que guardará mis entregas…
Sin duda que la misión es, por excelencia, la actividad de la Iglesia. De la Iglesia que peregrina en Colonia Avellaneda, Paraná, San Miguel o cualquier parte del mundo.
Jóvenes, niños y ancianos se vieron plagados de propuestas para compartir la alegría de la fe en Jesús. Los hogares fueron visitados y las historias de personas se vuelven a encontrar. Un par de gurises se bautizaron, las parejas se reunieron con matrimonios de larga data para compartir sus desafíos, la gente fue a la misa entre semana porque sabían que iban a rezar por esa intención que le anotaron. Realmente, hubo de todo.
Los jóvenes comparten sus guitarreadas, sus anécdotas, sus planteos sobre cómo vivir la fe. ¿Hubiesen coincidido en esta vida de no ser por la misión? Nadie lo sabe. Lo que sí todos supieron fue que al despedirse en ese colectivo que partía del colegio Santa Teresa de los Andes, los rostros de entrerrianos y bonaerenses se inundaron de lágrimas por separarse de esas personas que apenas acababan de conocer y con las que parecía que habían compartido toda una vida.

¿Puede pensarse que es sentimentalismo chatarra? Sí, es lógico pensarlo. Pero también puede que haya sido la fe en común la que amortiguó distancias de dialecto, de costumbres, de ideas. Como diría el buen Lewis, en su obra los Cuatro Amores, “La amistad nace en el momento en el que una persona le dice a la otra: ¿Qué? ¿Tú también? Pensé que era el único.”
Esta es la Iglesia de Cristo. Donde se congrega la gente por su fe en Él y allí, se hermanan.
Ciudad nueva del amor, donde vivirá el pueblo…
Luego de tres misiones consecutivas que tuvieron lugar todos los años del 1 al 14 de enero, el Grupo Misionero de la Santa Cruz proveniente de San Miguel (Buenos Aires) se despidió de la parroquia Santa Teresa de los Andes de Colonia Avellaneda.
Misión… el encuentro de un Cristo que llama a la puerta y otro Cristo que atiende al llamado. ¡Bendito sea nuestro Señor por este regalo tan inmerecido como inmenso!
El día 14 de enero de este 2026, una imagen marcó la despedida de un trienio que quedará grabado en el corazón de cada uno de los participantes: tanto locales como visitantes. Una imagen de unión, de un medio centenar de misioneros bonaerenses de variadas edades junto a otro medio centenar de locales entrerrianos que fueron a despedirse y agradecerse mutuamente por todo lo vivido.
Es una imagen bellísima, no por una abrumadora experiencia religiosa, por epifanías o eventos de faraónicas proporciones; sino más bien porque da cuenta de que durante todo este tiempo, en ellos se cumplió aquella última súplica de Jesús al Padre poco antes de ser apresado: “Que sean uno Padre, para que el mundo crea”.

El grano de trigo que cayó en tierra allá por el 2024, ha comenzado a mostrar un pequeño brote, y a pesar de su tamaño, ya es un signo de; esperanza inusual para los tiempos que corren en el mundo.
Yo mi vida he de entregar, para aumentar la cosecha…
La misión es exigente, como todo lo que Cristo propone. Y también es sumamente retributiva, como todo lo que Cristo promete.
No es fácil estar tanto tiempo fuera de casa, viviendo en una escuela, con colchones en el piso y conviviendo con más de 50 personas por medio mes. Es un desafío sociológico que poco se tiene en cuenta. Con el pasar de los años (y el aumento de las mañas) uno comienza a notarlo.
Entregarse a la misión, a medida que uno crece, supone también un aumento de la tentación del enemigo que quiere cizañar lo que Dios va sembrando. El corazón comienza a centrarse en los errores que todos como humanos cometemos, la falta de precisión o atino en decisiones y las otras posibilidades en que podría disponerse de ese tiempo.
Es entonces que con la obediencia a las autoridades y el ritmo mismo que la misión propone que estos pensamientos desaparecen: laudes y adoración, son lo primero que nutre el día antes de salir al encuentro con el prójimo. Luego del descanso se retoman las actividades y se cierra el día con el rosario, la misa y las completas.

