La Constitución Pastoral Gaudium et Spes sobre Iglesia en el mundo actual

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Hoy comenzamos a introducirnos en este documento del Concilio Vaticano II que es el más largo de todos los producidos por todos los Concilios Ecuménicos. Y su misma gestación también fue bastante trabajada por parte de los Padres Conciliares. De hecho, se promulgó el 7 de diciembre de 1965 (el último día de sesiones del Concilio). Para los amantes de los números, de 2391 Obispos sufragantes, 2309 Padres lo hicieron con la formula “Placet” (si); 75 con “Non Placet” y 7 votos nulos.

Aparte de ser el más largo, este documento es una novedad absoluta en la historia del magisterio conciliar por el tema que trata. Esto hizo que se navegara por innumerables dificultades en lo referente a la preparación, elaboración, discusión y promulgación del mismo. Y ni eso que no queremos meternos en la implementación del mismo.

Vamos ahora a detenernos en algunas cuestiones generales antes de abordar directamente el texto.

 ¿Cómo nace la idea?

Sin duda no estaba totalmente presentada así en la intuición del Papa Juan XXIII al convocar el Concilio. Pero en su Radiomensaje del 11 de septiembre de 1962, un mes antes de la apertura del mismo, dice para que “sirve” un Concilio:

“Nos parece ahora oportuno y feliz recordar el simbolismo del cirio Pascual. En un momento de la liturgia, he aquí que su nombre resuena: “Lumen Christi”. La Iglesia de Jesús desde todos los puntos de la tierra responde: “Deo gratias, Deo gratias”, como si dijese Sí: “lumen Christi: lumen Ecclesiae: lumen gentium”. Después de todo ¿qué viene a ser un Concilio Ecuménico sino el renovarse de este encuentro del rostro de Jesús resucitado, rey glorioso e inmortal, radiante en toda la Iglesia para salud, alegría y resplandor de las naciones? (…)

Verdadera alegría para la Iglesia Universal de Cristo quiere ser el nuevo Concilio Ecuménico. Su razón de ser (tal como viene saludado, preparado y esperado) es la continuación, o mejor, es la repetición más enérgica de la respuesta del mundo entero, del mundo moderno al testamento del Señor, formulado en aquellas palabras, pronunciadas con divina solemnidad, mientras las manos se extendían hacia los confines del mundo: “Euntes ergo docete omnes gentes, baptizantes eos in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti,  docentes eos servare omnia quaecumque, dixi vobis” (cf. Mt 28, 19-20).”

A partir de esto habla de la “vitalidad de la Iglesia. Y distingue dos aspectos de la misma:

“La Iglesia quiere que la busquen tal cual es en su estructura interior (vitalidad ad intra) en el acto de presentar, ante todo a sus hijos, los tesoros de fe iluminadora y de gracia santificante, que se inspiran en las últimas palabras. Las cuales expresan el oficio preeminente de la Iglesia y sus títulos de servicio y de honor, a saber: vivificar, enseñar y orar.

Considerada en relación con su vitalidad ad extra, o sea la Iglesia frente a las exigencias y a las necesidades de los pueblos (como los acontecimientos humanos los van empujando más bien hacia el aprecio y el goce de los bienes terrenos) siente que debe cumplir sus responsabilidades enseñando: el “sic transire per bona temporalia, ut non amittamus aeterna (por lo que transitar por los bienes eternos no se pierdan los eternos)”.”

Esta distinción la hace suya y la presenta al Aula Conciliar el Cardenal Suenens el 4 de diciembre de 1962. En medio de un duro debate porque el primer documento, preparado por la Curia Romana, no ha sido del gusto de los obispos, este Cardenal propone que se traten dos aspectos de la Iglesia en el marco de una misma pregunta: “Iglesia, ¿qué dices de ti misma?” Así propone que, en primer lugar se trate sobre la Iglesia “ad intra”, es decir, en su vida, en si misma, en lo que es. Pero a esto añade la visión de la Iglesia “ad extra”, es decir hacia afuera, en su relación con el mundo, en dar respuesta a los problemas que este hoy se plantea. Esta segunda parte luego cuaja, luego de un intenso y fructuoso debate, en la Constitución Pastoral de la que estamos hablando. La primera, entre otros documentos, tiene a su principal estrella a la Constitución Dogmática Lumen Gentium, de la cual hablamos ya largamente.

