La vocación universal a la santidad

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En el ámbito católico esta expresión es tan corriente que ha perdido la gran novedad de vida que debería tener. Es un mérito del Concilio Vaticano II proponer la santidad como un aspecto esencial de la vida de la Iglesia. Pero lo ha hecho de tal manera que nos recuerda que no solo la condición de los religiosos sino de todo bautizado. Antes que nada, les digo que hay un artículo muy bueno de Antonio Aranda (que pueden bajar completo desde este link) que me ha ayudado a escribir esta entrada.

La Constitución Dogmática Lumen Gentium nos presenta el tema de una manera novedosa dentro de la reflexión teológico-pastoral-espiritual de la Iglesia. Ya dijimos en su momento que el documento presenta sus ocho capítulos de a pares unidos temáticamente. Los dos primeros capítulos, entrelazados en su contenido, preparan como conjunto (y reciben allí desarrollo concreto, como ya vimos) al 3 y al 4. Pues bien, de la misma manera el capítulo 5 esta, así, unido al 6: lo introduce y le da marco para corregir la extraña idea de que hay una “santidad superior” y otra “más humana”, “de inferior calidad” o como le queramos decir. (El capítulo 6 habla de los consagrados y de su papel dentro de la Iglesia como paradigmas de la santidad vivida, como veremos en su momento.)

El capítulo 5 tiene cuatro puntos en los cuales desarrolla tres ideas: qué es la santidad (39-40), cómo se debe vivir de acuerdo al propio estado de vida (41) y que medios tenemos para cultivarla (42). Hoy nos quedaremos con el desarrollo del primer tema.

 1. La clave de la santidad

La santidad no es una cuestión moral o de conducta, en primera instancia. Vale la aclaración porque cuando hablamos de este tema lo primero que se nos viene a la cabeza es lo del joven rico: “Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?” (Mt 19,16). Este joven se va triste cuando Jesús le dice que la santidad no es algo que hay que hacer sino Alguien con el cual hay que entrar en comunión. La santidad es, ni más ni menos, Dios que sale a nuestro encuentro, que se manifiesta, que se deja ver, que nos invita a entrar en su casa, que nos comparte su vida, que se dona. Así lo presenta el Concilio:

“El divino Maestro y Modelo de toda perfección, el Señor Jesús, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, cualquiera que fuese su condición, la santidad de vida, de la que El es iniciador y consumador: «sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo» (Mt 5, 48). Envió a todos el Espíritu Santo para que los mueva interiormente a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cf. Mt 12,30) y a amarse mutuamente como Cristo les amó (cf. Jn 13,34; 15,12).” (40).

Imitar al Padre, por el camino que nos marcó el Hijo, con la fuerza interior del Santo Espíritu: es el hombre nuevo (Ef 2,4-10; 4,24) que renace desde lo alto.

Un ser humano renovado en Dios vive su vida como la Trinidad: en comunión. Por eso el Concilio nos da la otra clave, secundaria pero indispensable, para comprender la santidad:

La Iglesia, cuyo misterio está exponiendo el sagrado Concilio, creemos que es indefectiblemente santa. Pues Cristo, el Hijo de Dios, quien con el Padre y el Espíritu Santo es proclamado «el único Santo», amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose a Sí mismo por ella para santificarla (cf. Ef 5,25-26), la unió a Sí como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios.” (39).

Por eso se dice de la Iglesia que es el cuerpo místico de Cristo. Y también por eso, nos animamos a decir que es sacramento universal de salvación.

 2. Dos aspectos a tener en cuenta

Ya dijimos alguna vez que el ser humano es complejo. Pues en este tema también debemos olvidar que hay varios aspectos que se conjugan a la vez, sobre todo para no malinterpretar  aquello de que la Iglesia (es decir, nosotros los cristianos como cuerpo) es “indefectiblemente santa”.

