La fe del Pueblo de Dios

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¿Qué significa creer? ¿Todo el Pueblo de Dios cree de la misma manera? ¿Hay “cristianos de segunda” porque creen menos de lo que debieran creer, es decir, tienen una fe devaluada?

Estos son los cuestionamientos que uno comienza a tener cuando se acerca a la vivencia de fe concreta del catolicismo en la región, en el país. ¿Son los “argentinos de a pié” verdaderamente creyentes (Iglesia) o son neo-paganos, vendidos al demonio y sus secuaces?

Como podemos observar, la respuesta que formulemos también nos ubicará en la respuesta de nuestra acción eclesial concreta: ¿tenemos que hacer entre nosotros “misión” (anuncio a no creyentes) o “nueva evangelización” (re-evangelización de aquellos que tienen fe, la viven a su manera, pero necesitan de alguna manera crecer en ella)?

 

religiosidad popular

Lo que sigue es la primera parte de una reflexión que ha sido inspirada en el libro de Enrique Bianchi “Pobres en este mundo, ricos en la fe”. Es un poco complicada de leer… lo admito. Pero me va a servir de base y fundamento para otras cosas que iré escribiendo… que serán más sencillas de leer. Con ese espíritu se las presento. 

Qué es la fe

Partamos de la definición de Tomás de Aquino:

“Creer es un acto del entendimiento, que asiente a la verdad divina por imperio de la voluntad movida por Dios mediante la gracia” (Santo Tomás, II-II, q.2, a.9).

Si nos detenemos en esta tesis, lo primero que descubrimos es que la fe tiene dos dimensiones: una divina y otra humana.

La dimensión divina está dada por el Don de la Gracia que nos anima a creer. “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió” (Jn 6,44) nos diría Jesús. Y San Pablo nos enseña que “nadie puede decir ¡Jesús es el Señor! si no está impulsado por el Espíritu Santo” (1 Cor 12,3). Por esto le decimos “virtud teologal”, ya que es la vida de Dios que con fuerza nos mueve interiormente. Es este regalo divino quién nos capacita para obrar de acuerdo a la regeneración que el Padre nos ha concedido: ser partícipes de su naturaleza divina (cfr. 2 Pe 1,3-4).

Sobre esta dimensión divina podríamos decir muchas cosas más, pero no es el objeto de nuestro actual estudio. Así que nos basta simplemente con lo que ya afirmamos, que en germen no es poco.  Me interesa que profundicemos en la dimensión humana de la fe: la respuesta que como individuo y, también, como pueblo damos a Dios.

Tomás de Aquino centra la fe en la parte espiritual del ser humano. No es una cuestión ni de reacciones orgánicas, ni de sentimientos ni de afectos psicológicos. Lo que no quita que también se pueda expresar en estos ámbitos, porque el ser humano es una totalidad y la fe “afecta” al hombre en su integralidad.

 

fe

 

El autor afirma que la fe tiene que ver con una inteligencia que conoce y que es movida por la voluntad a obrar en consecuencia. El “actor principal” sería el impacto que la Verdad de Dios (o el Dios que es Verdad) produce en mí. Puedo percibir destellos de su Gloria que se manifiestan a mi entendimiento. Palabras estas que nos quedan muy cortas, porque “conocer a Dios” no es hacerlo a través de conceptos claros y distintos. Conocer a Dios es simplemente percibir su misterio revelado, la orla del manto que llena el Templo (Is 6,1).  Por eso dice con mucha precisión la Carta a los Hebreos que la fe es “la plena certeza de las realidades que no se ven” (11,1).

Podríamos profundizar aquí sobre la manera, el lenguaje, que la Divinidad utiliza para impresionar nuestro ser, pero nos desviaríamos del tema. Baste con consignar que la experiencia cristiana que nos transforma en creyentes se nos comunica a través del Testimonio, la Palabra y los Sacramentos de manera directa y a través de los signos de los tiempos de manera indirecta. Baste esto simplemente para que nos ubiquemos que no es un conocimiento de un Dios anónimo, etéreo, gran arquitecto que se esconde detrás de sus obras. Es el Dios manifestado con fuerza y verdad a través de Jesucristo (Jn 1,14).

