Hace unos años pasé unos días de invierno en el Monasterio Nuestra Señora del Paraná. Los días estaban grises. Las nubes invernales cubrían todo el cielo y hacían resaltar los colores verdinegros de la naturaleza. Frente a mi ventana los nogales estaban despojados de sus hojas. El pasto con unos manchones verdes, pero es el amarillento el color predominante. Al fondo el follaje de los árboles perennes completa el cuadro. Un hermoso silencio, roto por el canto ocasional de algunas calandrias y loros, coronaban esosl momento. A unos treinta metros, tres lechuzas en su nido que me miraban mirarlas por la ventana.

Eran días «preciosos» para leer a Job. La Palabra de Dios, en la naturaleza creada y en la Sagrada Escritura, me salían al encuentro. Así que me sumergí, meditando y subrayando algunos textos que se los quiero compartir para darle sentido al dolor desde la fe. No tiene otras pretensiones este escrito que resumirles lo que allí dice… lo cual no es poco.

El libro de Job es un texto poético sapiencial. Este es un dato no menor para quienes se acercan a su lectura por primera vez. Consta de un primer relato, más antiguo, que abre y cierra el texto. En el medio, Job tiene unos diálogos con distintos personajes. Es una especie de parábola (para explicar con un estilo redaccional que conocemos más) sobre el sufrimiento del inocente. Sí, del inocente o del justo. Todos sabemos que el malvado que sufre a causa de su maldad lo tiene bien merecido. Pero… ¿Por qué Dios permite que el bueno sufra sin haber hecho nada para merecer esa situación?

El comienzo de las palabras de Job descoloca a quien piensa que el hombre tiene una sumisión pasiva frente al Señor. Es una rebelión frente a la vida, a la «suerte» que nos ha tocado:

Después de esto, Job rompió el silencio y maldijo el día de su nacimiento.
Tomó la palabra y exclamó: ¡Desaparezca el día en que nací y la noche que dijo: «Ha sido engendrado un varón»!
¡Que aquel día se convierta en tinieblas! Que Dios se despreocupe de él desde lo alto y no brille sobre él ni un rayo de luz. Que lo reclamen para sí las tinieblas y las sombras, que un nubarrón se cierna sobre él y lo aterrorice un eclipse de sol.
¡Sí, que una densa oscuridad se apodere de él y no se lo añada a los días del año ni se lo incluya en el cómputo de los meses! ¡Que aquella noche sea estéril y no entre en ella ningún grito de alegría!
Que la maldigan los que maldicen los días, los expertos en excitar a Leviatán.
Que se oscurezcan las estrellas de su aurora; que espere en vano la luz y nos vea los destellos del alba.
Porque no me cerró las puertas del seno materno ni ocultó a mis ojos tanta miseria. ¿Por qué no me morí al nacer? ¿Por qué no expiré al salir del vientre materno? ¿Por qué me recibieron dos rodillas y dos pechos me dieron de mamar?
Ahora yacería tranquilo estaría dormido y así descansaría, junto con los reyes y consejeros de la tierra que se hicieron construir mausoleos, o con los príncipes que poseían oro y llenaron de plata sus moradas.
O no existiría, como un aborto enterrado, como los niños que nunca vieron la luz.
Allí, los malvados dejan de agitarse, allí descansan los que están extenuados. También los prisioneros están en paz, no tienen que oír los gritos del carcelero. Pequeños y grandes son allí una misma cosa, y el esclavo está liberado de su dueño.
¿Para qué dar a luz a un desdichado y la vida a los que están llenos de amargura, a los que ansían en vano la muerte y la buscan más que a un tesoro, a los que se alegrarían de llegar a la tumba y se llenarían de júbilo al encontrar un sepulcro, al hombre que se le cierra el camino y al que Dios cerca por todas partes?
Los gemidos se han convertido en mi pan y mis lamentos se derramen como agua. Porque me sucedió lo que más temía y me sobrevino algo terrible.
¡No tengo calma, ni tranquilidad, ni sosiego, sólo una constante agitación! (3,1-26)

Algo parecido plantea el profeta Jeremías:

¡Qué desgracia, madre mía, que me hayas dado a luz, a mí, un hombre discutido y controvertido por todo el país! Yo no di ni recibí nada prestado, pero todos me maldicen.
Cuando se presentaban tus palabras, yo las devoraba, tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón, porque yo soy llamado con tu Nombre, Señor, Dios de los ejércitos.
Yo no me senté a disfrutar en la reunión de los que se divierten; forzado por tu mano, me mantuve apartado, porque tú me habías llenado de indignación.
¿Por qué es incesante mi dolor, por qué mi llaga es incurable, se resiste a sanar? ¿Serás para mí como un arroyo engañoso, de aguas inconstantes? (Jer 15,10.16-18)

Tanto el profeta como Job sufren de verdad. Ambos son inocentes y tratan de vivir según la Palabra de Dios. ¿Entonces? Si Dios es un Padre amoroso… ¿Por qué permite el dolor en quienes han puesto su confianza en Él?

