Hay expresiones que calan hondo porque dicen cosas profundas. Hay otras que tienen el mismo efecto pero desde la ambigüedad de su construcción, la cual hace que se puedan entender muchas cosas, de acuerdo a quién la pronuncia o la escucha. El documento de Aparecida nos ha dado una de estas últimas: conversión pastoral. El término pastoral, para el que se pide una conversión, puede significar dos cosas distintas y, de hecho, el documento la usa en esas dos acepciones.

Por una parte, pastoral hace referencia a los agentes de pastoral en general y, sobre todo, a la personas de los pastores (concretamente de los consagrados a través del sacramento del orden sagrado). Veamos las citas:

“La conversión personal despierta la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de vida. Obispos, presbíteros, diáconos permanentes, consagrados y consagradas, laicos y laicas, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral, que implica escuchar con atención y discernir “lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias” (Ap 2, 29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta.” (DA 366)

“La conversión de los pastores nos lleva también a vivir y promover una espiritualidad de comunión y participación, “proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades”. La conversión pastoral requiere que las comunidades eclesiales sean comunidades de discípulos misioneros en torno a Jesucristo, Maestro y Pastor. De allí, nace la actitud de apertura, de diálogo y disponibilidad para promover la corresponsabilidad y participación efectiva de todos los fieles en la vida de las comunidades cristianas.” (DA 368)

Esto ha sido asumido por los Obispos de la Argentina como podemos leer en la Carta pastoral con ocasión de la Misión Continental (20/08/09):

“En la tarea pastoral ordinaria la gran “conversión pastoral” pasa por el modo de relacionarse con los demás. Es un tema “relacional”. Importa el vínculo que se crea, que permite transmitir “actitudes” evangélicas. Como Jesús en el encuentro con el ciego de Jericó, que lo llamó, le abrió un espacio para que compartiera su dolor, le devolvió la vista, y así finalmente, en un vínculo nuevo, el ciego “lo siguió por el camino” (cfr. Mc 10, 46 – 52)” (CPOMC, 15).

Pero pastoral puede también significar “acción eclesial”. Si se pone el acento en la acción concreta de la Iglesia en una realidad concreta marcada por el lugar y la historia, entonces hay que prestar especial atención a los procesos y estructura pastorales. En este sentido también habló Aparecida:

“Esta firme decisión misionera debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe.” (DA 365)

“La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera.” (DA 370)

Los Obispos Argentinos también lo han entendido en este sentido:

Por ello es necesario un camino de “conversión pastoral”, buscando cambiar el modo de transmitir el Evangelio reconociendo que el Espíritu Santo está en el origen de todo camino de Fe. (CPOMC, 42)

“Por tal motivo fue madurando una acentuación en la necesidad de una “conversión pastoral” y un estilo misionero en toda actividad pastoral ordinaria. Esto no significa que no se hagan gestos misioneros concretos, pero queda claro que la Misión Continental no debe terminarse en ellos. Por lo tanto hablar de Misión Continental es decir al mismo tiempo dos cosas: trabajar en una “conversión pastoral” que lleve a un estado de misión permanente, a partir de la pastoral ordinaria, y realizar misiones organizadas que encarnen y hagan visible este renovado estilo misionero.”(CPOMC, 8-9)

“Por este motivo la conversión pastoral tiene que tocar la pastoral ordinaria, empezando por la parroquia, las capillas, las comunidades, la catequesis, la celebración de los sacramentos, las estructuras diocesanas, decanales, etc. Y es allí, en nuestra tarea pastoral ordinaria, donde debemos reconocer que hay “estructuras caducas” y que es necesario abandonarlas, para favorecer la transmisión de la Fe. ”(CPOMC, 14).

Si la “conversión pastoral” pasa por la conversión personal de los pastores (en sentido amplio o estricto), entonces solamente hay que poner en práctica toda la segunda parte del Documento de Aparecida, referido a la vida de Jesucristo en los discípulos misioneros. En la Argentina, esto pasaría por un asalto a una concepción clerical de la Iglesia. El clericalismo de los clérigos y (peor aún) el clericalismo de los laicos es un gran escollo para que la vida eclesial sea sana y profunda. Por una parte, parece que los clérigos queremos unos laicos que sepan decir disciplinadamente “si padre” a todas las genialidades que se nos ocurren. Por otra parte, muchos laicos “comprometidos” son obsecuentes  por comodidad o búsqueda de poder eclesial. Y otros, haciendo gala de un anticlericalismo que es en definitiva un clericalismo con fines distintos, se colocan en los reclamos agrios o en la ignorancia y desidia frente a lo eclesial. Esa dichosa “espiritualidad de comunión” tan proclamada es urgente que se ponga en práctica a través de actitudes concretas que hagan crecer la “pertenencia cordial”.

