Índole escatológica de la Iglesia peregrina

674

¿De dónde vengo? ¿Hacia dónde voy? ¿Quién soy? Tres preguntas que configuran la identidad de una persona, aquello que le da sentido a la propia vida para encarar las cosas más pequeñas y cotidianas. Tres respuestas que no se pueden evitar. Tres respuestas que solamente tienen una sola respuesta.

De la misma manera la iglesia ha tenido que responder a estos tres interrogantes. La Constitución Lumen Gentium responde a la pregunta por la identidad (¿Qué eres?) desde la respuesta de sus orígenes (Cap 1) y la completa con la respuesta de su destino final (Cap 7).

En el análisis del Capítulo 1 recordamos que la Iglesia es esencialmente comprendida como misterio, es decir, como algo originado en el seno mismo de Dios, de la Santísima Trinidad. Venimos desde el misterio de la voluntad divina: no hay otro origen que nos permita entender en profundidad la verdadera identidad de aquello que llamamos Iglesia. Por eso no termina de comprender a la Iglesia la mentalidad del mundo y se queda en meros análisis sociológicos, económicos, filosóficos o psicológicos.

Donde está su plenitud es la siguiente respuesta. Y no puede ser ni más ni menos que la primera: en la Santísima Trinidad. Todo el capítulo 7 de la Lumen Gentium (y su corolario, el 8) son el desarrollo de esa respuesta. El título ya lo dice todo: “Índole escatológica de la Iglesia peregrinante y su unión con la iglesia celestial”. Vamos a detenernos en varias entregas sobre estas enseñanzas de los padres conciliares.

El Capítulo aborda dos temas, íntimamente relacionados. Primero se presenta a la Iglesia peregrina y su esencia escatológica (N° 48). Luego se estudia cómo se da la relación de unión entre esta Iglesia peregrina y la Iglesia celestial (N| 49-50a). Concluye con una especie de subsidio pastoral en el cual se trata sobre el culto a los santos (N° 50b-51). Hoy nos quedaremos con el primer tema.

Si queremos hablar sobre la “índole escatológica de la Iglesia peregrina” tendremos que aclarar varios términos. El primero, es la palabrita “índole” que casi no solemos usar en nuestra habla cotidiana. El diccionario nos la explica así:

“Condición e inclinación natural propia de cada persona. Naturaleza, calidad y condición de las cosas.”

Así que estamos hablando de la identidad profunda de la Iglesia. Lo que se dirá a continuación, por lo tanto, no es algo que debemos decir que es secundario o que se puede ignorar sin que se pierda algo importante. Todo lo contrario.

El otro término es “escatológica”. El diccionario dice:

“Conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba.”

Así que estamos hablando del “más allá”, por decirlo con palabras usuales. O, en términos usados por la Revelación, estamos hablando ni más ni menos que de la Vida eterna. Sirva como introducción.

Estos dos términos usados nos recuerdan que la identidad profunda de la iglesia tiene su raíz en el mismo destino de toda la humanidad: la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. De Él salimos y a Él volvemos.

Pero hay un tercer término que es un adjetivo que califica a Iglesia: “peregrina”. Es decir, la Iglesia que camina en este mundo, en este tiempo, en la historia. Hay una Iglesia que peregrina y hay también una Iglesia que ha partido, la iglesia celestial. Sobre esta otra parte de la realidad de la iglesia toda hablaremos en la próxima entrega. Hoy simplemente nos quedamos en preguntarnos ¿cuál es la “índole escatológica de la Iglesia peregrina”?

El punto 48 está dividido en cuatro párrafos. Cada uno de ellos trata un tema particular de la materia que desarrolla. Comienza respondiendo a ¿cuál es la plenitud, o la perfecta culminación, o el fin, de la Iglesia?

“La Iglesia, a la que todos estamos llamados en Cristo Jesús y en la cual conseguimos la santidad por la gracia de Dios, no alcanzará su consumada plenitud sino en la gloria celeste, cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas (cf. Hch 3, 21) y cuando, junto con el género humano, también la creación entera, que está íntimamente unida con el hombre y por él alcanza su fin, será perfectamente renovada en Cristo (cf. Ef 1, 10; Col 1,20; 2 P 3, 10-13).”

El fin de la iglesia no está en construir un mundo nuevo sino en preparar el mundo nuevo que amanecerá cuando Cristo, como decimos en el credo, “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.” Entendamos bien. Ya recordamos que “no puede ser ciudadano del cielo quien huye de la ciudad terrena”. Pero a veces olvidamos lo otro: que somos ciudadanos del cielo.