La respuesta tradicional al sentido del sufrimiento

Al lecho sufriente de Job se acercan tres amigos. Entablan un profundo dialogo en el cual, los tres, procuran convencer a Job de que la causa de sus dolores es el mal que él ha cometido. Los argumentos surgen uno tras otro, veamos algunas de las citas.

Primero le dicen que los inocentes no sufren:

¿Se atrevería alguien a hablarte, estando tú tan deprimido? Pero ¿quién puede contener sus palabras? Tú has aleccionado a mucha gente y has fortalecido las manos debilitadas; tus palabras sostuvieron al que tropezaba y has robustecido las rodillas vacilantes. Pero ahora te llega el turno, y te deprimes, te ha tocado a ti, y estás desconcertado. ¿Acaso tu piedad no te infunde confianza y tu vida íntegra no te da esperanza? Recuerda esto: ¿quién pereció siendo inocente o dónde fueron exterminados los hombres rectos? Por lo que he visto, los que cultivan la maldad y siembran la miseria, cosechan eso mismo: ellos perecen bajo el aliento de Dios, desaparecen al soplo de su ira. (4,2-9)

Luego, que se fije en el pecado de su familia:

¿Hasta cuándo hablarás de esta manera y tus palabras serán un viento impetuoso? ¿Acaso Dios distorsiona el derecho y el Todopoderoso tergiversa la justicia? Si tus hijos pecaron contra él, él los dejó librados a sus propios delitos. En cambio, si tú recurres a Dios e imploras al Todopoderoso, si te mantienes puro y recto, seguramente, él pronto velará por ti y restablecerá tu morada de hombre justo. Tus comienzos habrán sido poca cosa, frente a la grandeza de tu porvenir. (8,2-7)

Es Dios el que le está pidiendo cuentas de sus faltas:

Tú has dicho: «Mi doctrina es pura y estoy limpio ante tus ojos». En cambio, si Dios hablara y abriera sus labios contra ti; si te revelara los secretos de la sabiduría, tan sutiles para el entendimiento, sabrías que Dios olvida una parte de tu culpa.
¿Puedes tú escrutar las profundidades de Dios o vislumbrar la perfección del Todopoderoso? Ella es más alta que el cielo: ¿qué puedes hacer tú? Es mas honda que el Abismo: ¿qué puedes entender? Por su extensión, es más larga que la tierra y más ancha que el mar. Si Dios pasa y aprisiona, y si convoca a juicio, ¿quién se lo impedirá? El conoce a los hombres falsos, ve la maldad ¿y no la sabrá discernir? Pero un necio asentará cabeza cuando se domestique un asno salvaje de la estepa.
En cuanto a ti, si enderezas tu corazón y extiendes tus manos hacia Dios, si alejas la maldad que hay en tus manos y no dejas que la injusticia habite en tu carpa, entonces sí erguirás tu frente inmaculada, estarás firme y nada temerás.
Así te olvidarás de las penas, las recordarás como una correntada pasajera. La vida se alzará más radiante que el mediodía, la oscuridad será como una alborada. Estarás seguro, porque habrá una esperanza; observarás a tu alrededor, y te acostarás tranquilo. Descansarás sin que nadie te perturbe y muchos tratarán de ganarse tu favor. Pero los ojos de los malvados se consumen, les falta todo refugio y el último suspiro será su única esperanza. (11,4-20)

Y todo terminará cuando se reconcilie con el Señor:

Llega a un acuerdo con Dios, reconcíliate, y así alcanzarás la felicidad. Recibe la instrucción de sus labios y guarda sus palabras en tu corazón.
Si vuelves al Todopoderoso con humildad y alejas de tu carpa la injusticia; si arrojas el oro en el polvo y el oro de Ofir entre las piedras del torrente, entonces el Todopoderoso será tu oro, él será un montón de plata para ti.
En el Todopoderoso estará tu deleite y levantarás tu rostro hacia Dios. Tú le suplicarás y él te escuchará, y podrás cumplir tus votos. Si te propones algo, te saldrá bien, y sobre tus senderos brillará la luz.
Porque él humilla la altivez del soberbio pero salva al que baja los ojos. El libra al hombre inocente, y tú te librarás por la pureza de tus manos. (22,21-30)

Todo esto es cierto en algún modo… pero… ¿será suficiente para hacer descubrir a Job el origen de su sufrimiento?

