Los medios de santificación

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La santidad es la “plenitud de la vida cristiana” (LG 40) y por eso es el regalo de Dios para todos los bautizados que pueden alcanzarla desde su propio estado de vida. Pero no es una cuestión “mágica”: supone el gran don de Dios y la colaboración de los hombres para concretarla en su vida cotidiana. Este binomio, don y tarea, nunca lo debemos perder de vista.

Aula conciliar

Dios nunca va a obrar en contra de nuestra propia libertad. El ser humano se santifica desde su docilidad a la gracia que se manifiesta en las obras que, libremente, hace cada día. Por eso el Concilio termina el capítulo 5 de la Lumen Gentium hablando de los medios concretos de santificación que tenemos.

La definición de Santidad que pusimos al comienzo está incompleta. Faltaba la última parte de la cita: “y la perfección de la caridad“. Es precisamente este el marco en el cual nos situamos para hablar sobre los medios de santificación. Quitar esa referencia hace de la santidad una mera acción humano-filantrópica. La filantropía no es mala en sí: simplemente es imperfecta porque no participa plenamente de la plenitud y la perfección de obrar en Dios. Y a esto hay que plantearlo aunque suene feo a algunas mentes “políticamente correctas” que no alcanzan a descubrir la esencia del cristianismo y la maravillosa vida que viene desde allí.

El marco a los medios de santificación se expresa así:

“«Dios es caridad, y el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Y Dios difundió su caridad en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que se nos ha dado (cf. Rm 5, 5). Por consiguiente, el primero y más imprescindible don es la caridad, con la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por El. (…)

Pues la caridad, como vínculo de perfección y plenitud de la ley (cf. Col 3, 14; Rm 3, 10), rige todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin. De ahí que la caridad para con Dios y para con el prójimo sea el signo distintivo del verdadero discípulo de Cristo.” (LG42)

La caridad no es, precisamente, el sentimiento de culpa con que damos una moneda a quién nos la pide. La caridad debería estar en nuestro corazón para que a eso no lo hiciéramos por mera pena humana sino por verdadera misericordia divina para con el hermano necesitado. (Si necesitan saber más acerca de la caridad cristiana lo pueden hacer en este artículo.) La Caridad es Dios y es la obra de Dios en nosotros: es lo que le da forma y sentido a todos nuestros actos cotidianos. Viene ahora la pregunta del millón: ¿cómo hacemos para vivir en caridad, para alimentar nuestra caridad, para llevarla a la perfección? La respuesta que nos da el Concilio es una enumeración de los medios de santificación:

“Ahora bien, para que el amor pueda crecer y dar fruto en el alma como una semilla buena, cada cristiano debe

escuchar de buena gana la Palabra de Dios

y cumplir su voluntad con la ayuda de su gracia,

participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, y en la sagrada liturgia,

y dedicarse constantemente a la oración,

a la renuncia de sí mismo,

a servir activamente a los hermanos

y a la práctica de todas las virtudes.”(LG42)

Lo explica muy sencillo Benedicto XVI en esta catequesis sobre la santidad:

“Quizás también este lenguaje del concilio Vaticano II nos resulte un poco solemne; quizás debemos decir las cosas de un modo aún más sencillo. ¿Qué es lo esencial? Lo esencial es nunca dejar pasar un domingo sin un encuentro con Cristo resucitado en la Eucaristía; esto no es una carga añadida, sino que es luz para toda la semana. No comenzar y no terminar nunca un día sin al menos un breve contacto con Dios. Y, en el camino de nuestra vida, seguir las «señales de tráfico» que Dios nos ha comunicado en el Decálogo leído con Cristo, que simplemente explicita qué es la caridad en determinadas situaciones. Me parece que esta es la verdadera sencillez y grandeza de la vida de santidad: el encuentro con el Resucitado el domingo; el contacto con Dios al inicio y al final de la jornada; seguir, en las decisiones, las «señales de tráfico» que Dios nos ha comunicado, que son sólo formas de caridad. «Por eso, el amor a Dios y al prójimo es el sello del verdadero discípulo de Cristo» (LG, 42). Esta es la verdadera sencillez, grandeza y profundidad de la vida cristiana, del ser santos.

Esta es la razón por la cual san Agustín, comentando el capítulo cuarto de la primera carta de san Juan, puede hacer una afirmación atrevida: «Dilige et fac quod vis», «Ama y haz lo que quieras». Y continúa: «Si callas, calla por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; que esté en ti la raíz del amor, porque de esta raíz no puede salir nada que no sea el bien» (7, 8: PL 35). Quien se deja guiar por el amor, quien vive plenamente la caridad, es guiado por Dios, porque Dios es amor. Así, tienen gran valor estas palabras: «Dilige et fac quod vis», «Ama y haz lo que quieras».

Participar de Misa los domingos, un rato diario de oración, seguir las señales de tráfico que son los 10 mandamientos… vivir en lo concreto el amor… no parece tan complicado… ¿no? Si esto es así, entonces hay más santos entre nosotros de los que creíamos. Y es así nomás.

