La Iglesia es el Pueblo Sacerdotal

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El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial se complementan dentro de la pertenencia a una Iglesia que es Pueblo Sacerdotal. Los puntos 10 y 11 de la Lumen Gentium se detienen especialmente en este tema.

Por el bautismo todos comenzamos a participar de la Iglesia. Y allí recibimos la consagración con el Crisma. De lo cual nos dice el Catecismo:

 “La unción con el santo crisma, óleo perfumado y consagrado por el obispo, significa el don del Espíritu Santo al nuevo bautizado. Ha llegado a ser un cristiano, es decir, “ungido” por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es ungido sacerdote, profeta y rey.” (CIC 1241)

Tomemos debida nota de lo que hemos dicho sobre el bautismo: el que es “incorporado a Cristo” “es ungido sacerdote” (ya hablaremos de las otras dos funciones en otro momento). La LG es clara al respecto:

 Cristo Señor, Pontífice tomado de entre los hombres (cf. Hb 5,1-5), de su nuevo pueblo «hizo… un reino y sacerdotes para Dios, su Padre» (Ap 1,6; cf. 5,9-10). Los bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz (cf. 1 P 2,4-10). (LG 10)

Más adelante hace una distinción dentro del sacerdocio. Por una parte, aquel que adquirimos con el bautismo y, por el otro, aquel que se recibe a través de otro sacramento (el orden sagrado). Enseña entonces que:

 El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo. (LG 10)

La expresión “sacerdocio común de los fieles había sido abandonada por el uso de la teología católica desde hace varios siglos. Así nos lo explica la Comisión Teológica Internacional:

 El Concilio Vaticano II ha prestado una renovada atención al sacerdocio común de los fieles. La expresión «sacerdocio común» y la realidad que tal expresión designa tienen profundas raíces bíblicas (cf., por ejemplo, Éx 19,6; Is 61,6; 1 Pe 2,5-9; Rom 12,1; Ap 1,6t 5,9-10), y fueron abundantemente objeto de comentarios de Padres de la Iglesia (Orígenes, san Juan Crisóstomo, san Agustín…). Sin embargo, esta expresión casi había desaparecido de la terminología de la teología católica, por el uso antijerárquico que de ella habían hecho los Reformadores. Pero conviene recordar aquí que el Catecismo Romano aludió a ella explícitamente.

Para no ser mal interpretado desde el uso que se le da en el mundo protestante, entonces el Concilio distingue claramente entre los dos:

 El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios.

Los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, en la abnegación y caridad operante. (LG 10)

El Catecismo explica así la diferencia e interrelación entre ambos:

 Mientras el sacerdocio común de los fieles se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal (vida de fe, de esperanza y de caridad, vida según el Espíritu),

el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común, en orden al desarrollo de la gracia bautismal de todos los cristianos. Es uno de los medios por los cuales Cristo no cesa de construir y de conducir a su Iglesia. Por esto es transmitido mediante un sacramento propio, el sacramento del Orden. (CIC 1547)

Hecha la distinción, el Concilio nos ayuda a redescubrir la dimensión sacerdotal que tiene la iglesia como pueblo sacerdotal. Dimensión que nosotros debemos asumir en nuestra vivencia cotidiana:

 Los bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz (cf. 1 P 2,4-10). Por ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración y alabando juntos a Dios (cf. Hch 2,42-47), ofrézcanse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rm 12,1) y den testimonio por doquiera de Cristo, y a quienes lo pidan, den también razón de la esperanza de la vida eterna que hay en ellos (cf. 1 P 3,15). (LG 10)

De lo cual hay tres consecuencias para nuestra vida “sacerdotal”:

1. Ofrecernos a Dios nosotros mismos como hostias vivas.

2. Vivir la fe cristiana en todos los ambientes en los cuales estamos (testimonio) ya que esa es una manera de “consagrar el mundo” que nos rodea: trabajo, familia, amistades, deportes, diversión… El mundo se hace más “santo” (es decir, se llena más de Dios) en la medida de que mi testimonio de vida cumple esa función sacerdotal de interceder para que lo sobrenatural impregne todo.

