Hace casi doscientos años los soldados realistas fueron detenidos en el norte argentino. No fue un ejército organizado el que llevó a cabo la hazaña. Fue un grupo de criollos armados con lanzas y encabezados por Martín de Güemes. La estrategia fue sencilla: nunca presentar batalla de frente. El caudillo se contentaba con aquello que hoy describiríamos “toco y me voy”. Un ataque sorpresa, a cualquier hora y en cualquier lugar. Bastaba para desmoralizar a las tropas de un ejército superior en soldados y armamentos. Yo me imagino la “calentura” que tendría el general español, el cual no tenía nunca un ejército «concreto» con quién enfrentarse. Querer luchar contra alguien “al que no se ve” podría llevar a imaginar que ese enemigo no existe… si no fuera porque las heridas de las escaramuzas del contrincante están a la vista.

En el combate espiritual del que hablábamos anteriormente se puede caer en esta tentación: pensar que no existe un enemigo porque no lo veo. Hay quienes dicen que es sólo producto de la mente calenturienta de un pseudo-místico extravagante. Por eso es bueno, en primer lugar, comprobar la realidad de nuestras “heridas” en batalla para luego descubrir quién las causa.

La primera carta de San Juan nos presenta el tema:

“Hijos, les escribo porque sus pecados han sido perdonados por el nombre de Jesús.
Padres, les escribo porque ustedes conocen al que existe desde el principio.
Jóvenes, les escribo porque ustedes han vencido al maligno.
Hijos, les he escrito porque ustedes conocen al Padre.
Padres, les he escrito porque ustedes conocen al que existe desde el principio.
Jóvenes, les he escrito porque son fuertes, y la Palabra de Dios permanece en ustedes, y ustedes han vencido al maligno.

No amen al mundo ni las cosas mundanas. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, codicia de los ojos y ostentación de riqueza. Todo esto no viene del Padre, sino del mundo; pero el mundo pasa, y con él, su concupiscencia. En cambio, el que cumple la voluntad de Dios permanece eternamente” (2,12-17).

Las “heridas de batalla” son nuestros pecados. Cristo los redimió con su sangre derramada en la cruz. Pero continuamos sometidos a una “guerra de escaramuzas” por un triple enemigo: el maligno, el mundo y la carne.

El Concilio de Trento (Dz 1541), cuando en el marco de la justificación del cristiano nos prevenía sobre la perseverancia, dice:

“Igualmente, acerca del don de la perseverancia, del que está escrito: “El que perseverare hasta el fin, ése se salvará” (Mt 10,22; 24,13) —lo que no de otro puede tenerse sino de Aquel que es poderoso para afianzar al que está firme (Rom 14,4), a fin de que lo esté perseverantemente, y para restablecer al que cae— nadie se prometa nada cierto con absoluta certeza, aunque todos deben colocar y poner en el auxilio de Dios la más firme esperanza. Porque Dios, si ellos no faltan a su gracia, como empezó la obra buena, así la acabará, obrando el querer y el acabar (Fil. 2,18). Sin embargo, los que creen que están firmes, cuiden de no caer (1 Cor 10,12) y con temor y temblor obren su salvación (Fil. 2,12), en trabajos, en vigilias, en limosnas, en oraciones y oblaciones, en ayunos y castidad (cf. 2 Cor 6,3 ss). En efecto, sabiendo que han renacido a la esperanza (cf. 1 Pe 1,3) de la gloria y no todavía a la gloria, deben temer por razón de la lucha que aún les aguarda con la carne, con el mundo, y con el diablo, de la que no pueden salir victoriosos, si no obedecen con la gracia de Dios, a las palabras del Apóstol: “Somos deudores no de la carne, para vivir según la carne; porque si según la carne viviereis, moriréis; mas si por el espíritu mortificareis los hechos de la carne, viviréis (Rom 8,12 s).”

Identificado el triple enemigo (la carne, el mundo y el maligno), trataremos ahora de conocerlos un poco más.

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!