Vivir la santidad en el propio estado de vida

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Sin excepciones: es un regalo para todos desde el acontecimiento de Pentecostés. Es la consecuencia de esa noción de santidad que ya describiéramos en otro artículo:

Obispos celebrando el Concilio Vaticano II

“la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad” (LG 40).

El N° 41 de la Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II indica como cada estado de vida vive a su manera la única santidad que es la participación en la vida de Dios. Detengámonos en el análisis, especialmente en lo que dice referente a los laicos.

“Una misma es la santidad que cultivan, en los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, y obedientes a la voz del Padre, adorándole en espíritu y verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y cargado con la cruz, a fin de merecer ser hechos partícipes de su gloria.

Pero cada uno debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva, que engendra la esperanza y obra por la caridad, según los dones y funciones que le son propios.” (41)

Notemos, en primer lugar, como se describe la santidad como la participación en la vida de la Santísima Trinidad: obedientes al Padre, siguiendo al Hijo y guiados por el Espíritu Santo. Ya habíamos dicho que la santidad más que “hacer cosas” es “estar en” Dios, sumergidos en su presencia, en intima comunión con Él. Y eso lo podemos hacer porque el Señor nos regala tres dones que nos dan fuerza (virtud) para vivir en plenitud: la fe, la esperanza y la caridad.

No dejemos de tener en cuenta que, más allá de estar riquezas comunes a todos, Dios nos regala “dones y funciones” a cada uno (ya lo desarrollamos a esto al hablar de los carismas). Por eso la santidad es un camino personal que nadie puede vivir en plenitud por mí. Y, también por eso, cada estado de vida tiene en germen la posibilidad real de la vivencia de la santidad.

La Lumen Gentium describe las características de cada uno. Comienza por los obispos (las negrillas son mías, a modo de comentario):

“En primer lugar es necesario que los Pastores de la grey de Cristo, a imagen del sumo y eterno Sacerdote, Pastor y Obispo de nuestras almas, desempeñen su ministerio santamente y con entusiasmo, humildemente y con fortaleza. Así cumplido, ese ministerio será también para ellos un magnífico medio de santificación. Los elegidos para la plenitud del sacerdocio son dotados de la gracia sacramental, con la que, orando, ofreciendo el sacrificio y predicando, por medio de todo tipo de preocupación episcopal y de servicio, puedan cumplir perfectamente el cargo de la caridad pastoral. No teman entregar su vida por las ovejas, y, hechos modelo para la grey (cf.1 P 5,3), estimulen a la Iglesia, con su ejemplo, a una santidad cada día mayor.”

Es en el ejercicio de la caridad pastoral a través del ministerio que el Obispo se hace santo. Este tema, el de la caridad pastoral, lo desarrolló bastante Juan Pablo II en sus enseñanzas a los pastores. Lo mismo afirma de nosotros, los presbíteros, el Concilio:

“Los presbíteros, a semejanza del orden de los Obispos, cuya corona espiritual forman al participar de su gracia ministerial por Cristo, eterno y único Mediador, crezcan en el amor de Dios y del prójimo por el diario desempeño de su oficio. Conserven el vínculo de la comunión sacerdotal, abunden en todo bien espiritual y sean para todos un vivo testimonio de Dios, émulos de aquellos sacerdotes que en el decurso de los siglos, con frecuencia en un servicio humilde y oculto, dejaron un preclaro ejemplo de santidad, cuya alabanza se difunde en la Iglesia de Dios. Mientras oran y ofrecen el sacrificio, como es su deber, por los propios fieles y por todo el Pueblo de Dios, sean conscientes de lo que hacen e imiten lo que traen entre manos; las preocupaciones apostólicas, los peligros y contratiempos, no sólo no les sean un obstáculo, antes bien asciendan por ellos a una más alta santidad, alimentando y fomentando su acción en la abundancia de la contemplación para consuelo de toda la Iglesia de Dios. Todos los presbíteros y en especial aquellos que por el peculiar título de su ordenación son llamados sacerdotes diocesanos, tengan presente cuánto favorece a su santificación la fiel unión y generosa cooperación con su propio Obispo.”

Dos veces hace el texto referencia a la vivencia, entre otras cuestiones, de la comunión. La primera es en torno al presbiterio, del cual formamos parte y fuera del cual no nos podremos santificar. Y se completa con la comunión con el propio Obispo. Así el Concilio nos recuerda a los sacerdotes que no estamos llamados a ser “patrones de estancia” aislados en nuestras parroquias a las que dominamos como propias. Nuestra santidad pasa por el ejercicio del ministerio en vivencia comunitaria con los otros sacerdotes. Es en verdad el gran desafío que tenemos para alcanzar la santificación.

