Paternidad responsable

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Tendrás todos los hijos que Dios te mande.” La frase la escuché en la tele. Hace unos días veía un adelanto sobre una película en la que se trata sobre el curso de preparación al matrimonio que un cura le daba a una pareja. Cómo soy malo para los nombres, tanto de películas como de actores, no me pidan que diga cuál es. Pero se que es de los noventa.

Me quedé pensando en lo que se piensa que dice la Iglesia sobre la paternidad responsable y sobre lo que en verdad dice. ¿Problemas de comunicación de nuestra parte? ¿O, por el contrario, mal clima intencionalmente creado por una comunicación errónea que busca opacar lo que la Iglesia quiere enseñar? Creo que hay algo de las dos cosas. Mucho de lo segundo, porque en este tema hay un gran negocio farmacéutico y médico. Pero también somos responsables nosotros por no saber presentar las cosas como corresponde. Muy responsables.

La frase “tendrás todos los hijos que Dios te mande” es correcta… a medias. Lo cual la hace muy incorrecta para un mundo mediatizado que no entiende de matices. Detengámonos un poco en analizarla.

Es correcta en el sentido de que el hijo es un don de Dios y, como tal, debemos acunarlo en el seno de la familia y en el “útero social” que es nuestra comunidad. Un hijo puede ser “no deseado” por una pareja pero es profundamente deseado por Dios. Más allá de las circunstancias como llegó. Me impactó siempre lo de san Pablo a los Efesios: “nos ha elegido en él (en Cristo), antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor” (1,4). Por que creemos esto de verdad, podemos sostener también hoy lo que decía la Carta a Diogneto en el Siglo II sobre los cristianos: “Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.”

Ahora bien, “tendrás todos los hijos que Dios te mande” ¿significa que se debe aceptar pasivamente la voluntad de Dios? ¿o, por el contrario, puede la pareja conyugal intervenir libremente en la regulación de los nacimientos? Una lectura serena de lo que Pablo VI dijo en la Humanae vitae sorprendería a más de uno:

“Por ello el amor conyugal exige a los esposos una conciencia de su misión de “paternidad responsable” sobre la que hoy tanto se insiste con razón y que hay que comprender exactamente. Hay que considerarla bajo diversos aspectos legítimos y relacionados entre sí.

En relación con los procesos biológicos, paternidad responsable significa conocimiento y respeto de sus funciones; la inteligencia descubre, en el poder de dar la vida, leyes biológicas que forman parte de la persona humana.

En relación con las tendencias del instinto y de las pasiones, la paternidad responsable comporta el dominio necesario que sobre aquellas han de ejercer la razón y la voluntad.

En relación con las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, la paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido.

La paternidad responsable comporta sobre todo una vinculación más profunda con el orden moral objetivo, establecido por Dios, cuyo fiel intérprete es la recta conciencia. El ejercicio responsable de la paternidad exige, por tanto, que los cónyuges reconozcan plenamente sus propios deberes para con Dios, para consigo mismo, para con la familia y la sociedad, en una justa jerarquía de valores.

En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan, por tanto, libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia.”

Luego continúa explicitando los significados inseparables dentro (de lo que yo diría) una “sexualidad ecológica”:

“Estos actos, con los cuales los esposos se unen en casta intimidad, y a través de los cuales se transmite la vida humana, son, como ha recordado el Concilio, “honestos y dignos”, y no cesan de ser legítimos si, por causas independientes de la voluntad de los cónyuges, se prevén infecundos, porque continúan ordenados a expresar y consolidar su unión. De hecho, como atestigua la experiencia, no se sigue una nueva vida de cada uno de los actos conyugales. Dios ha dispuesto con sabiduría leyes y ritmos naturales de fecundidad que por sí mismos distancian los nacimientos. La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial (quilibet matrimonii usus) debe quedar abierto a la transmisión de la vida.

Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador. Efectivamente, el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad. Nos pensamos que los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se encuentran en grado de comprender el carácter profundamente razonable y humano de este principio fundamental.”

En este contexto se entiende una “apertura a la vida” desde la “paternidad responsable”:

“Justamente se hace notar que un acto conyugal impuesto al cónyuge sin considerar su condición actual y sus legítimos deseos, no es un verdadero acto de amor; y prescinde por tanto de una exigencia del recto orden moral en las relaciones entre los esposos. Así, quien reflexiona rectamente deberá también reconocer que un acto de amor recíproco, que prejuzgue la disponibilidad a transmitir la vida que Dios Creador, según particulares leyes, ha puesto en él, está en contradicción con el designio constitutivo del matrimonio y con la voluntad del Autor de la vida. Usar este don divino destruyendo su significado y su finalidad, aun sólo parcialmente, es contradecir la naturaleza del hombre y de la mujer y sus más íntimas relaciones, y por lo mismo es contradecir también el plan de Dios y su voluntad. Usufructuar, en cambio, el don del amor conyugal respetando las leyes del proceso generador significa reconocerse no árbitros de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador. En efecto, al igual que el hombre no tiene un dominio ilimitado sobre su cuerpo en general, del mismo modo tampoco lo tiene, con más razón, sobre las facultades generadoras en cuanto tales, en virtud de su ordenación intrínseca a originar la vida, de la que Dios es principio. “La vida humana es sagrada —recordaba Juan XXIII—; desde su comienzo, compromete directamente la acción creadora de Dios”.”

Y, como corolario para quién ha entendido lo antecedente, expone las vías lícitas para la regulación de los nacimientos. Eso lo pueden leer directamente desde el sitio vaticano (N° 14 en adelante).

Así que el “tendrás todos los hijos que Dios te mande” no es lo que intencionadamente se quiere decir desde la publicidad subvencionada por algunas grandes corporaciones. Pero si tiene mucho de verdad en aquello que es innegociable para cualquier creyente sincero: “acunarás toda vida que Dios te mande, la hayas buscado o no: no es tuya… te la regalaron”.

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