Justo aplastado por el peso de la vida

La búsqueda de respuesta creyente al dolor

Los argumentos de sus amigos no son desconocidos para Job:

Ya escuché muchos discursos semejantes ¡tristes consoladores son todos ustedes! ¿Terminarán de una vez las palabras en el aire? ¿Qué es lo que te incita a replicar así? También yo hablaría como ustedes, si ustedes estuvieran en mi lugar. Los ensordecería con palabras y les haría gestos de conmiseración. Los reconfortaría con mi boca y mis labios no dejarían de moverse. (16,2-5)

La novedad es que Job pasa del argumento conocido al argumento existencial: es la vida la que contradice lo que se ha sostenido hasta el momento. Sobreviene entonces la crisis, que cuestiona lo recibido, no para renegar de ello sino para profundizar en sus razones.

Job es para nosotros el ejemplo del creyente que no entiende, que no comprende, pero sigue buscando bajo la luz de la fe. Cuestionar no es dudar. Cuestionar es profundizar el dato revelado para que se haga existencialmente iluminador.

Cuántos de nosotros, frente a los «problemas de la fe», evitamos profundizar en las raíces. «No digas eso, no pienses en esas cosas… » «¿Por qué?» «¡Porque vas a perder la fe!!»

¿Les suena conocido este diálogo anterior. Lo contrario es nuestro personaje. Job tiene una fe que no entiende y busca comprender. Y eso implica plantear sinceramente los problemas.

Lo primero que hace es declarar su propia inocencia. Si el sufrimiento es solo consecuencia del pecado, entonces Dios se ha equivocado con él. Afirma muchas veces su justicia, leamos la apología que hace en el capítulo 31:

Yo establecí un pacto con mis ojos para no fijar la mirada en ninguna joven.
Porque ¿cuál es la porción que Dios asigna desde lo alto y la herencia que el Todopoderoso distribuye desde el cielo? ¿No es la ruina para el injusto y el desastre para los que hacen el mal? ¿Acaso él no ve mis caminos y cuenta todos mis pasos?
Si caminé al lado de la mentira y mis pies corrieron hacia el engaño, ¡que Dios me pese en una balanza justa y reconocerá mi integridad!
Si mi paso se desvió del camino y mi corazón fue detrás de lo que veían mis ojos; si alguna mancha se adhirió a mis manos, ¡que otro coma lo que yo siembro y mis retoños sean arrancados de raíz!
Si me dejé seducir por alguna mujer o aceché a la puerta de mi vecino, ¡que mi mujer muela el grano para otro y que otros abusen de ella!
Porque eso sí que es una infamia, un delito reprobado por los jueces; es un fuego que devora hasta la Perdición y exterminará de raíz todas mis cosechas.
Si desestimé el derecho de mi esclavo o el de mi servidora, cuando litigaban conmigo, ¿qué haré cuando Dios se levante, qué le replicaré cuando me pida cuenta?
El que me hizo a mí, ¿no lo hizo también a él? ¿No es uno mismo el que nos formó en el seno materno?
Si rehusé a los pobres lo que ellos deseaban y dejé desfallecer los ojos de la viuda; si comí yo solo mi pedazo de pan, sin que el huérfano lo compartiera -yo, que desde mi juventud lo crié como un padre y lo guié desde el vientre de mi madre- si vi a un miserable sin ropa o a un indigente sin nada para cubrirse, y no me bendijeron en lo íntimo de su ser por haberse calentado con el vellón de mis corderos; si alcé mi mano contra un huérfano, porque yo contaba con una ayuda en la Puerta, ¡que mi espada se desprenda del cuello y mi brazo sea arrancado de su juntura! Porque el terror de Dios me acarrearía la ruina y no podría resistir ante su majestad.
Si deposité mi confianza en el oro y dije al oro fino: «Tú eres mi seguridad»; si me alegré de tener muchas riquezas y de haber adquirido una enorme fortuna; si a la vista del sol resplandeciente y de la luna que pasaba radiante, mi corazón se dejó seducir en secreto y le envié besos con la mano: ¡también eso sería un delito reprobado por los jueces, porque yo habría renegado del Dios de lo alto!
¿Acaso me alegré del infortunio de mi enemigo y me regocijé cuando le tocó una desgracia? No, no dejé que mi boca pecara, pidiendo su muerte con una imprecación.
¿No decían los hombres de mi carpa: «¿Hay alguien que no se sació con su carne?». Ningún extranjero pasaba la noche afuera, y yo abría mi puerta al caminante.
Si oculté mis transgresiones como un hombre cualquiera, escondiendo mi culpa en mi pecho, porque temía el murmullo de la gente o me asustaba el desprecio de mis parientes, y me quedaba en silencio, sin salir a la puerta…
¡Ah, si alguien quisiera escucharme! Aquí está mi firma: ¡que el Todopoderosos me responda! En cuanto al documento que escriba mi oponente, yo lo llevaré sobre mis espaldas, y me lo ceñiré como una corona.
Sí, le manifestaré cada uno de mis pasos; como un príncipe, me acercaré hasta él.
Si mi tierra gritó venganza contra mí y también sus surcos derramaron lágrimas; si comí sus frutos sin pagar y extorsioné a sus propietarios, ¡que en lugar de trigo salgan espinas, y en vez de cebada, ortigas punzantes! (31,1-40)