A continuación hace referencia a los diáconos y a los “clérigos”. Dentro de estos últimos podríamos incluir a los seminaristas ya que las Ordenes Menores fueron suprimidas luego del Concilio y reemplazadas por los Ministerios del Lectorado y del Acolitado.  A Los diáconos también llama a santificarse por el ejercicio del ministerio. A los seminaristas les recuerda que su santificación pasa por capacitarse lo más y mejor posible en vistas al futuro ejercicio ministerial que desarrollará en su vida. Luego nos detendremos en la última oración de este trozo:

“También son partícipes de la misión y gracia del supremo Sacerdote, de un modo particular, los ministros de orden inferior. Ante todo, los diáconos, quienes, sirviendo a los misterios de Cristo y de la Iglesia deben conservarse inmunes de todo vicio, agradar a Dios y hacer acopio de todo bien ante los hombres (cf. 1 Tm 3,8-10 y 12-13). Los clérigos, que, llamados por el Señor y destinados a su servicio, se preparan, bajo la vigilancia de los Pastores, para los deberes del ministerio, están obligados a ir adaptando su mentalidad y sus corazones a tan excelsa elección: asiduos en la oración, fervorosos en el amor, preocupados de continuo por todo lo que es verdadero, justo y decoroso, realizando todo para gloria y honor de Dios. A los cuales se añaden aquellos laicos elegidos por Dios que son llamados por el Obispo para que se entreguen por completo a las tareas apostólicas, y trabajan en el campo del Señor con fruto abundante.”

Con esta última oración se comienza a describir en qué consiste la santidad para los fieles cristianos laicos. Comienza con ese tipo especial de personas que, sin perder su propia identidad laical, está consagrado totalmente al apostolado. Es, precisamente, en esas tareas que se santifica. Continúa con la santificación a través del estado de vida matrimonial:

“Los esposos y padres cristianos, siguiendo su propio camino, mediante la fidelidad en el amor, deben sostenerse mutuamente en la gracia a lo largo de toda la vida e inculcar la doctrina cristiana y las virtudes evangélicas a los hijos amorosamente recibidos de Dios. De esta manera ofrecen a todos el ejemplo de un incansable y generoso amor, contribuyen al establecimiento de la fraternidad en la caridad y se constituyen en testigos y colaboradores de la fecundidad de la madre Iglesia, como símbolo y participación de aquel amor con que Cristo amó a su Esposa y se entregó a Sí mismo por ella.”

Así se describe como un “camino propio” de santidad llevar adelante aquello que se prometió delante del altar: la vivencia cotidiana del amor mutuo y la generación y educación de los hijos. Algo que Pablo VI desarrolló de manera muy profunda en esa Carta Encíclica tan poco comprendida por muchos, la Humanae Vitae.

El camino de santificación también tiene senderos especiales para otros estados de vida laicales:

“Ejemplo parecido lo proporcionan, de otro modo, quienes viven en estado de viudez o de celibato, los cuales también pueden contribuir no poco a la santidad y a la actividad de la Iglesia.”

Aquí el término celibato se refiere, sobre todo, a la vivencia de la soltería como un estado de vida en la cual el ser humano, varón o mujer, puede realizarse en plenitud. Por supuesto que no hace referencia a los “solterones” que, amargados por no aceptar la provisionalidad de su situación, amargan con sus palabras y actos a quienes los rodean. La soltería, asumida como gracia y camino de santificación, brinda inmensas posibilidades para construir un mundo mejor y una Iglesia más plena.

A continuación se pasa de describir las distintas posibilidades de santificación en cada uno de los estados de vida (“vocación”) para situarse en otro plano, el de la “profesión” concreta que cada uno ejerce:

“Aquellos que están dedicados a trabajos muchas veces fatigosos deben encontrar en esas ocupaciones humanas su propio perfeccionamiento, el medio de ayudar a sus conciudadanos y de contribuir a elevar el nivel de la sociedad entera y de la creación. Pero también es necesario que imiten en su activa caridad a Cristo, cuyas manos se ejercitaron en los trabajos manuales y que continúan trabajando en unión con el Padre para la salvación de todos. Gozosos en la esperanza, ayudándose unos a otros a llevar sus cargas, asciendan mediante su mismo trabajo diario, a una más alta santidad, incluso con proyección apostólica.”

Esto luego lo desarrolló Juan Pablo II en su Carta Encíclica sobre el trabajo humano. El Concilio nos invita a “cristificar” nuestras tareas diarias a través de nuestra identificación con el Cristo obrero de Nazareth en todas las circunstancias concretas de nuestras actividades cotidianas.