El triple aspecto de la fe

Tomás describe tres elementos del acto de fe. Dos relacionados con la inteligencia y el tercero con la voluntad. Son inseparables, aunque tienen distinto “peso” en el mismo acto. Las denomina: credere Deo, credere Deum y credere in Deum. Las podríamos traducir así (de manera tal vez no tan precisa pero si entendible para nosotros): creer en Dios, creerle a Dios y creer hacia Dios. 

Credere Deo

Creer en Dios es reconocer la Divinidad absoluta de quién se me ha manifestado. Es saber de su presencia cercana en la propia vida. Es confiar en que es poderoso y que obra de manera providente no dejándonos solos. El salmo 139 describe, desde los labios del orante, esta realidad divina de la que tengo certeza absoluta:

“Señor, tú me sondeas y me conoces, tú sabes si me siento o me levanto; de lejos percibes lo que pienso, te das cuenta si camino o si descanso, y todos mis pasos te son familiares. Antes que la palabra esté en mi lengua, tú, Señor, la conoces plenamente; me rodeas por detrás y por delante y tienes puesta tu mano sobre mí; una ciencia tan admirable me sobrepasa: es tan alta que no puedo alcanzarla. ¿A dónde iré para estar lejos de tu espíritu? ¿A dónde huiré de tu presencia? Si subo al cielo, allí estás tú; si me tiendo en el Abismo, estás presente. Si tomara las alas de la aurora y fuera a habitar en los confines del mar, también allí me llevaría tu mano y me sostendría tu derecha. Si dijera: “¡Que me cubran las tinieblas y la luz sea como la noche a mi alrededor!”, las tinieblas no serían oscuras para ti y la noche será clara como el día.” (1-12).

De esta manera para el creyente Dios no es ni desconocido ni lejano. Es y está. De manera misteriosa se percibe que estamos sumergidos en Él… como el aire que nos rodea.

Pero es también saber que nos dirige su Palabra, que nos muestra un camino, que manifiesta su voluntad y yo debo escucharlo. En esto el creyente se diferencia del simple deísta que afirma la existencia de un Dios lejano y mudo. Creer es asentir con la inteligencia a esa Verdad que nos toca la existencia. Por eso cuando decimos “creo que” no estamos emitiendo una opinión subjetiva sobre algo sino que estamos afirmando la certeza de la Verdad Divina manifestada y proclamada.

Todo este apartado se puede profundizar meditando sobre la categoría bíblica de “confianza”. Pero eso lo dejaremos para más adelante.

Credere Deum

El segundo elemento es creerle a Dios. Lo cual se desprende de manera consecuente al encuentro con la Divinidad. Es prestarle atención a su Palabra, dejarme enseñar por Él. La fe es aceptar que la Revelación del Dios Vivo tiene un contenido, es fuente de conocimiento. Como lo afirma el comienzo de la Carta a los Hebreos:

“Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo” (1,1-2).

Una aclaración primaria: no debemos dejarnos encandilar por la reducción protestante que identifica a la Palabra de Dios solamente con la Sagrada Escritura.

La Palabra es mucho más que los libros escritos. La Palabra de Dios es un canto a varias voces, pronunciado por el Señor de diversos modos y en una larga historia.

Antes que nada, la Palabra de Dios tiene su patria en la Trinidad (Jn 1,1-3). Desde allí, es esa Palabra la que crea el mundo… que con su belleza es un ícono que nos narra la gloria de Dios (Sal 19,1-4). Es la Palabra de Dios que habló a través de los profetas; que en la plenitud de los tiempos se hizo carne y plantó su morada entre nosotros (Jn 1,14) y a través del Espíritu nos continuó hablando por los Apóstoles. Es la palabra aceptada, creída, celebrada y vivida por la Iglesia (Tradición) y que se pone por escrito en una pequeña parte (Jn 20,30-31). Es la Palabra que sigue siendo anunciada y enseñada por la Iglesia y que se hace Evangelio Vivo en la existencia de los santos.

Todo esto es la “Palabra de Dios” que debemos aceptar y creer.

Como podemos observar, su contenido es amplio y son muchas las “fuentes” a través de las cuales se nos manifiesta. Creerle a Dios significa aceptar que su Palabra es un camino verdadero que me conduce a la vida plena (Jn 14,6).

El conocimiento que genera este aspecto ocurre en el orden de lo especulativo o científico. Es el de los más “leídos” o quienes se dedican a estudiar la teología como un desarrollo de las verdades que son creídas.

