La Iglesia es el Pueblo de Profetas

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El término profeta puede hacer alusión a una persona “que por señales o cálculos hechos previamente, conjetura y predice acontecimientos futuros”. Pero no es a esa capacidad de hablar sobre el futuro a que nos referiremos aquí. Desde la Revelación Bíblica nos aproximamos a otro contenido del concepto, resumido así por Karol Wojtyla:

“Profeta” es aquel que “habla en nombre de Dios”; el que conoce la verdad contenida en la palabra de Dios, la lleva consigo, la transmite a los demás y la custodia como su patrimonio más precioso. (“La renovación en sus fuentes”; pág. 196)

Luego de presentar al Pueblo de Dios como un Pueblo Sacerdotal, el punto 12 de la Lumen Gentium lo describe como un Pueblo que participa del don profético de Cristo. Esto lo desarrolla bajo dos aspectos. Por un lado el “sentido sobrenatural de la fe” (sensus fidei o sensus fidelium) que recibe y posee fielmente la Revelación y, por otra parte, “el sentido de responsabilidad para con el don de la verdad contenida en la revelación” (KW, 197) que se expresa en las gracias que el Espíritu Santo reparte entre todos los fieles para realizar esta obra.  Este punto 12 dedica un párrafo a cada uno de estos temas. Nos detendremos ahora en el primero y dejaremos para más adelante la segunda parte que habla de dichos dones y que lo solemos expresar bajo el tema de carismas y ministerios.

Esto es lo que dice el texto conciliar:

El Pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad y ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza, que es fruto de los labios que confiesan su nombre (cf. Hb 13.15).

La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1 Jn 2,20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando «desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos» presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres.

Con este sentido de la fe, que el Espíritu de verdad suscita y mantiene, el Pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente «a la fe confiada de una vez para siempre a los santos» (Judas 3), penetra más profundamente en ella con juicio certero y le da más plena aplicación en la vida, guiado en todo por el sagrado Magisterio, sometiéndose al cual no acepta ya una palabra de hombres, sino la verdadera palabra de Dios (cf. 1 Ts 2,13).

La primera afirmación del texto nos dice que todo el pueblo santo de Dios participa de la función profética de Cristo. Antes que nada, nos preguntamos a qué se refiere dicha función de Cristo. Podemos hacerlo leyendo los puntos 2 y 4 de la Constitución Dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II:

Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación. (2)

(El punto 3 habla de la preparación que se hace desde el Antiguo Testamento, lo omitimos aquí porque nos desviaría del tema)

Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas, “últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo”. Pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios; Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, “hombre enviado, a los hombres”, “habla palabras de Dios” y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió. Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que vive en Dios con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna.

La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tim., 6,14; Tit., 2,13). (4)

Jesucristo nos manifiesta el misterio escondido de Dios y nos invita a vivir en comunión con él: esa es la dimensión profética de su ministerio terrenal. Pues bien, la Lumen Gentium nos dice que todo el pueblo Santo de Dios (cada cual a su modo, como veremos más adelante) participa de esa dimensión profética. Esto es a través de dos acciones concretas:

1. Difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad.

2. Ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza.

Pero la afirmación va más allá al decir que también, como Iglesia, poseemos ese mensaje de Cristo en custodia. Y hace una afirmación de absoluto (es decir, sin dar lugar a medias tintas): “La totalidad de los fieles (…) no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando «desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos» presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres.” A esto se le denomina como infalibilidad y se recuerda que es algo que pertenece a la Iglesia como un todo. Luego retomará el tema de la infalibilidad del Papa declarado por el Concilio Vaticano I en el punto 25:

Esta infalibilidad que el divino Redentor quiso que tuviese su Iglesia cuando define la doctrina de fe y costumbres, se extiende tanto cuanto abarca el depósito de la Revelación, que debe ser custodiado santamente y expresado con fidelidad.

El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta misma infalibilidad en razón de su oficio cuando, como supremo pastor y doctor de todos los fieles, que confirma en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,32), proclama de una forma definitiva la doctrina de fe y costumbres. Por esto se afirma, con razón, que sus definiciones son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia, por haber sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu Santo, prometida a él en la persona de San Pedro, y no necesitar de ninguna aprobación de otros ni admitir tampoco apelación a otro tribunal. Porque en esos casos, el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que, en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica.

La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo de los Obispos cuando ejerce el supremo magisterio en unión con el sucesor de Pedro. A estas definiciones nunca puede faltar el asenso de la Iglesia por la acción del mismo Espíritu Santo, en virtud de la cual la grey toda de Cristo se mantiene y progresa en la unidad de la fe.

Este sentido sobrenatural de la fe no tiene que ver con las opiniones personales sobre determinado tema sino que es el fruto de la Acción del Espíritu de la Verdad sobre todos y cada uno de los bautizados. Es lo que nos enseñaba Juan Pablo II en su catequesis sobre el don del entendimiento:

En esta reflexión dominical deseo hoy detenerme en el segundo don del Espíritu Santo: el entendimiento. Sabemos bien que la fe es adhesión a Dios en el claroscuro del misterio; sin embargo es también búsqueda con el deseo de conocer más y mejor la verdad revelada. Ahora bien, este impulso interior nos viene del Espíritu, que juntamente con la fe concede precisamente este don especial de inteligencia y casi de intuición de la verdad divina.