Si la “conversión pastoral” pasa por la acción eclesial, el llamado a “abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe” es una proposición valiente. Desgraciadamente no se animaron los obispos a dar indicaciones sobre algunas de ellas. Por eso hago propuestas, sin intención de destruir sino de pensar en como están nuestras cosas. Esto que escribo es desde la experiencia pastoral de una Iglesia Local concreta (Arquidiócesis de Paraná). Por lo tanto son realidades locales de las cuales hablo. Pero me parece que son problemas que exceden a nuestros límites.

Iniciación cristiana infantil:

Nuestra praxis es bautismo de bebé y confirmación y primera comunión de niños de 9 y 11 años respectivamente. (Quisiera aclarar que en mi Arquidiócesis se hizo un reordenamiento de los sacramentos, a instancias del Obispo de entonces y con muchas objeciones por parte del clero. Se reordenó pero todo sigue igual que antes… con un nuevo “orden teológico”, nomás).

Las consecuencias de este tipo de iniciación son lamentables: sacramentos recibidos como acontecimientos sociales, laicos adultos que son infantiles en cuanto a su formación y sin respuestas a una fe cuestionada por la vida o la ciencia, pertenencia comunitaria deficiente del iniciado, abandono de la práctica de la fe con el comienzo de las crisis propias de la pubertad.

No cuestiono el bautismo de niños. Simplemente me pregunto porque no se termina la iniciación ya avanzada la adolescencia, cuando los cuestionamientos exigen la propuesta de una fe profundamente razonable.

Parroquia:

Aquí lo que hay que abandonar es la indefinición de un modelo parroquial. La parroquia puede ser cualquier cosa, de acuerdo a lo que piense el párroco de turno. Junto a esto, seguimos con un modelo de parroquia rural en el corazón de las ciudades. Los tiempos y las referencias de pertenencias son muy distintos en la ciudad y en el ámbito más rural. Uno es consciente de estas complejidades en vista a propuestas, pero ¿no será tiempo de jugarse y pensar un modelo parroquial argentino?

Cuaresma:

Si hay algo que está desubicado culturalmente es nuestra cuaresma. Entiendo que ha nacido en el hemisferio norte y trasladada a estos pagos por la primera evangelización. Pero aquí, en el sur, es el final del verano: el ambiente cultural está mucho más propenso a la dispersión que propone el calor que a la intimidad que propone el frío (en el norte está terminando el invierno).

Nuestras cuaresmas son una gran apuesta pastoral: muy cargadas de vía crucis y otros ejercicios espirituales. Pero estos son vividos solamente por un puñado de fieles (mayor que el resto del año, pero un puñado nada más). Sumemos a esto que coincide con el comienzo de las clases, es decir, con un tiempo de ordenamiento en las actividades humanas.

La paradoja es que la apuesta pastoral culmina con la celebración de la Pascua. Luego viene otra cuaresma, la de la preparación para recibir el Espíritu, que pasa totalmente desapercibida. Pese a ser un momento más propicio para las actividades espirituales por lo templado del clima, por la vida que se ha organizado al estar en marcha el año escolar.

Misiones devocionales:

La visita de la Virgen o de los Santos a las casas, acto de por sí bueno porque son un contacto directo y frecuente con los hogares y un recuerdo de la comunión de los santos, muchas veces son una excusa para “zafar” de una misión propiamente dicha. Ellas esconden la falta de una praxis en la cual haya un anuncio kerigmático al católico que está sumergido en el mundo de la increencia. Hablar hoy de misión implica superar (en la práctica) el concepto de misión devocional.

Escuelas, colegios y universidades católicas:

¿En verdad transmiten la fe y una cosmovisión cristiana? Habría que reformular profundamente la pastoral educativa o, de lo contrario, ofrecerlas a cooperativas de padres que buscan una educación privada y sin paros.

Obispo auxiliar:

No tengo problemas con algún ex obispo auxiliar de mi arquidiócesis. Simplemente no entiendo el fundamento teológico de un obispo que abandona la comunidad de la cual es titular para ayudar a otro en el pastoreo de una comunidad a la que no “pertenece” y, para que tenga autoridad allí, se le nombra Vicario General. ¿Qué funciones que tiene el obispo auxiliar no las puede realizar el presbiterio? ¿su presencia no diluye el presbiterio al interior de la Iglesia Local? Son preguntas que me hago y, ya que estoy, las formulo en voz alta en este contexto.

Junto a esto, uno desearía la promoción de dos instrumentos pastorales sistemáticamente ignorados: los consejos pastorales con una mayoritaria presencia laical y los sínodos diocesanos (o asambleas, u la forma que se quiera tomar). Aquello de comunión y participación está muy proclamado pero cuesta llevarlo a la práctica. Forman parte de una “teología no asumida” que en la práctica es solo una teología de raíces profundamente clericales. La “conversión pastoral” también pasa por este lado.

¿Qué opinás? ¿Estoy equivocado en alguna de estas? ¿Agregarías alguna otra?

(Esta fue una respuesta a una encuesta que hiciera un teólogo hace algunos años atrás… La recomparto aquí)

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!