Así nada de lo humano está alejado de la posibilidad de crecer en la Presencia de Dios, de nuestra santificación. Incluso las situaciones más angustiosas de la existencia:

“Sepan también que están especialmente unidos a Cristo, paciente por la salvación del mundo, aquellos que se encuentran oprimidos por la pobreza, la enfermedad, los achaques y otros muchos sufrimientos, o los que padecen persecución por la justicia. A ellos el Señor, en el Evangelio, les proclamó bienaventurados, y «el Dios de toda gracia, que nos llamó a su eterna gloria en Cristo Jesús, después de un breve padecer, los perfeccionará y afirmará, los fortalecerá y consolidará» (1 P 5, 10).”

Este tema también fue desarrollado por Juan Pablo II en su carta apostólica sobre el dolor.

El último párrafo no deja lugar a dudas sobre las posibilidades reales de esta vocación universal a la santidad:

“Por tanto, todos los fieles cristianos, en las condiciones, ocupaciones o circunstancias de su vida, y a través de todo eso, se santificarán más cada día si lo aceptan todo con fe de la mano del Padre celestial y colaboran con la voluntad divina, haciendo manifiesta a todos, incluso en su dedicación a las tareas temporales, la caridad con que Dios amó al mundo.”

No es tanto lo que hagamos o el estado de vida que tengamos. Es simplemente que todo lo hagamos con fe: así el Señor nos habita con su plenitud y nosotros crecemos en la caridad, que es en esto que consiste la santidad personal.

Sobre todo esto hablaremos hoy miércoles en nuestro programa de radio Concilium (a las 22.00 hs por FM Corazón, 104.1 de Paraná). Bienvenidos todos los aportes y sugerencias que dejen aquí o en mi página del Facebook.

1 Comentario

  1. ¡Gracias Padre Fabián!, es tan bello leer su blog. Dios Padre lo bendiga por siempre.

  2. Estimado padre Fabian,

    Me ha gustado mucho su post. Cuantos años a “tardado” la Iglesia en recordar y reafirmar la llamada a la santidad de todos los laicos con las ocupaciones profesionales en medio del mundo. La Iglesia nos llama a TODOS a la santidad y no es un camino exclusivo para el clero y los religiosos. Cada uno puede y debe ofrecer al Señor su trabajo profesional, las madres y amas de casa toda esa Santa labor que hacen en sus hogares, los estudiantes con su estudio, el agricultor en el campo, el artesano en su taller, el médico en el hospital, etc.

    Que bonito es ver cuando el Papa, en nombre de la Iglesia, canoniza a algún laico, casado o soltero. Llena de alegría el saber que si podemos, que podemos ser santos con nuestras ocupaciones profesionales y los quehaceres diarios. Cualquier actividad que no ofenda a Dios puede, y debe, ser santificada. Inlcuso el disfrutar de un rico asado con los amigos y la familia o, como Uds. en la Argentina, disfrutar tomando mate.

    Le paso el enlace (para quien le pudiera interesar) sobre una homilia que San Josemaria Escrivá de Balaquer predicó en la Universidad de Navarra el 8 de octubre de 1967. Se titula “Amar al mundo apasionadamente”. A mi me parece simplemente espectacular.

    http://www.unav.edu/web/conoce-la-universidad/identidad-cristiana/san-josemaria-escriva

    Un abrazo desde Madrid.

  3. En realidad, lo que comenté es un texto de hace cincuenta años, del CVII. Así que no es algo que se haya reconocido recién en el Tercer Milenio.
    Pero creo que lo tuyo va por afirmar que recién a principios del Siglo XX se “valoró” al laico como laico y capaz de santidad en las cosas cotidianas. Y, mal que les pese a muchos (no a mí) eso se debe tanto al Opus Dei como a la Acción Católica. Luego, en las inmediaciones del Concilio y en el inmediato postconcilio floreció en muchos otros movimientos la revalorización del laico. ¡Gracias sean dadas al Altísimo y a su Santo Espíritu que nos guía como maestro para que reconoscamos los verdaderos signos de los tiempos y crezcamos así en la plena percepción y vivencia de la Palabra de Dios!!!

  4. ….hola Padrecito….con todo el respeto del que soy capaz y siempre será poco….me gustaría saber su reflexión respecto de: http://www.msal.gov.ar/images/stories/bes/graficos/0000000690cnt-Protocolo%20ILE%20Web.pdf
    …bendiciones…gracias…

  5. Alejandra, ya dije muchas cosas sobre el aborto. Puedes encontrar todo poniendo la palabra aborto del buscador del blog o en este enlace: http://padrefabian.com.ar/?s=aborto
    Esto es simplemente… unba consecuencia lógica de lo que la clase dirigente argentina piensa (no solo el Frente para la Victoria, porque detrás de esto está gente de casi la totalidad de los partidos políticos argentinos)

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