Se nos enseña, también, que quien restaura todas las cosas es Cristo. Hay una serie de citas evangélicas que sería muy bueno que nos detengamos a meditarlas en nuestra oración personal. Porque nos ubican frente a los mesías humanos, ya sean políticos, económicos, mediáticos o… religiosos. Sólo el Hijo venido en gloria renovará todo. Esto se desarrolla en el segundo párrafo:

“Porque Cristo, levantado sobre la tierra, atrajo hacia sí a todos (cf. Jn 12, 32 gr.); habiendo resucitado de entre los muertos (Rm 6, 9), envió sobre los discípulos a su Espíritu vivificador, y por El hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento universal de salvación; estando sentado a la derecha del Padre, actúa sin cesar en el mundo para conducir a los hombres a la Iglesia y, por medio de ella, unirlos a sí más estrechamente y para hacerlos partícipes de su vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y sangre. Así que la restauración prometida que esperamos, ya comenzó en Cristo, es impulsada con la misión del Espíritu Santo y por El continúa en la Iglesia, en la cual por la fe somos instruidos también acerca del sentido de nuestra vida temporal, mientras que con la esperanza de los bienes futuros llevamos a cabo la obra que el Padre nos encomendó en el mundo y labramos nuestra salvación (cf. Flp 2, 12).”

Se vuelve a usar la expresión que nos recuerda que la iglesia es “sacramento universal de salvación” (sobre la cual ya meditamos aquí) para recordarnos que no se entiende la Iglesia sino es en relación con la pascua de Jesús y la donación del Santo Espíritu a la humanidad.

Por otra parte se nos presenta una visión de cómo es la salvación: “ya” se realizó en la Pascua pero “todavía no” llegó a la plenitud que será al final de los tiempos, en la Gloria del Reino de Dios consumado.

“La plenitud de los tiempos ha llegado, pues, a nosotros (cf. 1 Co 10, 11), y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada y en cierta manera se anticipa realmente en este siglo, pues la Iglesia, ya aquí en la tierra, está adornada de verdadera santidad, aunque todavía imperfecta. Pero mientras no lleguen los cielos nuevos y la tierra nueva, donde mora la justicia (cf. 2 P 3, 13), la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, pertenecientes a este tiempo, la imagen de este siglo que pasa, y ella misma vive entre las criaturas, que gimen con dolores de parto al presente en espera de la manifestación de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 19-22).”

Ya hablamos sobre la santidad de la Iglesia, a ese texto me refiero para no entrar en detalles. Simplemente recalcar que para este tiempo que vivimos (no en el 2013 sino en el tiempo que va desde la Pascua hasta la segunda venida de Jesucristo) la Iglesia llena de santidad al mundo a través de “sus sacramentos e instituciones”. Este es un criterio de pastoral muy interesante, sobre el que no podemos detenernos ahora. Simplemente que pedir una Iglesia solamente “espiritual”, “desencarnada”, sin sacramentos y sin presencia visible… no es lo que la Iglesia es. Y hay mucha gente que, en mayor o menor medida y de una u otra forma, pide estas cuestiones. Pues bien, como el Verbo se encarnó en Jesús para salvarnos la iglesia se “encarna” en sacramentos e instituciones” para ser sacramento de la salvación que Cristo nos trae. Vuelvo a decir que esto da para mucho, pero nos quedamos con este simple enunciado para hacernos valorar la expresión conciliar.

El último párrafo, más extenso que los tres primeros juntos, nos desarrolla cómo será ese fin de los tiempos. Lo hace de manera sencilla… tan alejada de las apocalípticas descripciones que encontramos en algunas sectas o en las “apariciones de Jesús o María”…

