El mundo ¿es bueno o es malo?

467

La Constitución Pastoral Gaudium et Spes plantea la relación entre la Iglesia y el mundo en base al mutuo dialogo. ¿Qué es el mundo? Es la pregunta que nos debe preocupar en un primer momento. Porque esta palabra puede tener varios significados muy distintos. Podemos decir lo mismo que San Agustín del tiempo: “Si no me lo preguntan lo sé pero si me lo preguntan no lo sé”.

¿Que diría Jesús?

Por esto la pregunta del título no es una pavada. Y, para darle mayor entidad al cuestionamiento, recordemos que Jesús, entre otras cosas, dijo al Padre en la Última Cena:

“Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu palabra.

Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él; y yo vuelvo a ti. Padre santo, cuida en tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros.

Mientras estaba con ellos, cuidaba en tu Nombre a los que me diste… pero ahora voy a ti, y digo esto estando en el mundo, para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto.

Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los odió porque ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno.” (Cfr Jn 17,6-16)

Es más, con respecto al mundo ha sido tajante:

“Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: yo he vencido al mundo“. (Jn 16,33)

Así que deberemos aclarar mucho este término para no entablar un dialogo con algo que ha sido vencido por Jesús a precio de sangre.

Tres significados posibles y distintos del término mundo

Hay una catequesis de cuaresma del Papa Pablo VI que nos puede venir en gran ayuda. Es del 23 de febrero de 1977. La pueden leer completa, en italiano, en esta dirección. Allí distingue tres significados posibles para la palabra mundo.

1. El mundo como “cosmos”: se refiere a la creación en general, la cual es una obra de Dios. Este significado es magnífico, de una gran importancia para la admiración, el estudio, la conquista del hombre. Nos encontramos así con algo bello que tiene sus leyes propias, dadas por el Señor al crearlo, y que el hombre debe comprender y respetar.

2. El mundo como “humanidad”, caída por el pecado pero redimida. Aquí se presta atención al género humano en su totalidad, tan amado por Dios que Él mismo se ocupa de su salvación (Jn 3, 16: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.”) y de su elevación a un nivel de inefable asociación del hombre a la vida de Dios (2 Pe 1,4: “Gracias a ella, se nos han concedido las más grandes y valiosas promesas, a fin de que ustedes lleguen a participar de la naturaleza divina, sus trayéndose a la corrupción que reina en el mundo a causa de la concupiscencia.”).

3. El mundo como “enemigo”. En el Nuevo Testamento y en la literatura ascética cristiana, a menudo la palabra mundo adquiere un significado siniestro al referirse al dominio del Diablo en la tierra y en los mismos hombres dominados, tentados y arruinados por el Espíritu del mal, llamado el “Príncipe de este mundo” (Jn 14,30, 16,11, Ef 6,12: “Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio.”) El mundo en este sentido peyorativo, todavía significa la humanidad, o más bien esa parte de la humanidad que rechaza la luz de Cristo, que vive en el pecado (Rom 5, 12-13: “Por lo tanto, por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron. En efecto, el pecado ya estaba en el mundo, antes de al Ley, pero cuando no hay Ley, el pecado no se tiene en cuenta.”), y que concibe la vida presente con criterios contrarios a la ley de Dios, la fe, el Evangelio (1 Jn. 2,15-17: “No amen al mundo ni las cosas mundanas. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, codicia de los ojos y ostentación de riqueza. Todo esto no viene del Padre, sino del mundo; pero el mundo pasa, y con él, su concupiscencia. En cambio, el que cumple la voluntad de Dios permanece eternamente.”).

Esta triple visión de lo que puede significar el “mundo”, nos enseña Pablo VI, nos ayuda a comprender que estamos insertos en una historia dramática. Es lo que nos enseñaba Jesús con su parábola del trigo y la cizaña (Mt 13,24-30) que permanecen juntos hasta el tiempo final de la cosecha. Esta advertencia nos ayuda a no ser ingenuos con visiones parciales que pueden ser la de considerar que en el mundo todo es bueno y perfecto y por lo tanto hay que aceptar todo lo que proponga o, por el contrario, que todo es malo y hay que huir de él porque está todo podrido.

De qué manera se usa en la Gaudium et Spes

Podríamos decir que las tres percepciones de la palabra mundo, de una u otra forma, están usadas en esta Constitución conciliar. Pero prevalece el uso de la segunda acepción. Detengámonos a analizar algunas citas que nos iluminen sobre esta afirmación.

