas y fecundas de nuestra espiritualidad clerical. Y, por eso, es dónde somos más frecuentemente asediados por el “tentador”. Es que los curas muchas veces preferimos ser gerentes de kiosquitos y no empleados de supermercados.

Aunque esto no es algo que es propiedad absoluta de los sacerdotes. Está en la raíz misma de nuestra fe, que nos invita a romper nuestros límites del “yo” y salir al encuentro del otro. Por eso salir de si mismo hace bien mientras que encerrarse nos hace probar el amargo veneno de la inmanencia. Cuando nos encerrarnos la humanidad pierde… se empobrece.

Esto supone un vencerse continuamente. El ideal cristiano, al contrario del “tentador” siempre invitará a superar la sospecha, la desconfianza permanente, las actitudes defensivas que nos impone el mundo actual. Debemos estar dispuestos a correr el riesgo de encontrarnos con el otro, con su presencia física, con su dolor y reclamos, con su alegría. Francisco nos invita a vencer esta tentación entrando en comunión con el Hijo de Dios que nos invita a una revolución de la ternura. Ternura que nos hace sensibles a los demás y nos produce una sanación profunda de nuestras relaciones porque nos ubica en una fraternidad mística, que sabe contemplar la grandeza sagrada del prójimo.

No podremos ser luz y sal de la tierra si no vivimos como comunidad presbiteral. La tentación está y… ¡hay que enfrentarla!

Tentados por la mundanidad espiritual

Es el tema preferido de Francisco. O por lo menos, el que más impactó a muchos en el inicio de su pontificado. Y es una cuestión que tiene que ver con la astucia del “tentador” con respecto a los consagrados. Nos ataca por este lado porque solemos pensar que estamos inmunes al espíritu del mundo… En otras palabras, el tentador se hace fuerte en nuestra soberbia.

La mundanidad espiritual es buscar la propia gloria y bienestar en vez de buscar la gloria del Señor. Claro que esto se suele esconder detrás de actitudes y comportamientos que en apariencia son muy religiosos y de mucho amor a la Iglesia. Claro… en apariencia. Y como no suele conectarse con los pecados públicos… por fuera todo parece correcto.

Francisco dice que puede darse de dos maneras que están profundamente emparentadas.

Una es lo que él denomina la fascinación del gnosticismo. Es la conducta de quién está interesado, lo mueve, solo una determinada experiencia o una serie de ideas particulares. Esto supuestamente hace bien… pero encierra en los propios pensamientos o sentimientos.

La otra tentación es la de neopeliagianismo autorreferencial y prometeico (jaja… ¿difícil?… pues los curas entendemos de una lo que se está queriendo decir con este juego de palabras). Es la de quienes confían en sus propias fuerzas y, como modernos fariseos, se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantables a cierto estilo católico propio del pasado. Esto crea un cierto entorno, una especie de élite de elegidos que se hace constante auto-referencia y se transforma en juez de la sana doctrina del resto de la comunidad.

Y, más allá de la postura inicial, surgen actitudes tendientes a dominar todo lo referente a la vida de la Iglesia, a ocupar espacios de poder… no como servicio sino como búsqueda de hacer prevalecer lo que “yo” considero que es lo correcto en la liturgia, la doctrina o el prestigio de la Iglesia.

Pero no son nuestras únicas tentaciones en este campo. A veces… la mundanidad espiritual nos lleva a publicar lo que hemos conquistado en cuestiones sociales o políticas. Otra… es la vanagloria de la gestión de los asuntos prácticos o empresariales. Otra… es ir detrás de las novedades relacionadas con el mundo de la autoayuda y diversas sanaciones que nos ponen como el centro de referencia de las personas ayudadas (sanadas). También… se puede manifestar en una densa vida social llena de salidas, reuniones, cenas, recepciones. También… nos puede llevar a levantar constantemente el dedo y señalarle a los demás los que se debe hacer, porque nosotros somos los maestros sabios e inspirados que tenemos la llave de la vida pastoral de la Iglesia.

Todo esto, que puede tener una inicial buena intención, nos gana tanto el corazón que nos ponemos en su consecución buscando el disfrute espurio de una autocomplacencia egocéntrica. Aunque no nos demos cuenta… es una tentación muy fuerte. Una tentación que, cuando caemos en ella, sólo puede ser sanada tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libra de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en la apariencia de una vida religiosa vacía de Dios.

 Tentados en el amor fraterno

Cuando caigo en la tentación de la mundanidad espiritual… otra tentación acecha para profundizar mucho más esa caída. Es la de estar en guerra con otros creyentes por el solo hecho de que se interponen en mi desmadrada búsqueda de poder, prestigio, placer o seguridad económica. En algunos ocurre que alimentan tanto el espíritu de las internas que terminan ellos mismos no viviendo una pertenencia cordial a la Iglesia.