Primero constatamos lo que daremos en llamar “santidad ontológica”. Así lo explica el Concilio:

“Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y, por lo mismo, realmente santos.” (40)

Esa cita de Pedro, “partícipes de la naturaleza divina”, me conmueve interiormente: lo que Adán y Eva quisieron arrebatar por la desobediencia (“serán como dioses” Gn 3,5) Dios nos lo regala en el bautismo a cada uno de nosotros. Es que desde ese momento somos “objetivamente” santos, Templos de Dios.

Pero esto no basta. La santidad es un don divino pero también una tarea del ser humano. Es lo que llamaríamos “santidad moral”: es la persona la que, desde su libertad, debe ponerla como meta de su vida.

“En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron. El Apóstol les amonesta a vivir «elegidos de Dios, sus santos y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia» (Col 3, 12) y produzcan los frutos del Espíritu para la santificación (cf. Ga 5, 22; Rm 6, 22).” (40)

Es en esta santidad “subjetiva” que debemos crecer. Y es aquí donde la Iglesia (es decir, nosotros los cristianos) muchas veces cae en el abismo del pecado:

“Pero como todos caemos en muchas faltas (cf. St 3,2), continuamente necesitamos la misericordia de Dios y todos los días debemos orar: «Perdónanos nuestras deudas» (Mt 6, 12).” (40)

¿Se dieron cuenta que en cada Misa el Sacerdote, luego de saludar al pueblo congregado para la alabanza y el sacrificio santo, lo primero que hace es implorar el perdón divino? Es que la Iglesia Santa se mancha por los pecados de sus miembros y necesita de la blancura que da la misericordia divina. Esto es desde el primer instante: ¿o acaso Pedro, el primer Papa, no debió arrepentirse y hacer una triple manifestación de su amor al Resucitado (Jn 21,15-17 )?

 3. Qué es la santidad

Seguramente habrás escuchado este dicho alguna vez: “todo lo lindo en la vida o es pecado o engorda”. Y si no lo escuchaste, coincidiremos que la santidad es presentada como sinónimo de un imperativo moral que renuncia a los “placeres de la vida” detrás de la “seriedad” de la vida; sinónimo de personas tristes que no saben disfrutar de las maravillas de este mundo; sinónimo de… completalo vos con todo lo que te sugieren quienes te rodean.

El Concilio nos presenta la santidad de otra manera:

“la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad” (40)

Dos palabras que hablan de alguien colmado en el sentido de su vida. El diccionario nos dice que la plenitud es “totalidad, integridad o cualidad de pleno. Apogeo, momento álgido o culminante de algo.” Es perfecto el “que tiene el mayor grado posible de bondad o excelencia en su línea. El que posee el grado máximo de una determinada cualidad o defecto.”

Lo contrario a estos adjetivos es la mediocridad. Mediocre es quien se contenta con formar parte del rebaño de este mundo: hacer lo que todos hacen; decir lo que todos dicen; mirar lo que todos miran; pensar lo que todos piensan; consumir lo que todos consumen; vivir lo que todos viven…

La santidad es plenitud de vida, plenitud que se alcanza cuando vivimos en verdad en Dios. Así se entiende lo que dice San Agustín en sus confesiones:

“Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!
Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste.
Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo.
Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían.
Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera: brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste y me abrasé en tu paz.”

Esa plenitud que lo Bello crea en nosotros nos mueve a hacer todo bien: la perfección de la caridad. Caridad es el amor que se dona, que sale al encuentro del otro, que lo busca para vivir en comunión. La Caridad brota de la vida intima de la Santísima Trinidad y, cuando obra en nuestras actividades cotidianas, nos hace espejos, imágenes, del amor de Dios. La santidad, así, lejos de encerrarnos en nuestra intimidad nos pide hacernos uno con el otro, con el prójimo.

¿Se entiende ahora porque hay que elegir entre ser santo o ser mediocre?