Ya dijimos que, a diferencia de la Lumen Gentium, el destinatario es distinto:

“El Concilio Vaticano II, tras haber profundizado en el misterio de la Iglesia, se dirige ahora no sólo a los hijos de la Iglesia católica y a cuantos invocan a Cristo, sino a todos los hombres, con el deseo de anunciar a todos cómo entiende la presencia y la acción de la Iglesia en el mundo actual.” (2)

E identifica, inmediatamente, a “todos los hombres” con “el mundo”:

“Tiene pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es,

la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive;

el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias;

el mundo, que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito divino y llegue a su consumación.” (2)

Luego, en el Capítulo Cuarto de la Primera Parte, desarrolla la función de la Iglesia en el mundo actual, la cual la concibe como “mutuo dialogo” (40) Y sienta el presupuesto del desarrollo de dicho capítulo:

“Por tanto, en este capítulo, presupuesto todo lo que ya ha dicho el Concilio sobre el misterio de la Iglesia, va a ser objeto de consideración la misma Iglesia en cuanto que existe en este mundo y vive y actúa con él.”(40)

La Constitución Dogmática Lumen Gentium, a la cual se tiene como referencia, había hablado del actuar en general de la Iglesia. Ahora se desarrollará el actuar pero en la situación concreta histórica en la que se encuentra. Y para eso afirma claramente que no forma parte de una dimensión distinta sino que “existe, vive y actúa” con y en el mundo.

Como es en actitud de dialogo, entonces se manifiesta que:

“Para aumentar este trato sobre todo en tiempos como los nuestros, en que las cosas cambian tan rápidamente y tanto varían los modos de pensar, la Iglesia necesita de modo muy peculiar la ayuda de quienes por vivir en el mundo, sean o no sean creyentes, conocen a fondo las diversas instituciones y disciplinas y comprenden con claridad la razón íntima de todas ellas. Es propio de todo el Pueblo de Dios, pero principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada.” (44)

Y a continuación recuerda se la meta que se persigue:

“La Iglesia, al prestar ayuda al mundo y al recibir del mundo múltiple ayuda, sólo pretende una cosa: el advenimiento del reino de Dios y la salvación de toda la humanidad. Todo el bien que el Pueblo de Dios puede dar a la familia humana al tiempo de su peregrinación en la tierra, deriva del hecho de que la Iglesia es “sacramento universal de salvación”, que manifiesta y al mismo tiempo realiza el misterio del amor de Dios al hombre.” (45)

Esta valoración del mundo, que sucintamente hemos realizado, está presente a lo largo de todo el documento. Podemos citar, como simples ejemplos, lo que dice sobre la justa autonomía de las realidades terrenas (N° 36) o la actitud que se ha de tener frente al ateísmo (N° 21). Pero sobre esto hablaremos largo y tendido más adelante.

Todo esto y un poco más…

Esta noche en nuestro programa radial Concilium. Lo pueden escuchar por la FM Corazón (104.1 de Paraná). Todos los escritos de esta serie (en su tercer año de emisión) están alojados en la pestaña Concilium.

Si hay comentarios… bienvenidos son porque nos enriquecen a todos.

3 Comentarios

  1. Me gusta los tres conceptos de mundo que define Pablo VI, aunque deberíamos prestar atención especialmente al último, ya que es el más peligroso para la persona, especialmente para el hombre de fe. Tan peligroso es para el creyente y de tan buenos resultados para el príncipe de las tinieblas o el príncipe de este mundo que, en los tiempos presentes, la figura del diablo y sus acólitos los espíritus del mal, están como desaparecidos de las homilías y de las catequesis, como si se tratase más bien de una figura simbólica del mal, pero impersonal y sin poder; como si, en definitiva, el pecado fuese, única y exclusiva, elección de nuestra libertad sin una influencia eficiente del maligno. Hay cosas que el hombre no elige libremente porque no es consciente de ello, pero que el diablo se le cuela en forma de vanidad, vanagloria, u otras apariencias disfrazadas de bien que en el fondo no separan de la ley y del verdadero y único Creador. La Nueva Era es un buen ejemplo de ello, un lobo en piel de cordero que está penetrando de lleno en el mismo seno de la iglesia.

Tu opinión nos interesa.

Ingrese su comentario
Entre su nombre aquí