Así dejamos de ver al hermano sacerdote, al creyente en general, como un don del Señor para mí e instalamos en el corazón la envidia. Ese pecado capital que se alegra de los fracasos ajenos y se entristece de sus éxitos pastorales. Ella, como buen pecado capital, le abre la puerta a muchas actitudes muy malas: diversas formas de odio; divisiones; calumnias; difamaciones; venganzas; celos; deseos de imponer los propios pareceres a cualquier costo; persecuciones al que piensa distinto o no comparte mi “carisma”… Como podemos ver… las tentaciones contra la caridad fraterna son muchas y muy variadas y el “tentador” sabe usarlas en el momento oportuno para arrastrarnos en el mal.

El “tentador” la tiene clara: cuando faltamos a la caridad fraterna faltamos al testamento del Señor y somos causa de incredulidad para el mundo que nos rodea. “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17,21). El problema es que somos nosotros lo que no la tenemos tan clara…

No se inquieten ni teman (Jn 14,27)

Este es el consejo de Jesús. Y es la primera certeza que tenemos como sacerdotes: “¡Tengan valor, yo he vencido al mundo!” (Jn 16,33) Porque si bien las tentaciones son muchísimas, las caídas son las menos. Y esto ocurre no por la propia fuerza de uno sino por la Gracia que nos sostiene y nos reconcilia.

Los curas, porque humanos, estamos constantemente tentados. Y porque ministros del Altísimo el tentador tiene unas ganas bárbaras de que cedamos y caigamos. No solamente por el gozo de vernos caídos sino por el escándalo que esa caída produce en los más débiles de la fe. Es la cruda realidad del chiste: “Algo es algo, decía el demonio y se llevaba un cura al hombro”.

Particularmente, me es un consuelo lo que San Pablo le escribía en su segunda carta a los Corintios:

“llevamos este tesoro de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros sino de Dios. Estamos atribulados por todas partes, pero no abatidos; perplejos pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados. Siempre y a todas partes, llevamos en nuestro cuerpo los sufrimientos de la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (4,7-10).

Todo lo que escribí anteriormente es un examen de mi propia vida. Una toma de conciencia de las armas del “tentador” (carne, mundo o demonio) que me acecha. Pero, sobre todo es un canto a la fidelidad del Señor que se mantiene firme en sus promesas. Y, porque no, también es un canto a la fidelidad de muchísimos sacerdotes que, a los tumbos, nos mantenemos lo mejor posible en el Camino de la Vida, en el Camino del Señor. Y si nos levantamos de las caídas, no es por propia fuerza sino obra de la Gracia que quiere triunfar en mí, en nosotros, como también quiere hacerlo en cada ser humano. “¡Gracias a Dios por Jesucristo, nuestro Señor!” (Rom 7,25).

Y gracias porque permites la tentación como un medio de crecimiento espiritual. Porque estar tentado… no es lo mismo que estar en pecado. Estar tentado me ayuda a rezar con más devoción y fe la oración de Jesús: el Padrenuestro.

7 Comentarios

  1. Gracias padre, justamente me viene hoy estas hermosas reflexiones tuyas porque yo, aunque no sea presbítero, como creyente, tengo esos momentos y me siento como ustedes, y hoy me sucedió y me inquietó bastante, ahora me siento mucho mejor sabiendo que a todos nos pasa y de la gran debilidad que tenemos, y que gracias a Dios podemos seguir en el camino teniendo la posibilidad de redimirnos por Su Gracia, yo encuentro otro gran enemigo en la autoinculpación excesiva, eso suele sucederme a mi, y me hace caer en momentos desagradables de dolor y cansancio, pero Dios me fortalece siempre!!!

  2. …lo leo y no puedo dejar de emocionarme profundamente…..sus palabras tan claras….calan los huesos, Padre….no diré nada más…..tan sólo gracias….y, como me gusta que alguien más lo diga por mi, porque no sirvo para los elogios….le dejo esto….que tal vez “lo tenga de algún lado”…
    https://www.youtube.com/watch?v=C8eCA3s9gHY&feature=share

  3. Gracias Padre Fabián por brindarnos estas reflexiones tan precisas, esclarecedoras que permite entender algunas situaciones de nuestro entorno que no entendíamos. Qué Dios lo bendiga. con claridad

  4. Padre
    Hermosa reflexión, me ayudó muchísimo, soy laica consagrada y estoy pasando por una enfermedad (cáncer ),
    Gracias
    Mirta

  5. Muy educativa la reflexion…que sirve para todos los cristianos que intentamos vivir lo que creemos…

  6. Buenísimo Padre, como ayuda a entender y aclarar la tentación. Qué lindas reflexiones!

  7. Realmente me hizo bien leer esto que ha escrito. Me hizo bien identificarme con situaciones de tentaciones. Pero realmente hacer el milagro, por Dios, de convertir el pan y el vino me reconforta porque lo mantendrá siempre firme. Un abrazo.

Tu opinión nos interesa.

Ingrese su comentario
Entre su nombre aquí