Pregunta utilitarista, si la hay. Pero pregunta que los católicos debemos hacernos si deseamos de verdad crecer en la fe.

El artículo sobre Mons. Bargalló ha dejado muchos comentarios. Aquí y en facebook. Algunos de ellos se centran en la vivencia de la pobreza del sacerdote. Otros en el tema del celibato, ya sea para criticarlo o para exigir su vivencia radical.

Entre todos esos comentarios está el de Gerardo. Creo que es muy atinado en cuanto nos apunta al centro de la cuestión. Se los transcribo aquí para que no se pierda en la marejada y lo puedan disfrutar también los que no leen los comentarios (porque ven el artículo en el Faceo lo reciben por suscripción en su correo electrónico):

 Independientemente de lo sucedido (de lo que se necesitarán pruebas y, en su caso, las autoridades eclesiásticas adoptaran las actuaciones que estimes necesarias) debemos rezar y desagraviar con oraciones y mortificaciones. Podemos centrarnos en aquellos que traicionaron al Señor, aquellos que abusaron en vez de amar a quienes estaban llamados a servir, o, como la primera Iglesia, podemos enfocarnos en los demás, en los que han permanecido fieles, esos sacerdotes que siguen ofreciendo sus vidas para servir a Cristo y para servirlos a ustedes por amor. Los medios casi nunca prestan atención a los buenos “once”, aquellos a quienes Jesús escogió y que permanecieron fieles, que vivieron una vida de silenciosa santidad. Pero nosotros, la Iglesia, debemos ver el terrible escándalo que estamos atestiguando bajo una perspectiva auténtica y completa.

El escándalo desafortunadamente no es algo nuevo para la Iglesia. Hubo muchas épocas en su historia, cuando estuvo peor que ahora. La historia de la Iglesia es como la definición matemática del coseno, es decir, una curva oscilatoria con movimientos de péndulo, con bajas y altas a lo largo de los siglos. En cada una de esas épocas, cuando la Iglesia llegó a su punto más bajo, Dios elevó a tremendos santos que llevaron a la Iglesia de regreso a su verdadera misión. Es casi como si en aquellos momentos de oscuridad, la Luz de Cristo brillara más intensamente.

Recordando a San Francisco de Asís, una vez, uno de los hermanos de la Orden de Frailes Menores le hizo una pregunta. Este hermano era muy susceptible a los escándalos. “Hermano Francisco,” le dijo, “¿qué harías tu si supieras que el sacerdote que está celebrando la Misa tiene tres concubinas a su lado?” Francisco, sin dudar un sólo instante, le dijo muy despacio: “Cuando llegara la hora de la Sagrada Comunión, iría a recibir el Sagrado Cuerpo de mi Señor de las manos ungidas del sacerdote.”

¿A dónde quiso llegar Francisco? Él quiso dejar en claro una verdad formidable de la fe y un don extraordinario del Señor. Sin importar cuán pecador pueda ser un sacerdote, siempre y cuando tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia -en Misa, por ejemplo, cambiar el pan y el vino en la carne y la sangre de Cristo, o en la confesión, sin importar cuán pecador sea él en lo personal, perdonar los pecados del penitente, Cristo mismo actúa en los sacramentos a través de ese ministro. Ya sea que el Papa celebre la Misa o que un sacerdote condenado a muerte por un crimen celebre la Misa, en ambos casos es Cristo mismo quien actúa y nos da Su cuerpo y Su sangre.

Así que lo que Francisco estaba diciendo en respuesta a la pregunta de su hermano religioso al manifestarle que él recibiría el Sagrado Cuerpo de Su Señor que sus manos ungidas del sacerdote, es que no iba a permitir que la maldad o inmoralidad del sacerdote lo llevaran a cometer suicidio espiritual. Cristo puede seguir actuando y de hecho actúa incluso a través del más pecador de los sacerdotes. ¡Y gracias a Dios que lo hace!

Y es que si siempre tuviéramos que depender de la santidad personal del sacerdote o del Obispo, estaríamos en graves problemas. Los sacerdotes son elegidos por Dios de entre los hombres y son tentados como cualquier ser humano y caen en pecado como cualquier ser humano. Pero Dios lo sabía desde el principio. Once de los primeros doce Apóstoles se dispersaron cuando Cristo fue arrestado, pero regresaron; uno de los doce traicionó al Señor y tristemente nunca regresó. Dios ha hecho los sacramentos esencialmente “a prueba de los sacerdotes”, esto es, en términos de su santidad personal. No importa cuán santos estos sean o cuán malvados, siempre y cuando tengan la intención de hacer lo que hace la Iglesia, entonces actúa Cristo mismo, tal como actuó a través de Judas cuando Judas expulsó a los demonios y curó a los enfermos.

El sacerdote sirve para eso: para ser sacerdote. Y es en el ejercicio de su sacerdocio que debe ser valorizado. La celebración eficaz de los sacramentos, parte esencial de su vida, no está relacionada esencialmente con su vida moral. Por supuesto que debemos convertirnos para estar a la altura. Pero si mis celebraciones dependieran de mis virtudes… la Iglesia ya estaría muerta: sería yo quién la sostiene y no la fuerza del Santo Espíritu que nos regala el Resucitado. Esta es una dimensión de la vida en la cual se centra la mirada a lo que viene de Dios. Estamos más acostumbrados, porque es parte de nuestra cultura, a mirar desde nosotros las cosas, desde lo horizontal. En este sentido es muy valioso, y agradezco, lo aportado por Gerardo.

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!