 

creyente

 

La pregunta que nos surge naturalmente es si debemos conocer de esta manera todo el contenido de la revelación para ser en verdad creyentes o simplemente basta con creer en parte. Dejemos que nos vuelva a iluminar Tomás de Aquino, en dos cuestiones que nos ayudan a ver el camino de solución.

La primera, es que este santo teólogo distingue entre verdades explícitas y verdades implícitas.

“Todos los artículos se hallan implícitamente contenidos en algunas realidades primeras que se han de creer; es decir, todo se reduce a creer que existe Dios y que tiene providencia de la salvación de los hombres. Así lo expresan las palabras del Apóstol: El que se acerca a Dios ha de creer que existe y que recompensa a los que le buscan (Hbr11,6). Efectivamente, en el Ser divino están incluidas todas las realidades que creemos que existen eternamente en Dios y en las que consiste nuestra bienaventuranza. Por otra parte, en la fe en la Providencia están contenidas todas las cosas dispensadas por Dios en el transcurso del tiempo para la salvación del hombre y que constituyen el camino hacia la bienaventuranza. De este modo, entre los artículos, unos están contenidos en otros, como, por ejemplo, la redención del hombre está implícitamente contenida en la encarnación de Cristo, lo mismo que su pasión y otras cosas semejantes.” (II-II, q1, a7)

Desde aquí podríamos afirmar que hay una especie de jerarquía de verdades: algunas más esenciales que contienen a otras secundarias. Aceptado esto, nos preguntamos si todos tienen que conocer expresamente las verdades implícitas o basta con las explícitas. Frente a lo cual el Aquinate nos ilumina con una distinción entre los “mayores” y los “menores”.

“Esta perfección no es para todos, por lo cual se establecen grados en la Iglesia para que algunos sean superiores a otros como instructores de la fe. Por lo tanto, no todos deben creer explícitamente todo lo que se refiere a la fe, sino únicamente aquellos que se instituyen en educadores de fe, como son los prelados y los que tienen cura de almas (…) Todos, mayores y menores, deben tener fe explícita sobre la Trinidad y sobre el Redentor; pero no todo lo que hay que creer sobre la Trinidad y el Redentor deben creerlo explícitamente los menores sino solamente los mayores” (De Veritate q 14, a11).

En la Suma Teológica, se pregunta si todos están obligados a creer con fe explícita. Luego de dar la respuesta pertinente, responde a tres objeciones. Estas refutaciones nos dan más luz sobre el tema:

1.- El desarrollo explícito de lo que se debe creer no es igualmente necesario a todos para salvarse. De hecho, quienes tienen la tarea de instruir a los demás están obligados a creer explícitamente más cosas que los otros.

2.- Los simples fieles no deben sufrir examen en detalles de la fe, a no ser que haya sospecha de haber sido pervertidos por los herejes, que acostumbran a corromper la fe de los sencillos con cuestiones sutiles. Pero si se ve que no se adhieren de manera pertinaz a la herejía, y yerran debido a su ignorancia, no se les debe imputar.

3.- Los menores solamente tienen fe explícita en la fe de los mayores en la medida en que éstos prestan su adhesión a la enseñanza divina. Por eso dice el Apóstol: Os ruego que seáis mis imitadores como yo lo soy de Cristo (1Cor 4,16). De ahí que la regla de fe sea no el conocimiento humano, sino la verdad divina. Y si alguno de los mayores se aleja de la verdad divina, esto no incide en la fe de los menores que creen en la buena fe de los mayores, a no ser que presten pertinaz adhesión a errores particulares de aquéllos contra la fe de la Iglesia universal, fe que no puede fallar, pues el Señor dijo: He rogado por ti, Pedro, para que tu fe no desfallezca (Lc 22,32).” (STh II-II, q6, a 6, ad 1,2 y3)

Simplemente digamos que la distinción entre mayores y menores no es con la intención discriminatoria (según la mentalidad operante en la actualidad) de hablar de católicos de primera o de segunda categoría. Simplemente constata una realidad que se da de hecho: hay determinadas personas que son más “crecidas” en la fe o que tienen que ejercer determinados ministerios eclesiales y que, por eso, deben tener fe explícita de toda la revelación. En cambio hay otros creyentes que, para llevar adelante la fe en su vida diaria, no necesitan conocer todas las verdades explícitamente: les basta conocer y creer determinadas verdades que son centrales y que contienen, como en germen, toda la Revelación. Una distinción que nos será de mucho provecho para el tema que estamos desarrollando.

