El Espíritu Santo regala carismas a todos los miembros del Pueblo de Dios

646

Quién lee el título de una puede pensar que este artículo está dedicado a los miembros de la Renovación Carismática Católica. También es para ellos, pero lo que diremos es la simple continuación de lo que dice la Constitución Dogmática Lumen Gentium en su número 12. Ya habíamos dicho que el primer párrafo de ese número enseñaba que la Iglesia es un Pueblo de Profetas. A continuación se expone lo siguiente:

“Además, el mismo Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1 Co 12,11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: «A cada uno… se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad» (1 Co 12,7).

Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia.

Los dones extraordinarios no deben pedirse temerariamente ni hay que esperar de ellos con presunción los frutos del trabajo apostólico.

Y, además, el juicio de su autenticidad y de su ejercicio razonable pertenece a quienes tienen la autoridad en la Iglesia, a los cuales compete ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno (cf. 1 Ts 5,12 y 19-21).” (LG 12)

Al comentar este párrafo José María Rovira Belloso (“Los carismas en la Iglesia”; Secretariado Trinitario; 1999; Pág 411-429) dice:

“El Concilio Vaticano II recuerda una tradición olvidada y restaura un marco de principios formales referente a los carismas”.

Y, a partir de esto, plantea una serie de principios que salen de este párrafo y de otros paralelos en varios documentos del Concilio.

1. Institución carismática: institución hace referencia a algo que ha sido fundado por alguien. En nuestro caso la Iglesia supone “algo previamente dado” a la entrada de sus miembros a ella. Es decir, antes de que alguien entrara ella ya era. Lo previamente dado es la realidad de Cristo Señor que es el donador del Santo Espíritu: su Palabra, su Presencia y su acción es lo que nos hace abrirnos a la conversión que nos da la salvación. Por eso la Iglesia (o cada uno de nosotros sus miembros) no puede poseer el Espíritu. Es el Espíritu el que posee ala Iglesia, el que la “vivifica a manera de alma” (AG 4). A esto se hace referencia en el texto cuando se afirma que es el mismo Espíritu Santo el que santifica y dirige al Pueblo de Dios y, también, distribuye gracias especiales sobre cada uno de los fieles, según Él quiere.

2. Multiplicidad de los carismas: no hay un solo carisma. La multiplicidad hace referencia a la variedad de dones y la variedad de sujetos (personas) que lo reciben. Esto trae como consecuencia otro principio: la participación exigida. Si recibimos carismas no solamente tenemos el derecho sino también el deber de ejercitarlos.

3. Discernimiento pastoral y subordinación de los carismas: son las dos caras de la moneda de una misma tarea que “consiste en descubrir, reconocer, coordinar y llevar a la unidad y al fruto debido los carismas del Pueblo de Dios”.

Reconocimiento de los carismas: el concilio es claro: “el juicio de su autenticidad y de su ejercicio razonable pertenece a quienes tienen la autoridad en la Iglesia”. Y aquí la autoridad descansa en los Obispos y quienes colaboran con su ministerio.

Subordinación de los carismas: “ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia”

4. Finalidad de los carismas: la edificación ordenada de la comunidad. No son para crecimiento personal sino que existen para dar vida a la Comunidad.

El contexto de la presentación que hace este párrafo conciliar hace referencia a las cartas de San Pablo, más en concreto al capítulo 12 de la primera carta a los Corintios. Allí Pablo hace una iluminación sobre un problema de unidad que está padeciendo esa comunidad. Si queremos entenderlo bien tenemos que leer también los dos capítulos siguientes dentro de el contexto general de la carta. Vamos a quedarnos, ahora, con el texto citado por la Lumen Gentium:

“Hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu.

Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor.

Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos.

En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común.

El Espíritu da a uno la sabiduría para hablar; a otro, la ciencia para enseñar, según el mismo Espíritu; a otro, la fe, también el mismo Espíritu. A este se le da el don de curar, siempre en ese único Espíritu; a aquel, el don de hacer milagros; a uno, el don de profecía; a otro, el don de juzgar sobre el valor de los dones del Espíritu; a este, el don de lenguas; a aquel, el don de interpretarlas.

Pero en todo esto, es el mismo y único Espíritu el que actúa, distribuyendo sus dones a cada uno en particular como él quiere.” (1 Cor 12, 4-11)

El Padre Luis Rivas (“Pablo y la Iglesia”; Editorial Claretiana; 2008; 117-153) nos comenta lo siguiente:

No se puede afirmar que san Pablo dé un sentido diferente a cada uno de los términos “carisma”, “ministerio” y “actividades”. Parecería más bien que él los utiliza como sinónimos. El uso de la Iglesia en los siglos posteriores establecerá una diferencia entre ellos.