3. Anunciar la esperanza de vida eterna que tenemos.

Cuando realizo los bautismos realizamos, junto con los padres y padrinos, una cruz sobre la cabeza del que recibe el sacramento. Es un signo de bienvenida a la comunidad cristiana. El Catecismo dice que:

 La señal de la cruz, al comienzo de la celebración, señala la impronta de Cristo sobre el que le va a pertenecer y significa la gracia de la redención que Cristo nos ha adquirido por su cruz. (CIC 1235)

En ese momento les suelo decir que a ase gesto lo podemos hacer de manera cotidiana como un signo de bendecir al hijo/ahijado. Entonces les digo que la bendición significa interceder la presencia de Dios en el otro. Me miran sorprendidos porque piensan que es algo que solamente los que tenemos el sacerdocio ministerial lo podemos hacer. Entonces aprovecho para catequizarles lo que viene luego del rito del agua bautismal, la consagración del Crisma: somos un pueblo sacerdotal que podemos interceder la presencia de Dios para el mundo… cuanto más para los seres cercanos y queridos.

La dimensión sacerdotal de nuestra vida se pone de manifiesto y se incrementa a través de los distintos sacramentos. Por eso el punto 11 de la Lumen Gentium los considera uno a uno:

Los fieles, incorporados a la Iglesia por el bautismo, quedan destinados por el carácter al culto de la religión cristiana, y, regenerados como hijos de Dios, están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios mediante la Iglesia.

Por el sacramento de la confirmación se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del Espíritu Santo, y con ello quedan obligados más estrictamente a difundir y defender la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra juntamente con las obras.

Participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella. Y así, sea por la oblación o sea por la sagrada comunión, todos tienen en la celebración litúrgica una parte propia, no confusamente, sino cada uno de modo distinto. Más aún, confortados con el cuerpo de Cristo en la sagrada liturgia eucarística, muestran de un modo concreto la unidad del Pueblo de Dios, significada con propiedad y maravillosamente realizada por este augustísimo sacramento.

Quienes se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a El y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron pecando, y que colabora a su conversión con la caridad, con el ejemplo y las oraciones.

Con la unción de los enfermos y la oración de los presbíteros, toda la Iglesia encomienda los enfermos al Señor paciente y glorificado, para que los alivie y los salve (cf. St 5,14-16), e incluso les exhorta a que, asociándose voluntariamente a la pasión y muerte de Cristo (cf. Rm 8,17; Col 1,24; 2 Tm 2,11-12; 1 P 4,13), contribuyan así al bien del Pueblo de Dios.

A su vez, aquellos de entre los fieles que están sellados con el orden sagrado son destinados a apacentar la Iglesia por la palabra y gracia de Dios, en nombre de Cristo.

Finalmente, los cónyuges cristianos, en virtud del sacramento del matrimonio, por el que significan y participan el misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef 5,32), se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la procreación y educación de la prole, y por eso poseen su propio don, dentro del Pueblo de Dios, en su estado y forma de vida. De este consorcio procede la familia, en la que nacen nuevos ciudadanos de la sociedad humana, quienes, por la gracia del Espíritu Santo, quedan constituidos en el bautismo hijos de Dios, que perpetuarán a través del tiempo el Pueblo de Dios. En esta especie de Iglesia doméstica los padres deben ser para sus hijos los primeros predicadores de la fe, mediante la palabra y el ejemplo, y deben fomentar la vocación propia de cada uno, pero con un cuidado especial la vocación sagrada

Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre.

Esta dimensión sagrada es la que no podemos perder de vista en nuestra vida cotidiana. Sino corremos el riesgo de “mundanizarnos” en el sentido de despojarnos lo mejor que tenemos, el tesoro escondido: la presencia de Dios en nosotros.

Sobre todo esto hablaremos hoy en nuestro programa “Concilium” por FM Corazón (104.1 de Paraná).

1 Comentario

  1. Me es de gran ayuda la ampliación de esta información que no conocía y que me ayuda para explicar el tema ¿Quien es forman el Pueblo Sacerdotal?

  2. Muy importante la explicación para ampliar el tema y compartirlo

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