En verdad, cuando uno se entrega a la misión, no puede hacerlo a medias tintas. Y cuando uno se entrega por completo, sucede el mismo milagro que con los cinco panes y dos peces.
…que el sembrador al final buscará y llegará a ser eterna…
Cada vez que se termina un ciclo de misiones en un pueblo, el Grupo Misionero vuelve a abandonarse más que nunca a la Providencia de Dios, confiando en que se ha entregado todo lo que se recibió como don; confiando en que la misión encabezada por ellos continuará por el amor de Aquel que los envió hasta allí.
“En la vida de la Iglesia, quien siembra difícilmente cosecha” me dijo un cura alguna vez. ¡Cuánta razón tenía! Y que importante es recordar. ¿Qué será de la semilla que hemos sembrado? Los brotes de testimonios que surgen en casas de los vecinos a lo largo de las misiones muestran cómo la espiga se ve con sus tiempos, esos que marca Dios, y que poco pueden entender las ansiedades de las personas.
… y aunque te duela la muerte de hoy, mira la espiga que crece…
Sensación similar tenemos aquellos que crecimos en la vida misionera, que poco a poco vamos entendiendo que nuestro rol ha de ser otro. Trabajo que requiere discernimiento, paciencia y abandono; ya que por motivos de energía, que los años empiezan a pegar, que la fuerza de voluntad y carisma quizás ya va pidiendo distintos desafíos a los que se solían afrontar con un entusiasmo que parece imposible alcanzar. Aunque por encima de todo, porque es hora de ir dejando lugar a nuevas espigas que han de tomar la batuta, porque es su tiempo de crecer.
El Padre también nos preguntará cómo hemos vivido esta parte de la misión. Y ese inexorable paso del tiempo es tan difícil de afrontar como los propios límites propios que uno confronta en ese tiempo. En la diaria de la misión, uno conoce al otro, pero también se conoce a sí mismo. Esos días resultan ser un potenciador, tanto de las virtudes como de los defectos de carácter.

Morir como semilla se convierte también en un abrazar los límites del prójimo, y aún más, los que el prójimo te invita a corregir en vos mismo. Cuando uno se propone misionar tiene que estar también sumamente dispuesto a ser misionado.
Y un día al Padre, volveré a descubrir el secreto de la pequeña semilla que fiel, cobró su herencia en el cielo…
Además de lo sentimental, de los resultados aparentes para la sensibilidad, está aquello que no se ve. Aquello que está aunque no logre aparecer, porque ya no está al alcance de los sentidos, solo al alcance de la fe.
Colonia III fue una misión de cierre de pueblo, sí, pero también de una etapa, de un adiós que se fue procesando a lo largo de meses. El adiós de aquella primera semilla, que hoy, cara a cara con el Padre está cobrando su herencia del ciento por uno en el cielo.
En este trasfondo, nutrido por la promesa del Reino que Cristo nos ha hecho, se encuentra la esencia de nuestra fe; y por consiguiente, de la misión. Mientras el pueblo se despedía de los misioneros, muchos de estos también se despedían de toda una etapa, con congoja en el corazón; pero también con la esperanza intacta de encontrar en el cielo la cosecha de su semilla.

Se como el grano de trigo que cae en tierra y desaparece…
En el último adiós, el evangelio del día terminaba por ser un signo más de la Providencia de Dios que cuida a sus hijos. “Vayamos a otros pueblos…” (Mc 1, 38). La hora de partir comienza, para que también todas las espigas puedan crecer.
Y aunque el corazón tiende a desear lo que Pedro en el monte Tabor, cuando sobrecogido por ver a Cristo en toda su gloria, sería una picardía pedirle a Jesús para que la misión solo acampe allí. La misión de Colonia Avellaneda permanecerá grabada en el corazón de misioneros y “misionados”. De visitantes y locales. Permanecerá como el auténtico encuentro de los hijos de Dios. Cómo el momento en el que el Sembrador salió a repartir sus semillas y que sólo Él sabe cómo y cuándo darán sus frutos.