Claro que la santidad es un camino en el cual comenzamos a transitar con pequeños pasos… para ir creciendo cada vez más hasta llegar a la plenitud: “principiantes”, “caminantes”, “crecidos”… como diría una escuela de espiritualidad argentina. Por esto el texto citado pone un piso sobre el cual edificar: “la renuncia de sí mismo”. El Concilio sigue enseñando el camino de configuración con Cristo que es el de aceptar en la propia vida la cruz:

“Dado que Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su amor entregando su vida por nosotros, nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida por El y por sus hermanos (cf. 1 Jn 3,16; Jn 15,13). Pues bien: algunos cristianos, ya desde los primeros tiempos, fueron llamados, y seguirán siéndolo siempre, a dar este supremo testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores. Por tanto, el martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a Él en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor, Y, si es don concedido a pocos, sin embargo, todos deben estar prestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle, por el camino de la cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia.” (LG42)

El testimonio (martirio) supremo de derramar la propia sangre es para pocos. Por eso no debemos dejar de leer, para aplicar, la última frase que es el testimonio (martirio) que nos toca a todos: hoy la burla y la difamación por el hecho de ser católico práctico están a la vuelta de la esquina de cada uno de nosotros. A veces, inclusive, dentro de nuestras propias casas. La santidad no está en padecer sino en unirnos en nuestro padecimiento con la cruz gloriosa que nos redimió.

Pero la cuestión no queda allí. Se habla de una manera especial de crecimiento que está en practicar los consejos evangélicos.: la virginidad o celibato, la obediencia y la pobreza. Conste que no estamos hablando aquí de los consagrados sino de todo fiel cristiano. Por esto es algo que cada uno de nosotros lo debe vivir a su manera.

Comencemos con el que parece ser hoy el más contradictorio en nuestra cultura altamente erotizada:

“La santidad de la Iglesia también se fomenta de una manera especial con los múltiples consejos que el Señor propone en el Evangelio para que los observen sus discípulos. Entre ellos destaca el precioso don de la divina gracia, concedido a algunos por el Padre (cf. Mt 19, 11; 1 Co 7, 7) para que se consagren a solo Dios con un corazón que en la virginidad o en el celibato se mantiene más fácilmente indiviso (cf. 1 Co 7, 32-34). Esta perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido tenida en la más alta estima por la Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo.”(LG42)

Si bien este consejo es para unos pocos, el marco general en el cual se vive es el de la castidad, que incluye a todos los hombres, como bien nos enseña el catecismo. Continúa con otro consejo que parece que nos coarta nuestra libertad: la obediencia.

“La Iglesia medita la advertencia del Apóstol, quien, estimulando a los fieles a la caridad, les exhorta a que tengan en sí los mismos sentimientos que tuvo Cristo, el cual «se anonadó a sí mismo tomando la forma de esclavo…, hecho obediente hasta la muerte» (Flp 2, 7-8), y por nosotros «se hizo pobre, siendo rico» (2 Co 8, 9). Y como es necesario que los discípulos den siempre testimonio de esta caridad y humildad de Cristo imitándola, la madre Iglesia goza de que en su seno se hallen muchos varones v mujeres que siguen más de cerca el anonadamiento del Salvador y dan un testimonio más evidente de él al abrazar la pobreza en la libertad de los hijos de Dios y al renunciar a su propia voluntad. A saber: aquellos que, en materia de perfección, se someten a un hombre por Dios más allá de lo mandado, a fin de hacerse más plenamente conformes a Cristo obediente.”(LG42)

La obediencia la podemos entender como sujeción a una autoridad. Pero, antes que nada, es la escucha de la voluntad de Dios que nos habla en las personas y acontecimientos y a la cual, en conciencia, respondemos con un si total. Así, paradójicamente, la obediencia nos hace plenamente libres porque en Dios está nuestra libertad total (Gal 5,1)

Y, por último, nos introduce en algo que confronta seriamente a la sociedad de consumo en la cual vivimos: la pobreza.

“Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado. Estén todos atentos a encauzar rectamente sus afectos, no sea que el uso de las cosas del mundo y un apego a las riquezas contrario al espíritu de pobreza evangélica les impida la prosecución de la caridad perfecta. Acordándose de la advertencia del Apóstol: Los que usan de este mundo no se detengan en eso, porque los atractivos de este mundo pasan (cf. 1 Co 7, 31 gr.).”(LG42)

No confundir con la “opción preferencial por los pobres” que ha realizado, desde ya hace casi cincuenta años, la Iglesia que peregrina en Latinoamérica. Dicha opción es en orden a la atención pastoral de quienes están en situación de penuria a causa de la sociedad estructuralmente injusta en la cual estamos inmersos. Lo que plantea Jesús, sin negar o contraponer, va por otro lado: tiene que ver con mi actitud de dasapego frente a los bienes materiales: usarlos sin que me ganen el corazón y en tanto y en cuanto me ayudan a tener una vida más confortable. ¡Cuánto bien le haríamos a nuestra vida y a la de nuestra familia si podríamos comprender y vivir en profundidad el espíritu de pobreza que nos aconseja Jesús!

Como podemos notar, los medios de santificación son para todos un camino sencillo y posible. Pero se adaptan a cada uno de acuerdo al estado de vida, profesión o situación (LG41) que le toca vivir. Y al propio crecimiento personal de la vida de fe.

Sobre todo esto hablaremos este miércoles en nuestro programa de radio Concilium (a las 22.00 hs por FM Corazón, 104.1 de Paraná). Bienvenidos todos los aportes y sugerencias que dejen aquí o en mi página del Facebook.

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