El ser humano es complejo. Ya lo analizamos aquí y aquí. Hoy vuelvo a tratar el tema, desde las respuestas que se pueden dar en la acción concreta. Enmarcamos esto en la perspectiva de la pertenencia a una Iglesia, que es también compleja, ya sea por la diversidad de dones y carismas en sus miembros como por las distintas motivaciones frente a la misma situación. Y, dentro de esa misma Iglesia, las distintas respuestas que expresan sus miembros.

Podríamos distinguir tres tipos básicos de conducta. Esto con el temor de simplificar demasiado, pero con la necesidad de aportar algo de luz en vistas a un examen de las actitudes personales y “pastorales”. Vale solamente como un breve esbozo del cuadro de situación.

La primera es la INDIFERENCIA. Lo que ocurre alrededor mío no me interesa, salvo que afecte profundamente la paz y la armonía esencial para mi propia existencia. El razonamiento esencial sería algo así: “allá ellos… a mí no me calienta lo que pasa”; “eso es propio de fanáticos, yo soy tolerante con el otro”; “si me meto… seguro que con el estrés engordo…”; “no me jodan con sus problemas, yo estoy tranquilo (o demasiado ocupado con los míos)”. Podemos caracterizarlos desde la misma queja de Jesús: «¿Con quién puedo comparar a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a esos muchachos que están sentados en la plaza y se dicen entre ellos: ‘¡Les tocamos la flauta, y ustedes no bailaron! ¡Entonamos cantos fúnebres, y no lloraron!’.(Lc 7,31-32)».

Dentro de la Iglesia es un nutrido grupo de gente que se siente “en la vereda de enfrente” frente a la vida y enseñanza de la Institución. Se autodenominan católicos, pero su pertenencia es bastante difusa. Esto ocurre o por deficiencia en su iniciación cristiana o (la más de las veces) porque no se sienten identificado con la palabra y los gestos (tangenciales) de la jerarquía.

En el polo opuesto está el segundo tipo: el REACCIONARIO. Como su nombre lo indica, su actitud es la de reaccionar frente a la sociedad o la cultura. Suele encolumnarse detrás de un líder “carismático” o de ideas “duras” en cuanto a la simplicidad de su contenido y al rigor con el cual se presenta. Desde este andamiaje descubre enemigos y lucha sistemáticamente contra ellos en “defensa” de la sana doctrina (de la cual son custodios los de su grupo). Para ellos no hay matices: o es negro o es blanco. Por esto el espíritu de la cruzada le viene como anillo al dedo. Una vez detectado el enemigo, todo es válido en la lucha. Lo peor es que se revisten de un manto de oración y santidad que los autojustifica en sus actos concretos, muchas veces reñido con el Evangelio. Esta actitud, aparentemente de heroísmo al jugarse por la verdad, esconde la fragilidad de una fe que teme entrar en dialogo con el distinto.

Estarían dentro de este tipo la actitud de Santiago y Juan: «Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de él. Ellos partieron y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?. Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se fueron a otro pueblo.» (Lc 9, 51-56). Como podemos observar, la actitud de Jesús es otra. Y la de Juan, cuando ya había entrado de lleno en el camino de Jesús, también fue distinta: «El que dice que está en la luz y no ama a su hermano, está todavía en las tinieblas. El que ama a su hermano permanece en la luz y nada lo hace tropezar. Pero el que no ama a su hermano, está en las tinieblas y camina en ellas, sin saber a dónde va, porque las tinieblas lo han enceguecido.» (1 Jn 2,9-11)

Uno se pregunta si no es este el marco de esta invitación “anónima” que circuló por internet en estos días (las negrillas son del original):

Convocatoria

Ante el inminente encuentro de abortistas que se realizará en Paraná.

Los días 9, 10 y 11 de octubre se realizará en Paraná el denominado Encuentro Nacional de ´Autoconvocadas´ (¿?).Este encuentro es parte del sistemático plan contra Dios, la Santa Iglesia Católica y el orden natural -en particular la familia-. Basten también como signo las profanaciones perpetradas en los anteriores encuentros y las agresiones de todo tipo que se focalizan claramente en todo lo que represente o simbolice la identidad de la catolicidad como lo es, de manera primordial, la Catedral de cada ciudad.

Católico: no olvides tu vocación ni traiciones tu herencia. Cuando los ofendidos son Dios, María Santísima o la Santa Madre Iglesia, no hay más respuesta legítima que la fortaleza y el repudio frontal como cabe a cualquier hijo bien nacido.

Si las ofensas a Dios son las nuestras, el domingo a las 17 la Catedral de Paraná es tu puesto. Para dar testimonio de nuestra esperanza, para mostrar al mundo que aún suena en el universo la consigna angelical ¡quién como Dios!

Los cristianos debemos estar de pie en estos días.

Sin duda alguna, Jesús se daría la vuelta para retar a estos seguidores suyos. Ya hemos hablado en otra oportunidad del combate espiritual y de los enemigos que nos presentan guerra: la carne, el mundo y el diablo. Pero los reaccionarios hacen de esto solamente una excusa para atacar a los “enemigos humanos” que ellos consideran como la encarnación de todo mal.

La verdadera actitud del católico es otra. Para nominarla quisiera usar la expresión típica de Aparecida: DISCÍPULO MISIONERO. Me parece una conjunción muy bien lograda para expresar una doble realidad de escucha y acción. Detengámonos brevemente.

El discípulo es quién presta atención a las palabras del Maestro. Tiene esa primera actitud que es la de la contemplación: la lectura orante de la Palabra; la vivencia de la Tradición eclesial y de su actualización en el Magisterio del Papa y su Obispo; la celebración de los misterios de la fe.

También está atento a la acción del Espíritu Santo en la realidad concreta: el discernimiento de los signos de los tiempos. Como enseña el Concilio Vaticano II: «… es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza.» (GS 4).

Esta mirada a la realidad viene acompañada de un segundo momento: descubrir en estos signos de los tiempos los signos que Dios nos marca para la acción: «El Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios.» (GS 11).

Este proceso tiene una meta concreta: que “actuemos desde la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo y Sacramento universal de salvación, en la propagación del reino de Dios, que se siembra en esta tierra y que fructifica plenamente en el Cielo” (Aparecida 19). De esta manera el discípulo descubre en la realidad la voz de un Dios que le pide que el mundo crezca en verdad, justicia, fraternidad… A esto se le dice, en el lenguaje técnico de la teología pastoral, anunciar una Buena Noticia (Evangelizar).

En la realidad compleja que es la Iglesia, frente al Encuentro de Mujeres que se realizó en Paraná, hay quienes se quedaron con la palabra Encuentro y reaccionaron frente a lo previsible: la actitud anti-católica de grupitos de militantes de izquierda.

Otros se quedaron con la palabra mujeres. Descubrieron allí un signo de Dios que le pide ser misionero en el actuar cotidiano. La promoción de la dignidad de la mujer en el ámbito político, social, familiar, eclesial… es el gran acontecimiento que impele una conversión en la acción. Porque, pasado el encuentro, quedan las mujeres con sus problemas y nuestras respuestas concretas en la acción eclesial.

Hoy, cuando el “después” es realidad, queda preguntarse si somos indiferentes, reaccionarios o discípulos misioneros. No en intelectualidad de las ideas proclamaras sino en la realidad de las actitudes hechas cultura.

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!