Si esta es la verdad de la vida de Job, el argumento de que el sufrimiento sólo es un castigo de Dios al malvado se cae por sí mismo.

El problema de la prosperidad del malvado

Desde su inocencia de vida, Job cuestiona la buena suerte que tiene el malvado. Sabe que esto no es fácil de plantear a quienes sólo tienen el argumento de que el bueno es el único bendecido que prospera:

Uno se convierte en burla del vecino cuando clama a Dios en busca de respuestas. Se ríen de quien es justo e íntegro. (12,4)

Pero, endureciendo el rostro frente a los desprecios y burlas, plantea la cuestión:

¿Cómo es posible que vivan los malvados, y que aun siendo viejos, se acreciente su fuerza?
Su descendencia se afianza ante ellos, sus vástagos crecen delante de sus ojos. Sus casas están en paz, libres de temor, y no los alcanza la vara de Dios. Su toro fecunda sin fallar nunca, su vaca tiene cría sin abortar jamás.
Hacen correr a sus niños como ovejas, sus hijos pequeños saltan de alegría. Entonan canciones con el tambor y la cítara y se divierten al son de la flauta. Acaban felizmente sus días y descienden en paz al Abismo.
Y ellos decían a Dios: «¡Apártate de nosotros, no nos importa conocer tus caminos! ¿Qué es el Todopoderoso para que lo sirvamos y qué ganamos con suplicarle?».
¿No tienen la felicidad en sus manos? ¿No está lejos de Dios el designio de los malvados?
¿Cuántas veces se extingue su lámpara y la ruina se abate sobre ellos? ¿Cuántas veces en su ira él les da su merecido, y ellos son como paja delante del viento, como rastrojo que se lleva el huracán?
¿Reservará Dios el castigo para sus hijos? ¡Que lo castigue a él, que él lo sienta! ¡Que sus propios ojos vean su fracaso, que beba el furor del Todopoderoso!
¿Qué le importará de su casa después de él, cuando se haya cortado el número de sus meses?
Pero ¿puede enseñarse la sabiduría a Dios, a él, que juzga a los seres más elevados?
Uno muere en la plenitud de su vigor, enteramente feliz y tranquilo, con sus caderas repletas de grasa y la médula de sus huesos bien jugosa.
Otro muere con el alma amargada, sin haber gustado la felicidad.
Después, uno y otro yacen juntos en el polvo y los recubren los gusanos.
¡Sí, yo sé lo que ustedes piensan, los razonamientos que alegan contra mí!
«¿Dónde está, dicen ustedes, la casa del potentado y la carpa en que habitaban los malvados?».
Pero ¿no han preguntado a los que pasan por el camino? ¿No han advertido, por las señales que dan, que el impío es preservado en el día de la ruina y es puesto a salvo en el día del furor? ¿Quién le devuelve el mal que hizo? Es llevado al cementerio, y una lápida monta guardia sobre él. Son dulces para él los terrones del valle; todo el mundo desfila detrás de él, y ante él, una multitud innumerable.
¡Qué inútil es el consuelo que me ofrecen! Sus respuestas son puras falacias. (21,7-34)

He aquí el centro del drama de Job: yo soy inocente y estoy sufriendo y los malvados, en cambio, gozan de la vida. ¿Por qué permite Dios esto?