La palabra “inteligencia” deriva del latín intus legere, que significa “leer dentro”, penetrar, comprender a fondo. Mediante este don el Espíritu Santo, que “escruta las profundidades de Dios” (1 Co 2, 10), comunica al creyente una chispa de esa capacidad penetrante que le abre el corazón a la gozosa percepción del designio amoroso de Dios. Se renueva entonces la experiencia de los discípulos de Emaús, los cuales, tras haber reconocido al Resucitado en la fracción del pan, se decían uno a otro; “¿No ardía nuestro corazón mientras hablaba con nosotros en el camino, explicándonos las Escrituras?” (Lc 24, 32).

Esta inteligencia sobrenatural se da no sólo a cada uno, sino también a la comunidad: a los Pastores que, como sucesores de los Apóstoles, son herederos de la promesa específica que Cristo les hizo (cf. Jn 14, 26; 16, 13) y a los fieles que, gracias a la “unción” del Espíritu (cf. 1 Jn 2, 20 y 27) poseen un especial “sentido de la fe” (sensus fidei) que les guía en las opciones concretas.

Efectivamente, la luz del Espíritu, al mismo tiempo que agudiza la inteligencia de las cosas divinas, hace también más límpida y penetrante la mirada sobre las cosas humanas. Gracias a ella se ven mejor los numerosos signos de Dios que están inscritos en la creación. Se descubre así la dimensión no puramente terrena de los acontecimientos, de los que está tejida la historia humana. Y se puede lograr hasta descifrar proféticamente el tiempo presente y el futuro: ¡signos de los tiempos, signos de Dios!

La docilidad al Espíritu hace que este sentido sobrenatural de la fe produzca en el Pueblo de Dios tres frutos:

1. Adherirse indefectiblemente a la fe confiada de una vez para siempre a los santos: significa aceptar una fe que no es mía sino que me ha sido dada por el Hijo de Dios.

2. Penetra más profundamente en ella con juicio certero: con la acción del Espíritu se comprende cada vez más el misterio revelado. Esto supone un progreso en la comprensión, en el entendimiento, que no es lo mismo que dejar algunas cuestión es de lado porque “están pasadas de moda” o son “retrógradas”. Por el contrario: decimos hoy (tal vez con nuevas luces) lo que siempre se dijo porque somos fieles (ayer, hoy y siempre) a la Palabra de Dios hecha carne.

3. Darle más plena aplicación en la vida, guiado en todo por el sagrado Magisterio.

De esta manera el sentido sobrenatural de la fe no es solamente un conservar como reliquia unas rémoras del pasado sino el hacerlo presente y vivo hoy en la profesión de la fe del Pueblo de Dios.

La dimensión profética de la Iglesia supone un comunicar el depósito de la fe al mundo de hoy. Pablo VI, en la Evangelii Nuntiandi nos decía que a esta misión la teníamos que hacer con un espíritu concreto, el de ser servidores de la verdad:

El Evangelio que nos ha sido encomendado es también palabra de verdad. Una verdad que hace libres y que es la única que procura la paz del corazón; esto es lo que la gente va buscando cuando le anunciamos la Buena Nueva. La verdad acerca de Dios, la verdad acerca del hombre y de su misterioso destino, la verdad acerca del mundo. Verdad difícil que buscamos en la Palabra de Dios y de la cual nosotros no somos, lo repetimos una vez más, ni los dueños, ni los árbitros, sino los depositarios, los herederos, los servidores.

De todo evangelizador se espera que posea el culto a la verdad, puesto que la verdad que él profundiza y comunica no es otra que la verdad revelada y, por tanto, más que ninguna otra, forma parte de la verdad primera que es el mismo Dios. El predicador del Evangelio será aquel que, aun a costa de renuncias y sacrificios, busca siempre la verdad que debe transmitir a los demás. No vende ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, de causar asombro, ni por originalidad o deseo de aparentar. No rechaza nunca la verdad. No obscurece la verdad revelada por pereza de buscarla, por comodidad, por miedo. No deja de estudiarla. La sirve generosamente sin avasallarla. (78)

Así el sentido sobrenatural de la fe se convierte en un tesoro que poseemos y que debemos custodiar: no tanto con nuestras fuerzas sino, sobre todo, con la docilidad a la acción del Espíritu Santo.

Sobre todo esto hablaremos hoy en nuestro programa de radio Concilium (FM Corazón, 104.1 de Paraná). Bienvenidos todos los aportes y sugerencias.

1 Comentario

  1. esta magnífica catequesis. elaborada en un lenguaje sencillo y perfectamente comprensible, debería ser conocida por muchas personas que, lamentablemente, discuten y proponen sin tener un conocimiento un poco más profundo y olvidando que nuestra fé católica tiene 2000 años de enseñanza. sin querer, a veces, hay intercambio de opiniones con personas de otros credos, o simplemente, que no tienen fe y, sin argumentos, no se puede debatir. los católicos deberíamos recibir permanentemente catequesis, por personas bien preparadas, porque a veces, no se retienen ni las homilías que es el único contacto (de los que asisten a misa) de la palabra de dios. otras personas se dicen católicas porque recibieron el bautismo, pero, allí se quedaron. sería bueno que nuestra iglesia, impulsara, la promulgación de la palabra de dios, como se hace en la renovación carismática, en grupos de oración donde se lee y se explica la palabra. es lamentable que el pueblo de dios, se pierda tanta riqueza

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