Recuerdo que corría el 30 de abril del año 2011. En la parroquia organizaron una juntada como de costumbre, pero esta vez con un motivo especial. Íbamos a hacer una “vigilia”. Hacia mis adentro pensé “¿y eso qué es?” –en aquel año yo apenas tenía 13 y no tenía ni idea sobre muchísimas cuestiones de la fe– pero como era una juntada estaba decidido a ir. A fin de cuentas, Dios es bastante “tramposo” para hablarnos al corazón.

“Al volver la mirada atrás y recordar estos años de mi vida, les puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo” (San Juan Pablo II)

Resulta ser que al otro día iban a proclamar “beato” a Juan Pablo II. Algo de eso sabía, lo iban a nombrar “casi santo” al papa anterior. Y para eso íbamos a rezar y a tener una “noche heroica”. El grupo a cargo de la vigilia, liderado por unos sacerdotes muy ingeniosos, alternó tiempos de compartir y de oración para hacer la carga más llevadera.

Y en el compartir principal todo cambió para mí. Proyectaron una película “Karol, el hombre que se convirtió en papa”. Quedé fascinado, hablaba de ella todo el tiempo; a tal punto me había impactado que en la escuela me comía las gastadas de mis amigos por mi admiración con el protagonista. ¿Pero por qué es fascinación? ¿Por qué me asombraba tanto la vida de aquel papa polaco?

«Dios no es un ser indiferente o lejano, por lo que no estamos abandonados a nosotros mismos». (San Juan Pablo II)

La conclusión, en aquel tiempo fue: “El flaco las pasó todas y aún así siguió firme”. Hoy las traduzco en un par de preguntas más elegante, rebuscadas y –espero que sean– reflexivas:

¿Cómo se hace para llevar una vida normal cuando tu historia está marcada por el luto, la desgracia y la tragedia?

¿Cómo seguir adelante con la idea de que el futuro puede ser mejor?

¿Cómo mantener la esperanza cuando has experimentado en carne propia lo peor de la condición humana?

Juan Pablo II

Corría el 2011 y no tenía idea de muchísimas cosas sobre la fe cristiana, pero aún en aquel entonces comprendí lo que tal vez era más importante, Él no defrauda. Y muchos menos defrauda a quienes se confían a Él. No había nada que pudiese derrumbar a la persona que se escudaba en Dios.

La película hablaba de un universitario que en su infancia perdió a su madre y su hermano. En su juventud los nazis toman su país y asesinan a muchos de sus amigos; su padre fallece también en aquel tiempo. En ese desarraigo absoluto, solo delante el caos, descubre su vocación y le otorga su SI al Señor.

Cuando los nazis se van, los comunistas –igual de compasivos que sus predecesores– lo persiguen y continúan con la propagación del odio en su patria. Y en una de esas cosas de la vida, el tipo resulta ser elegido Papa… ¡Y qué Papa!

Cómo estudiante de psicología, algo he aprendido en este tiempo y aún así sigo asombrado. Porque es cierto que las personas nacen con capacidad para afrontar el dolor, en mayor o en menor medida. Y es igual de cierto que este dolor puede usarse para hacer grandes obras. Estas teoría de orden natural quedan chicas, y así como en aquellos días hoy en el 2020 (con algo más de formación encima pero sin la sencillez de aquellos tiempos) me sigo asombrando por las cosas que esta ciencia no puede estudiar, las cosas de orden extraordinario.

«En la cruz de Cristo no solo se ha cumplido la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido».

Ahora algunos se preguntarán ¿no lo abandonó Dios? ¿Sufrir todo esto significa que lo vale con tal de ser Papa? La respuesta a ambas incógnitas es no.

En primer lugar Dios no lo abandona porque el amor que pudo profesar fue el testimonio vivo de que Él seguía ahí, aún cuando la filosofía se voltee para menospreciar a toda la humanidad, aunque el pensamiento colectivo crea que el ser humano es un desastre y que no tiene remedio; él seguía viviendo según la ley del amor: definitivamente Dios no lo abandonó.

En segundo lugar, la compañía de Dios no se traduce en su llamado a ser el sucesor de san Pedro. La compañía de Dios se lee en su vida de esperanza, de entrega caritativa que era sustentada en la fe. El pontificado fue su misión, así lo es, pero fue una misión bendecida porque a pesar de todo el horror que le había tocado vivir, se convirtió en un peregrino de la paz alrededor de todo el mundo. (Y los argentinos presenciamos algo de eso).

«¡Hombres y mujeres del tercer milenio! Dejenme que les repita: ¡abran el corazón a Cristo crucificado y resucitado, que viene ofreciendo la paz! Donde entra Cristo resucitado, con Él entra la verdadera paz». (San Juan Pablo II)

Hoy ya celebramos a San Juan Pablo II, el Papa que supo abandonarse en las manos del Padre. El Papa que supo ser amigo de Cristo. El Papa que tomó la cruz, la abrazó, la besó y la cargó sin mirar atrás.

Ya celebramos a San Juan Pablo II, a Karol Jozef Wojtyla, el hombre que nos demostró que “volviéndonos débil, nos volvemos más fuertes”(cf. 2 Cor. 12, 10) si nos abandonamos en las manos de Aquel que nos amó primero.

A fin de cuentas, celebramos a una persona que me recuerda nueve años después de haberla empezado a conocer, que no hay herida del pasado que Él no puede transformar en gracia. Una persona que supo dejarse hacer carne aquello que ya rezaba en los orígenes de la Iglesia el apóstol San Pablo “…donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. (Rm 5, 20).

«En el corazón de Cristo encuentra paz quien está angustiado por las penas de la existencia; encuentra alivio quien se ve afligido por el sufrimiento y la enfermedad; siente alegría quien se ve oprimido por la incertidumbre y la angustia, porque el corazón de Cristo es abismo de consuelo y de amor para quien recurre a El con confianza».

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