Todas las tareas que se desempeñan en las iglesias son suscitadas por el Espíritu. No se habla en estos textos de una delegación o institu­ción de ministros por parte de alguna autoridad. Sólo algunas décadas más tarde, en las cartas llamadas “pastorales” (1-2Tim – Ti), se dirá que el responsable de la comunidad designará a los ministros después de haberlos puesto a prueba (1 Tim 3,10).

San Pablo destaca en esta parte de la carta a los corintios que los carismas otorgados por el Espíritu Santo están destinados al bien del cuerpo, es decir, de toda la comunidad (1 Cor 12, 7). Ante el problema de las divisiones que se plantea en la iglesia de Corinto, a Pablo Ie interesa destacar que toda la actividad impulsada por el Espíritu está ordenada al bien común. Tienen mayor importancia los dones que edifican a la comunidad, como el de profecía, pero los que edifican sólo a quien lo posee (1 Cor 14, 12), como es el de “hablar en lenguas” (1 Cor 14, 4-5), tienen menor relevancia.” (P. 120)

Para el Padre Alberto Ibañez (“Lenguas para hablar con Dios” – Tomo 1: lo que enseña San Pablo”; Editorial Convivencias con Dios; 2010) los tres términos (que él traduce como carismas, ministerios y operaciones) no son la misma cosa. Veamos lo que enseña (creo que es más claro si en vez de la palabra operación leemos actividades):

“Muchos suponen que carisma, ministerios y operaciones son la misma cosa. Esto sería suponer que Pablo quiso hacer un puro juego de palabras en este párrafo que le sirve de introducción a la clasificación de los dones espirituales: “Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Hay diversidad de operaciones, pero Dios es el mismo, que las produce todas en todos” (12, 4-6).

Así como las tres Divinas Personas no son una sola, pero están interrelacionadas, los términos que nos ocupan son entre sí correlativos.

Los ministerios (diakonia) son funciones o servicios que los distintos miembros ejercemos en la Iglesia. Están referidos al Señor Jesús, el servidor de Yahvé, que vino para servir y no para ser servido. Todos los ministerios en la Iglesia proceden del triple ministerio de Cristo: sacerdote, rey y profeta.

Para poder ejercer esos ministerios carismáticos no basta un nombramiento jurídico ni tampoco ciertas aptitudes naturales. Hace falta una capacidad sobrenatural que Pablo llama carisma. Refiriéndose al ministerio de profecía dice: “Nadie puede decir: ‘Jesús es el Señor’ sino en el Espíritu Santo” (12,3), y refiriéndose al ministerio de apóstol dice: “No es que por nosotros mismos seamos capaces de poner de nuestra cuenta cosa alguna; por el contrario, nuestra capacidad procede de Dios, que incluso nos capacitó para ser servidores de la nueva alianza” (2 Co 3,5s). Respecto del ministerio de orar dice: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene, mas el Señor mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rm 8,26).

Ya se comprende que estas gracias se atribuyan al que es la Gracia Increada y fuente de toda gracia. En pocos versículos (12, 3-11) insiste sobre la misma idea ocho veces.

El Catecismo habla de “las múltiples gracias especiales -llamadas carismas- mediante las cuales los fieles quedan ‘preparados y dispuestos a asumir diversas tareas o ministerios que contribuyen a renovar y construir más y más la Iglesia'” (N° 798).

Cada vez que -por la fuerza del carisma- ejercitamos un ministerio, se produce una operación (enérguema) (léase actividad personal). Estas operaciones manifiestan el poder de lo alto, que recibieron los apóstoles cuando se cumplió “la promesa del Padre” (Hch 1, 4-8) y que Pablo manifiesta ante los corintios, para que su fe se base, “no en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios” (1 Co 1,5). Así como se atribuyen al Padre las obras del poder, Pablo dice: “Hay diversidad de operaciones, pero Dios es el mismo, el que las produce (opera, obra) todas en todos” (12,6).” (Pág 62-63)

De esta manera, todo ministerio dentro de la Iglesia supone un don del Espíritu Santo (carisma) para que sea herramienta eficaz en la edificación de la Iglesia.

Tengamos en cuenta que el Concilio habla de los “dones extraordinarios” junto a los dones  “más comunes y difundidos”. Sobre los primeros pide no pedirlos con temeridad y sobre los dos invita a recibirlos “con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia”.