 4. La santidad es universal

Cuando percibimos la santidad de esta manera no podemos caer en la dicotomía, que decíamos al comienzo, de separar una especie de “santidad superior” de otra de “inferior calidad”. El Concilio es tajante:

“En la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: «La voluntad de Dios es que sean santos» (1 Ts 4, 3; cf. Ef 1, 4).” (39)

Y, por si no quedó claro, vuelve a repetir en el número siguiente:

“Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad.” (40)

No existen “grados de santidad”  de acuerdo al estado de vida porque la santidad es plenitud de vida divina en nosotros. Si hay “grados de santidad”, podríamos decirle así, cuando la respuesta del creyente es más o menos plena. Pero cada uno se santifica objetivamente cumpliendo su deber de estado, viviendo y permaneciendo en el lugar en el cual Dios lo llamó.

Se expresa multiformemente en cada uno de los que, con edificación de los demás, se acercan a la perfección de la caridad en su propio género de vida;

de manera singular aparece en la práctica de los comúnmente llamados consejos evangélicos. Esta práctica de los consejos, que, por impulso del Espíritu Santo, muchos cristianos han abrazado tanto en privado como en una condición o estado aceptado por la Iglesia, proporciona al mundo y debe proporcionarle un espléndido testimonio y ejemplo de esa santidad.” (39)

 5. La santidad es una vocación

Cuando hablamos de la vocación universal a la santidad nos solemos quedar mucho en el aspecto de la universalidad: es para todos en todas las situaciones y ambientes. Pero no debemos olvidar el otro aspecto: es una vocación, es decir, un llamado.

La santidad parte de una elección personal de Dios sobre mí para invitarme a participar de su vida divina. Nos invita a todos. Si. Pero no como una masa amorfa. Nos invita a todos pero personalmente. Me invita a mí, como te invitó a vos, como lo invitó a Pedro, a Pablo, a María.

Al ser una vocación personal, llamada divina, la santidad exige una respuesta personal. Nadie puede responder por mí, ni vivir la vida de fe por mí. Parece algo obvio, pero no es así. Cuantas veces he hablado con maridos que traen en sus autos a sus esposas a la Misa y, o se quedan afuera hasta que termine, o regresan a la hora a buscarla. Cuando me acerco me suelen comentar: “la traje para que rece por mi también”. Bueno… esto lo podemos llevar a otros ámbitos y descubrimos una similar respuesta. En teoría, para ellos… la cosa puede andar así. En lo concreto, sonaron: la santidad es respuesta personal.

 6. La “eclesiogénesis”

Recordamos que una de las claves es que la Iglesia es santa. Esto es una exigencia de la pertenencia coherente: es necesario que los miembros del Pueblo sean santos para que la Iglesia de frutos.

“Esta santidad de la Iglesia se manifiesta y sin cesar debe manifestarse en los frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles.” (39)

Estos frutos son los que transforman el mundo de manera concreta:

“Esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena.” (40)

Hace ya algunos años (en plena década de los setenta, antes de la caída del muro de Berlín) el teólogo Boff escribía sobre lo que él suponía era un nuevo resurgir de la fe en tierras latinoamericanas. Le decía a eso “eclesiogénesis” (gestación de la nueva Iglesia). Desde su particular eclesiología creía que una Iglesia de los oprimidos, desde abajo y guiada por el Carisma que da el Espíritu Santo, transformaría a la Iglesia de los opresores, que desde arriba y guiada por los Ministerios instituidos por Cristo mantenía el statuo quo. Inspirado en la sociología de la lucha de clases… no entendió nada de algo que debería haber sabido mucho.

Pues bien, nosotros podríamos decir que la verdadera “eclesiogénesis” es la que producen los que viven la santidad en lo cotidiano, sean estos ricos o pobres.

“En el logro de esta perfección empeñen los fieles las fuerzas recibidas según la medida de la donación de Cristo, a fin de que, siguiendo sus huellas y hechos conformes a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen con toda su alma a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así, la santidad del Pueblo de Dios producirá abundantes frutos, como brillantemente lo demuestra la historia de la Iglesia con la vida de tantos santos.” (40)

Sobre todo esto hablaremos hoy en nuestro programa de radio Concilium (a las 22.00 hs por FM Corazón, 104.1 de Paraná). Bienvenidos todos los aportes y sugerencias.

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