Una luz de esperanza para el dolor

Job no es alguien que reniega de Dios. Simplemente no entiende y busca comprender. El confía que frente al Señor no será condenado:

Aún ahora, mi testigo está en el cielo y mi garante, en las alturas. Mis amigos se burlan de mí, mientras mis ojos derraman lágrimas ante Dios. ¡Que él sea árbitro entre un hombre y Dios, como entre un hombre y su prójimo! Porque mis años están contados y voy a emprender el camino sin retorno. (16,19-22)

Es más, el desea encontrarse con Dios para resolver sus dudas:

También hoy, mi queja es un desafío, mientras gimo bajo el peso de su mano.
¡Ah, si supiera cómo encontrarlo, si pudiera llegar hasta su tribunal! Yo expondría mi causa ante él y llenaría mi boca de recriminaciones. Sabría entonces cuál sería su respuesta, y estaría atento a lo que él me dijera.
¿Le haría falta mucha fuerza para disputar conmigo? No, sólo bastaría que me prestara atención. Allí, un hombre recto discutiría con él, y yo haría triunfar mi derecho para siempre.
Pero voy hacia adelante, y él no está, hacia atrás, y no lo percibo: lo busco a la izquierda, y no lo diviso, vuelvo a la derecha, y no los veo.
Sin embargo, él sabe en qué camino estoy: si me prueba en mi crisol, saldré puro como el oro.
Mis pies han seguido sus pasos, me mantuve en su camino y no me desvié. No me aparté del mandamiento de sus labios, guardé en mi pecho las palabras de su boca.
Pero él ya decidió: ¿quién lo hará volver atrás? Lo que él desea, lo hace. El va a ejecutar mi sentencia, y hay en él muchos designios semejantes.
Por eso, le tengo temor, reflexiono, y tiemblo ante él. Dios me ha quitado el ánimo, el Todopoderoso me ha llenado de espanto: porque no son las tinieblas las que me aniquilan ni tampoco la oscuridad que cubre mi rostro. (23,2-17)

Y una última esperanza anida en su corazón:

Porque yo sé que mi Redentor vive y que él, el último, se alzará sobre el polvo. Y después que me arranquen esta piel, yo, con mi propia carne, veré a Dios. Sí, yo mismo lo veré, lo contemplarán mis ojos, no los de un extraño. ¡Mi corazón se deshace en mi pecho! (19,25-27)

Un texto que nosotros entendemos muy bien desde la Resurrección de Jesucristo. Porque ahí está la clave de todo dolor y sufrimiento… en el sufrimiento del justo crucificado. Pero sigamos todavía con Job.

El justo sufriente

La respuesta brota desde el misterio de Dios

Frente a todos estos cuestionamientos, surge la Palabra de Dios.

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El Señor respondió a Job desde la tempestad, diciendo: ¿Quién es ese que oscurece mi designio con palabras desprovistas de sentido? ¡Ajústate el cinturón como un guerrero: yo te preguntaré, y tú me instruirás! ¿Dónde estabas cuando yo fundaba la tierra? Indícalo, si eres capaz de entender. Quién fijó sus medidas? ¿Lo sabes acaso? ¿Quién tendió sobre ella la cuerda para medir? (38,1-5)

Y así los capítulos 38 al 41 son un interrogatorio de este estilo. En definitiva, Dios es más grande que nuestro entendimiento. Su poder y sus planes mucho más amplios que nuestra inteligencia.

Los argumentos de sus amigos quedan desestimados. Job comprende que el sufrimiento del justo no es por un castigo, pero sus motivos quedan en el misterioso designio de Dios que lo permite.

Yo sé que tú lo puedes todo y que ningún proyecto es irrealizable para ti. Sí, yo hablaba sin entender, de maravillas que me sobrepasan y que ignoro. «Escucha, déjame hablar; yo te interrogaré y tú me instruirás». Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto, y me arrepiento en el polvo y la ceniza. (42,2-6)

Como ya adelantamos, todo esto tiene sentido a la luz de la cruz de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado para nuestra salvación. Citemos el Catecismo de la Iglesia Católica nos ilumina de manera muy sucinta.

Si Dios Padre Todopoderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, tiene cuidado de todas sus criaturas, ¿por qué existe el mal? A esta pregunta tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa no se puede dar una respuesta simple. El conjunto de la fe cristiana constituye la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos, con la llamada a una vida bienaventurada que las criaturas son invitadas a aceptar libremente, pero a la cual, también libremente, por un misterio terrible, pueden negarse o rechazar. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal. (309)

En pocas palabras, encontramos el sentido del dolor y el sufrimiento del justo en el misterio de Dios. De un Dios que no lo quiere e interviene misteriosamente en la historia para darnos fuerzas y esperanza. ¿Comentarios? Dejalos a continuación.

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!