 

religiosidad

 

Esto también se puede profundizar desde la categoría bíblica de “obediencia” (ob-audire). En otra oportunidad lo haremos.

Credere in Deum

Nos queda ahora desarrollar brevemente el tercer aspecto, que tiene que ver con la voluntad que mueve al ser humano: creer hacia Dios. La fe no es solamente la contemplación de una Verdad Revelada. Es el llevar la propia vida hacia esa Verdad se me revela. Podríamos decir, siendo un tanto imprecisos, que es poner en práctica a través de acciones (palabras, gestos) lo que inspira el Dios conocido.

Cuando la Carta a los Hebreos en su capítulo 11 nos habla de la fe, lo hace a través de la obras de los testigos que actuaron en consecuencia: Abel, Henoc, Noé, Abraham… Este aspecto implica el ponerse en camino hacia una Realidad Invisible pero real, hacia la plenitud que promete la Revelación. Un ponerse en camino que implica no solamente el vivir (moral) sino también el celebrar al Dios vivo en los acontecimientos importantes de la propia existencia.

Hay que destacar que en este aspecto no hay que fijarse tanto en los medios que se emplean para alcanzar a Dios. La fe tiene como objeto principal a Dios mismo y no los medios que me conectan a Él. La oración, los actos de culto o de piedad son buenos e importantes. Pero son medios para llegar a Dios. La fe, por el contrario, es la inteligencia movida por la voluntad que busca y se une a la Verdad, al Dios que se revela. Todos los medios suponen y expresan la fe… pero no son la fe en sí misma. La fe, en ese moverse “hacia” (in Deum) utilizará estos medios como aptos para expresar dicho movimiento interior.

Es este tercer aspecto de la fe el más importante de todos, ya que es el entablar una relación personal con el Dios conocido desde la inteligencia. El acto de la voluntad que asiente vitalmente consuma este proceso descripto en tres actos.

De este aspecto surge un conocimiento distinto, al que Santo Tomás (Sth II-II q163, a 3, ad 1) denomina “afectivo”. Esto no en cuanto tiene que ver con la parte sentimental sino porque es puesto en marcha por el fruto de la voluntad, el amor, y conlleva a experimentar la dulzura de los misterios. Este conocimiento afectivo produce el amor de Dios y es el que pertenece propiamente al don de la sabiduría (STh I, q63, a1).

La última promesa… se puede profundizar en la categoría bíblica de “fidelidad” para comprender más en profundidad lo que hemos puesto aquí.

 

fe
“Un hombre que tiene fe debe estar preparado no solo para ser un mártir, sino para ser un tonto. Es absurdo decir que un hombre está preparado para sufrir y morir por sus convicciones cuando no está ni siquiera preparado para llevar una guirnalda en su cabeza por ellas.” G. K. Chesterton

¿Qué es una fe plena?

Volvamos a reiterar que lo descripto no son aspectos aislados sino que son tres elementos inseparables de un mismo acto al cual le decimos “fe”. Simplemente que, al considerarlos por separado, pudimos descubrir ciertos matices que nos hablan de ciertos grados en la profesión de la fe.

El primer aspecto, el creer en Dios, inicia con el deslumbramiento todo el proceso. No tiene grados. El tercero, culmina con el asentimiento, con el ir a Dios. Y en este sentido, solamente no tiene grados sino que también  es el más importante de los tres, el que le da forma a todo el conjunto.

El aspecto del medio, el creerle a Dios, tiene grados de acuerdo a si la persona es “mayor” o “menor”. Y a esto lo confiere ya sea su “función” dentro de la Iglesia o el conocimiento “explícito” o “implícito” de las verdades reveladas. Recordemos que “mayor” no significa más santo. Porque la “santidad” de vida, la profundidad de la comunión con el Dios Vivo, lo da el tercer aspecto. Podemos tener señores profesores de teología que son superados kilométricamente en santidad y “grandeza” por viejecitas que no saben leer ni escribir, que no conocen todo el catecismo o nunca supieron distinguir lo que es naturaleza o persona en la Trinidad (2° aspecto)… pero percibido el Dios Verdadero (1° aspecto) se mueven con todo su ser hasta descansar en Él (3° aspecto).

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