Señores Mandatarios nacionales, provinciales y municipales:

Con mi debido respeto, me dirijo a quienes han recibido el mandato del pueblo para conducir los destinos de la nación procurando el bien común de la misma. Lo hago en mi condición de ciudadano. Pero también en mi condición de clérigo. Lo hago como hijo y, a su vez, como responsable de la cura animarum de una comunidad parroquial.

En la madrugada del domingo 16, falleció mi madre. Como agradecimiento a la cercanía espiritual y afectiva de tanta gente, he escrito en el muro de Facebook de mi parroquia: “Acepto serenamente la voluntad de Dios y el camino de la vida. Rechazo, en cambio, firmemente, las circunstancias, fruto de decisiones humanas, que como mínimo implican una mirada parcial e inhumana frente al dolor  concomitante a la pérdida de un ser querido. No es sólo una experiencia personal sino pastoral, vivida en carne propia, como hijo y como párroco”. 

Considero que la pandemia ha manifestado lo mejor y lo peor de nuestra nación, sea como personas sea como sociedad. Agradezco el testimonio de aquellos que han puesto lo mejor de sí mismos.

Pero, Señores Mandatarios, permítanme expresarles mi disconformidad –como mínimo- en relación a ciertas disposiciones vigentes y contrastantes. Sólo hago referencia a las decisiones gubernamentales, que implican una mirada indiferente y fría, parcial e inhumana frente al sufrimiento ante la pérdida de un ser querido.

La experiencia vivida con ocasión de la muerte de mi madre ha traído a mi memoria otras experiencias pastorales recientes –inhumanas- vividas como parte de mi servicio pastoral. Hasta el domingo pasado era cercanía empática; desde ese entonces experiencia personal y familiar vivida en primera persona. Hablo,  pido, reclamo… No quisiera que esto continuara así…

Un ateo podría no entender  la existencia de Dios y el mundo espiritual pero lo que nadie puede desconocer  es que la persona humana es una realidad bio-psíquica y social, es decir un ser relacional que piensa, siente, ama, goza y sufre y, en consecuencia, los acontecimientos lo afectan. Esto es evidente y “contra facta non sunt” dice el adagio latino.

Señores: el domingo 16 de agosto, tras el fallecimiento de mi madre (fallecida no por Covid 19 sino por Bradicardia, motivo por el cual se la internó en terapia intensiva el día anterior),  la sepultamos en tierra en un cementerio rural, haciendo “un acto de fe” acerca de que en ese ataúd estuvieran los restos mortales de mi madre.

Con el certificado de defunción otorgado por una médica, cuya humanidad es digna de destacar, y luego de un episodio traumático vivido en el sanatorio (motivado por un agente sanitario) fuimos a una empresa fúnebre, donde se nos informó que no había velorio.

Pedí llevar el ataúd cerrado al Pro-Santuario de Jesús Misericordioso y garantizar que sólo la familia (10 personas) pudiéramos estar con la iglesia cerrada (es un lugar amplio y hay suficiente espacio en el predio). La respuesta fue: es imposible porque las disposiciones lo impiden. Entregamos un cadáver como un “objeto”.

Entierro de una madre

Lo demás ya está dicho antes. Perdón, aún no está dicho el “destrozo anímico” que generó (especialmente en las nietas y bisnietos) no por la muerte (dolorosa en sí misma) sino fruto de estas circunstancias que dependen de decisiones “políticas”.

Antes hablé de decisiones contrastantes. Ese mismo día –al atardecer- pasamos por un conocido bar de la ciudad donde se tomaba y se comía alegremente. Lo hacían jóvenes de la misma edad que mis sobrinos nietos (una de ellos estudiante de medicina). ¿Por qué para algunos sí y para otros no? ¿No les parece demasiado frívolo  e inhumano que los más cercanos no puedan estar unos minutos cerca del ataúd del familiar fallecido? ¡Con las condiciones pre-establecidas que todos conocemos!!!

El episodio del bar es sólo un ejemplo de gran cantidad de hechos que vemos a diario. “Las alegrías compartidas se agrandan y las penas compartidas se achican” (Menapace). Me alegro de la alegría de esos jóvenes. Me duele la pena de los míos (y de tantas otras situaciones) que en vez de “achicarse” se hace más honda y “sangrante”.

Sres. Mandatarios: hoy se pretende una sociedad “inclusiva”; se habla mucho de la no-discriminación, de los derechos humanos, etc. Me pregunto: ¿este modo de proceder tiene suficiente marco jurídico? Si lo tuviera: ¿expresa un auténtico humanismo o solamente la letra de la ley y la aplicación monolítica de la misma sin capacidad de un discernimiento situacional concreto? Como dice un artículo publicado en Italia: “più domande che risposte”. A la brevedad, me informaré con los profesionales del Derecho acerca del particular.

Una cosa puedo afirmar: quienes hemos vivido una experiencia como la descripta somos excluidos, discriminados y experimentamos la disminución de derechos: simplemente porque las disposiciones vigentes lo impiden.

Asimismo, hoy se puede ir a comprar y cobrar, etc, etc. Pero los afectos se reprimen; los vínculos se empobrecen; las consecuencias de las situaciones dolorosas (entre ellos la elaboración del duelo, aporte de la psicología y manifestación del sentido común) se agudizan con este proceder.

El sufrimiento del corazón humano no se resuelve con un IFE aunque éste -en su provisoriedad- pueda ser una ayuda para quienes lo necesitan pero otros requieren otras ayudas como la que he mencionado. ¿no es ésta una nueva pobreza, no fruto de la pandemia, sino de una cuestionable decisión política de corte deshumanizante?.

 Nadie ha dudado de la necesidad de una política sanitaria preventiva del equipamiento médico y de los contagios. Incluso, yo mismo lo he predicado reiteradas veces. Nadie duda de los recaudos debidos y el cuidado necesario.

Pero tampoco se duda del mal que produce en las personas dicha política si no tiene como supuesto una visión integral de la persona humana, que no es “estómago y bolsillo” solamente sino que tiene otros aspectos que requieren inclusión: para decirlo con una palabra holística: el “corazón” (como he indicado). Esto he querido expresar con el título de esta reflexión.

Finalmente, sueño con una nación libre, “cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común”. Me temo el surgimiento de nuevas expresiones dictatoriales mediante una política de miedo que favorezca el sometimiento de las personas y la masificación de las mismas. ¿Será cierto lo que se afirma acerca de las tendencias filo-marxistas no sólo en Argentina sino en el mundo? ¿Será cierto lo que algunos intuyen acerca del neo-cesaropapismo o josefinismo estatal in crescendo en nuestra sociedad?

No soy macrista ni kirchnerista. Sencillamente hablo como ciudadano libre y clérigo que pide a Dios mantener la parresía interior para expresar respetuosamente su parecer en una sociedad republicana, donde no caben expresiones de despotismos o actitudes semejantes. Pero, ya habrá oportunidad de explayarme sobre esto. No son pocos los que piensan esto aunque a veces no se animan a hablar o no saben cómo hacerlo. Digo esto pensando en “rostros concretos”.

Señores Lectores: les agradezco la lectura de esta reflexión. Cordialmente.

Pbro. Dr. Mario Alberto Haller

Espacio de publicidad automática - No necesariamente estamos de acuerdo con el contenido
Artículo anteriorLa unción de los enfermos
Artículo siguienteLa Virgen del dorado
Sacerdote. Doctor en Teología especializado en liturgia y catequesis.