Los religiosos como signos de la santidad en la Iglesia

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¿Cuál es el puesto de la vida consagrada dentro de la Iglesia? Hasta ahora, siguiendo con la reflexión de la Constitución Dogmática Lumen Gentium, hemos meditado sobre la Iglesia desde el Misterio (1) de la fe como Pueblo de Dios (2).

Religiosas de clausura

En ese contexto hablamos de la jerarquía (3) y de los laicos (4). Aparentemente se olvidaron los Padres Conciliares de ese sector eclesial tan importante. Pues no.

El capítulo 5 nos recuerda que todos los fieles cristianos tenemos una vocación: a la santidad. En el capítulo siguiente (6) nos presenta a los religiosos en el puesto que le corresponde dentro del Pueblo de Dios:

“Este estado, si se atiende a la constitución divina y jerárquica de la Iglesia, no es intermedio entre el de los clérigos y el de los laicos, sino que de uno y otro algunos cristianos son llamados por Dios para poseer un don particular en la vida de la Iglesia y para que contribuyan a la misión salvífica de ésta, cada uno según su modo” (43)

La característica de este “estado de vida” es un “don particular”: el llamado divino a vivir más intensamente los consejos evangélicos a los cuales todos estamos exhortados a practicar:

“Así, pues, la profesión de los consejos evangélicos aparece como un símbolo que puede y debe atraer eficazmente a todos los miembros de la Iglesia a cumplir sin desfallecimiento los deberes de la vida cristiana. Y como el Pueblo de Dios no tiene aquí ciudad permanente, sino que busca la futura, el estado religioso, por librar mejor a sus seguidores de las preocupaciones terrenas, cumple también mejor, sea la función de manifestar ante todos los fieles que los bienes celestiales se hallan ya presentes en este mundo, sea la de testimoniar la vida nueva y eterna conquistada por la redención de Cristo, sea la de prefigurar la futura resurrección y la gloria del reino celestial. El mismo estado imita más de cerca y representa perennemente en la Iglesia el género de vida que el Hijo de Dios tomó cuando vino a este mundo para cumplir la voluntad del Padre, y que propuso a los discípulos que le seguían. Finalmente, proclama de modo especial la elevación del reino de Dios sobre todo lo terreno y sus exigencias supremas; muestra también ante todos los hombres la soberana grandeza del poder de Cristo glorioso y la potencia infinita del Espíritu Santo, que obra maravillas en la Iglesia.

Por consiguiente, el estado constituido por la profesión de los consejos evangélicos, aunque no pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia, pertenece, sin embargo de manera indiscutible, a su vida y santidad.”(44)

Más adelante recuerda que la Iglesia eleva la profesión religiosa a un estado canónico y como un estado consagrado a Dios:

“La Iglesia no sólo eleva mediante su sanción la profesión religiosa a la dignidad de estado canónico, sino que, además, con su acción litúrgica, la presenta como un estado consagrado a Dios. Ya que la Iglesia misma, con la autoridad que Dios le confió, recibe los votos de quienes la profesan, les alcanza de Dios, mediante su oración pública, los auxilios y la gracia, los encomienda a Dios y les imparte la bendición espiritual, asociando su oblación al sacrificio eucarístico.”(45)

Esta consagración a Dios hace de quienes la realizan un signo claro de la primacía de Dios en la vida de todos los hombres:

“Los religiosos cuiden con atenta solicitud de que, por su medio, la Iglesia muestre de hecho mejor cada día ante fieles e infieles a Cristo, ya entregado a la contemplación en el monte, ya anunciando el reino de Dios a las multitudes, o curando a los enfermos y pacientes y convirtiendo a los pecadores al buen camino, o bendiciendo a los niños y haciendo bien a todos, siempre, sin embargo, obediente a la voluntad del Padre que lo envió.

Tengan todos bien entendido que la profesión de los consejos evangélicos, aunque implica la renuncia de bienes que indudablemente han de ser estimados en mucho, no es, sin embargo, un impedimento para el verdadero desarrollo de la persona humana, antes por su propia naturaleza lo favorece en gran medida. Porque los consejos, abrazados voluntariamente según la personal vocación de cada uno, contribuyen no poco a la purificación del corazón y a la libertad espiritual, estimulan continuamente el fervor de la caridad y, sobre todo, como demuestra el ejemplo de tantos santos fundadores, son capaces de asemejar más al cristiano con el género de vida virginal y pobre que- Cristo Señor escogió para si y que abrazó su Madre, la Virgen. Y nadie piense que los religiosos, por su consagración, se hacen extraños a los hombres o inútiles para la sociedad terrena. Porque, si bien en algunos casos no sirven directamente a sus contemporáneos, los tienen, sin embargo, presentes de manera más íntima en las entrañas de Cristo y cooperan espiritualmente con ellos, para que la edificación de la ciudad terrena se funde siempre en el Señor y se ordene a Él, no sea que trabajen en vano quienes la edifican.”(46)

A esto lo explicaba muy lindo Juan Pablo II en una catequesis sobre la vida religiosa:

“Los consejos evangélicos tienen, por consiguiente, un significado escatológico y, en particular, el celibato consagrado anuncia la vida del más allá y la unión con Cristo Esposo; la pobreza proporciona un tesoro en el cielo; el compromiso de la obediencia abre el camino a la posesión de la perfecta libertad de los hijos de Dios en la conformidad con la voluntad del Padre celestial.

Así pues, los consagrados son signos y testigos de una anticipación de vida celestial en la vida terrena, que no puede hallar en sí misma su perfección, sino que debe orientarse cada vez más a la vida eterna: un futuro ya presente, en germen, en la gracia generadora de esperanza.”

Por esto es muy “severa” la exhortación final de este capítulo:

“Todo el que ha sido llamado a la profesión de los consejos esmérese por perseverar y aventajarse en la vocación a la que fue llamado por Dios, para una más abundante santidad de la Iglesia y para mayor gloria de la Trinidad, una e indivisible, que en Cristo y por Cristo es la fuente y origen de toda santidad.”(47)

De manera particular, doy gracias a Dios por la vida consagrada. Su testimonio de entrega evangélica y la oración de intercesión que realizan han mantenido alta la luz de mi caminar eclesial. Por supuesto que, ustedes y yo, seguramente tenemos algunos ejemplos de malos testimonios. Pero que eso no opaque todo lo que, en el silencio de la entrega cotidiana, miles y miles de consagrados realizan por amor a Dios en el servicio a la humanidad. Como homenaje a todos esos testigos silenciosos los invito a que visiten estos blogs. El primero es de una hermana que cuenta sus “aventuras pastorales” en el Chad, África. El segundo es del Hermano Claudio que realiza sus tareas pastorales en la vecina ciudad de Santa Fe (Argentina). Visítenlos y déjenle algún comentario, que eso también ayuda a perseverar.

Sobre todo esto hablaremos este miércoles en nuestro programa de radio Concilium (a las 22.00 hs por FM Corazón, 104.1 de Paraná). Bienvenidos todos los aportes y sugerencias que dejen aquí o en mi página del Facebook.

1 Comentario

  1. Querido Padre: aprovecho a invitarlos por este medio a visitar el sitio oficial

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