“Unidos, pues, a Cristo en la Iglesia y sellados con el Espíritu Santo, que es prenda de nuestra herencia (Ef 1, 14), con verdad recibimos el nombre de hijos de Dios y lo somos (cf. 1 Jn 3, 1), pero todavía no se ha realizado nuestra manifestación con Cristo en la gloria (cf. Col 3,4), en la cual seremos semejantes a Dios, porque lo veremos tal como es (cf. 1 Jn 3,2). Por tanto, «mientras moramos en este cuerpo, vivimos en el destierro, lejos del Señor» (2 Co 5, 6), y aunque poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior (cf. Rm 8, 23) y ansiamos estar con Cristo (cf. Flp 1, 23). Ese mismo amor nos apremia a vivir más y más para Aquel que murió y resucitó por nosotros (cf. 2 Co 5, 15). Por eso procuramos agradar en todo al Señor (cf. 2 Co 5, 9) y nos revestimos de la armadura de Dios para permanecer firmes contra las asechanzas del demonio y resistir en el día malo (cf, Ef 6, 11-13). Y como no sabemos el día ni la hora, es necesario, según la amonestación del Señor, que velemos constantemente, para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena (cf. Hb 9, 27), merezcamos entrar con El a las bodas y ser contados entre los elegidos (cf. Mt 25, 31-46), y no se nos mande, como a siervos malos y perezosos (cf. Mt 25, 26), ir al fuego eterno (cf. Mt 25, 41), a las tinieblas exteriores, donde «habrá llanto y rechinar de dientes» (Mt 22, 13 y 25, 30). Pues antes de reinar con Cristo glorioso, todos debemos comparecer «ante el tribunal de Cristo para dar cuenta cada uno de las obras buenas o malas que haya hecho en su vida mortal» (2 Co 5, 10); y al fin del mundo «saldrán los que obraron el bien para la resurrección de vida; los que obraron el mal, para la resurrección de condenación» (Jn 5, 29; cf. Mt 25, 46). Teniendo, pues, por cierto que «los padecimientos de esta vida son nada en comparación con la gloria futura que se ha de revelar en nosotros» (Rm 8, 18; cf. 2 Tm 2, 11- 12), con fe firme aguardamos «la esperanza bienaventurada y la llegada de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Tit 2, 13), «quien transfigurará nuestro abyecto cuerpo en cuerpo glorioso semejante al suyo» (Flp 3, 12) y vendrá «para ser glorificado en sus santos y mostrarse admirable en todos los que creyeron» (2 Ts 1,10).”

Varios temas interesantes. El primero es que ya tenemos el Santo Espíritu con nosotros, el cual es “prenda de nuestra herencia”. No una ropa, sino prenda en el sentido de ropa que usamos sino en el sentido de algo se da a otro en señal de una obligación que se asume y se va a cumplir. ¿Nos damos cuenta de lo que esto significa? No somos nosotros lo que damos algo en prenda a Dios sino que ¡es El quién nos da su Santo Espíritu como prenda de los bienes celestiales que nos entregará!

En segundo lugar, estamos de paso como viajeros en el destierro. Pero lo hacemos en medio de males y dispuestos a tener un combate espiritual para no dejarnos arrebatar lo tesoros que nos pertenecen (como ya dijimos aquí). Es una mirada realista sobre el seguro triunfo del Señor pero una advertencia que el Malo todavía puede hacer daño: “velemos constantemente”.

Lo tercero, es que no sabemos ni el día ni la hora de la segunda venida. Es bueno recordarlo porque todos los años aparece alguien que “aprendió a calcular lo inconmensurable” (alguien se acuerda de los Mayas…).

Pero también una frase dicha como al pasar y es importantísima: “terminado el único plazo de nuestra vida terrena”. Esta vida es única, no se repite. En otras palabras: la reencarnación no es posible. Si esperamos reencarnarnos para ser mas buenos en la próxima vida… seguro que nos encontraremos con el tribunal de Dios y tendremos que dar cuentas de lo que hicimos en esta.

Con todo esto se nos redondea una realidad acerca del rostro profundo de la Iglesia. No es solamente una institución humana sino que, sobre todo, ha salido de Dios, vuelve a Dios y es sacramento hoy de la salvación que ese Dios Trino quiere regalar a la humanidad.

Sobre todo esto hablaremos hoy en nuestro programa de radio Concilium (a las 22.00 hs por FM Corazón, 104.1 de Paraná). Bienvenidos todos los aportes y sugerencias.

1 Comentario

  1. Estimado Padre,

    No sabe cuánto me ha ayudado esta publicación para una catequesis que daré hoy. El tema es la iglesia como sacramento universal de salvación y a mi me tocó el fragmento “Indole escatologica de la iglesia peregrina y su relación con la iglesia celestial”… quedé tan clarita con sus palabras! Pero….me hubiese encantado encontrar hoy la segunda parte (y su relación con la iglesia celestial) que si no me equivoco no fué abordada.
    Nuestra Madre lo proteja y el Espiritu Santo le siga regalando sabiduría para transmitirla en esta bonita forma de evangelizar.

  2. María, la segunda parte la podés encontrar en este link: http://padrefabian.com.ar/la-comunion-de-los-santos/

    Me alegro que te haya sido últil.

    Bendiciones.

Tu opinión nos interesa.

Ingrese su comentario
Entre su nombre aquí