¿A qué se refiere con el término “ministerio”? Me ayudó muchísimo comprender el tema poniéndolo en relación con el término “servicio”. Ministerios y servicios pueden tener en sentido amplio una misma raíz etimológica y ser usados como sinónimos. Sin embargo en la Teología Pastoral en sentido estricto se usan con un distinto contenido o alcance. Borobio (“Los ministerios en la comunidad”; Centro de pastoral litúrgica; 1999; pág 93-95) hace la distinción entre el servicio entendido como una acción personal y el ministerio entendido como un servicio “autorizado” como tal por la Iglesia. En base a esto hace la siguiente distinción:

Servicio espontáneo: es aquel que nace espontáneamente de la función diacónica de todo bautizado, como expresión de su testimonio de fe realizado en las situaciones concretas de la vida. Ejemplos: colaboración espontánea de una acción social, la visita a un enfermo.

Servicio regulado: es aquel que tiene una concreción en la comunidad, es de vital importancia para su crecimiento y se ejerce de forma temporal, para servicio y edificación de la Iglesia en el mundo, según el carisma y la disposición personal. Ejemplos: los ministerios de música, los miembros de Cáritas parroquial.

Ministerio reconocido: es aquel que cumple las condiciones de un verdadero ministerio laical aunque no tengan una institución formal. Ejemplos: responsables de movimientos apostólicos.

Ministerio instituido: es aquel que es reconocido públicamente u oficialmente instituido por la Iglesia, y que comporta un determinado gesto o rito de investidura social. Requieren el compromiso personal de la persona interesada por un tiempo determinado y recibir de alguna manera el encargo por parte de la jerarquía, dentro de una pastoral organizada. Ejemplo: Ministros Extraordinarios de la Comunión.

Ministerio ordenado: es el ministerio encomendado a aquellos que han recibido el Orden Sagrado por la imposición de manos del Obispo y que supone la encomienda oficial, pública y permanente de un ministerio al servicio de la comunidad, en orden a presidir, enseñar y santificar.

En base a esto podemos hacer una lectura muy provechosa sobre el estilo pastoral que proponen los Obispos argentinos en las Orientaciones pastorales para el trienio 2012 – 2014. Sobre todo la segunda de las tres enumeradas: el entusiasmo. Dicen así

“La palabra entusiasmo tiene su raíz en el griego “en-theoi’, es decir: “que lleva un dios adentro.” Este término indica que, cuando nos dejamos llevar por el entusiasmo, una inspiración divina entra en nosotros y se sirve de nuestra persona para manifestarse. El entusiasmo es la experiencia de un “Dios activo dentro de mí” para ser guiado por su fuerza y sabiduría. Implica también la exaltación del ánimo por algo que causa interés, alegría y admiración, provocado por una fuerte motivación interior. Se expresa como apasionamiento, fervor, audacia y empeño. Se opone al desaliento, al desinterés, a la apatía, a la frialdad y a la desilusión.

El “Dios activo dentro” de nosotros es el regalo que nos hizo Jesús en Pentecostés, el Espíritu Santo: “Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto” (Lc 24, 49). Se realiza así lo anunciado por los profetas, “/es daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en ustedes.” (Ez. 36, 26)

La nueva evangelización requiere de agentes evangelizadores entusiastas, que confíen en la fuerza del Espíritu que habita en cada uno y lo impulsa desde dentro para anunciar el Evangelio.

La misión tiene que sostenerse en la convicción de la presencia del “Espíritu que nos anima”‘ cuyas notas son las que hemos expresado en el primer capítulo de “Navega mar adentro” y que siguen estando vigentes para definir un estilo y una espiritualidad en este tiempo misionero.

El Espíritu graba en nosotros la certeza de ser amados por Dios, nos sostiene firmes en la esperanza, nos lleva a acercarnos al prójimo con entrañas de misericordia, nos mueve a vincularnos cordialmente con los demás en la mística de comunión, nos impulsa para compartir la alegría del Evangelio con un constante y renovado fervor misionero, involucrando toda nuestra vida hacia la santidad en la entrega cotidiana.” (18-19)

Esta dimensión espiritual o carismática de la Iglesia como Pueblo de Profetas es algo que no debemos olvidar. Si lo hacemos corremos el riesgo de transformarla en una Institución meramente humana.

1 Comentario

  1. Alabo al Señor por esta publicacion sobre los Carismas del Espiritu. Excelente nota. Que Dios le siga bendiciendo en su Ministerio, Padre Fabian.

Tu opinión nos interesa.

Ingrese su comentario
Entre su nombre aquí