 El problema del método

Si vamos a hablarle a los creyentes (Iglesia) y, también, a los no creyentes (mundo)… no lo podemos hacer de la misma manera por más que les demos el mismo mensaje. Es que la postura inicial de los dos destinatarios es totalmente distinta. Entonces… ¿Cómo hacerlo?  Los invito a que comparemos los puntos iniciales de ambas Constituciones. Recordemos primero lo dicho por la Lumen Gentium:

“Cristo es la luz de los pueblos. Por ello este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16,15) con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia. Y porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano, ella se propone presentar a sus fieles y a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su misión universal, abundando en la doctrina de los concilios precedentes. Las condiciones de nuestra época hacen más urgente este deber de la Iglesia, a saber, el que todos los hombres, que hoy están más íntimamente unidos por múltiples vínculos sociales técnicos y culturales, consigan también la plena unidad en Cristo.” (LG1)

Veamos ahora como inicia la Gaudium et Spes:

Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia.

Por ello, el Concilio Vaticano II, tras haber profundizado en el misterio de la Iglesia, se dirige ahora no sólo a los hijos de la Iglesia católica y a cuantos invocan a Cristo, sino a todos los hombres, con el deseo de anunciar a todos cómo entiende la presencia y la acción de la Iglesia en el mundo actual.

Tiene pues, ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive; el mundo, teatro de la historia humana, con sus afanes, fracasos y victorias; el mundo, que los cristianos creen fundado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado, roto el poder del demonio, para que el mundo se transforme según el propósito divino y llegue a su consumación.” (GS 1-2)

 Diferencias entre ambos

Varias saltan a la vista. Veamos:

1. Destinatarios. En la LG “se propone presentar a sus fieles”, es decir, a los que viven la vida de fe como creyentes, son Iglesia por el bautismo. La GS, por su parte, tiene ante sí “al mundo, esto es, la entera familia humana con el conjunto universal de las realidades entre las que ésta vive”.

2. La materia a tratar. La LG trata sobre la vitalidad interna de la Iglesia, “su naturaleza y su misión universal”. La GS, por su parte, pretende responder a “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren”. A todos estos anhelos los resume en cinco grandes cuestiones “el matrimonio y la familia, la cultura humana, la vida económico-social y política, la solidaridad de la familia de los pueblos y la paz” (46).

3. El método. Será distinto porque son distintos los destinatarios. La LG es deductivo, es decir, se supone la Palabra revelada por Dios a los hombres y se sacan consecuencias desde allí. La GS utiliza el método inductivo, es decir, parte de las realidades que todos los humanos conocemos y, a partir de ellas presenta su mensaje. Ya veremos en otra entrega como resuelven de manera práctica este tema. ¿Inventó la Iglesia en el siglo XX estas dos maneras de presentar el mismo mensaje? Para nada. Sin ir más lejos, los invito a ir a los mismos albores de la Evangelización con San Pablo. Pueden comparar en el Libro de los Hechos de los Apóstoles como les predica a los judíos (por ejemplo este a los de Pisidia: 13, 16-41) partiendo de la revelación proveniente del Antiguo Testamento y, con el mismo mensaje de fondo, como les predica a los paganos griegos en el Areópago (17, 22-31) partiendo del deseo de Dios inscripto en sus corazones y en las esculturas de sus plazas y la historia de ese pueblo.

4. El valor magisterial del texto. Esto se plasmó en el adjetivo con el cual se califica a las dos constituciones. A la LG se le dice “dogmática” en cuanto se refiere al “ser” mismo de la Iglesia, su identidad, su naturaleza… lo que es en sí de acuerdo a la Revelación. A la GS, en cambio, se le dice pastoral porque trata sobre el “hacer” de la Iglesia frente y junto al mundo. Este “hacer” es contingente y cambia de acuerdo a las situaciones, las épocas, las culturas… por eso la GS es un documento “más provisorio” que la LG. No en cuanto a los principios que plantea sino a la aplicación de los mismos a la realidad concreta. Sobre esto vamos a tratar más en profundidad más adelante.

 Y esto recién comienza

Estamos trazando las primeras líneas. Seguiremos durante todo este año en los escritos de este blog que utilizaremos como libreto para nuestro programa radial Concilium. Lo pueden escuchar todos los miércoles por la FM Corazón (104.1 de Paraná). Todos los escritos de esta serie (en su tercer año de emisión) están alojados en la pestaña Concilium.

Bienvenidas todas las sugerencias y comentarios.

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