Cada vez que me acerco a un mismo texto de la Palabra de Dios, resuena de manera distinta en mi corazón. Los detalles, que antes pasaban de largo, resaltan y enriquecen la lectura. Sin duda que el Espíritu Santo nos hace descubrir en cada trozo de la Escritura ese soplo de vida que necesitamos para la vida del “hoy” cristiano.

 

Fuego de Pentecostés

 

Este martes, como es costumbre con un grupo de sacerdotes amigos, nos reunimos para leer y meditar la Palabra que predicaremos el domingo. Como es la fiesta de Pentecostés, el pasaje de los Hechos de los Apóstoles es el centro de la jornada. Entre varias cosas que surgieron de esta meditación comunitaria, les comento la que me impactó y que, seguramente, escucharán quienes participen de las Misas que presidiré el fin de semana. No pongo las citas, pero las van a encontrar en Hch 2.

Comienza el relato ubicando el día y el lugar del acontecimiento:

“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar.”

Estos “todos” eran los apóstoles junto a la Virgen y algunas otras personas más. Estaban haciendo lo que Jesús les pidió antes de la ascensión: una novena invocando al Espíritu Santo que Él enviaría.

“De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse.”

Más allá de la figura poética del viento fuerte o el fuego, hay una realidad difícil de explicar con lenguaje humano: el Espíritu Santo desciendo sobre ellos y los transforma. No quiero detenerme en esta transformación interior, sino sobre dos maneras de recibir el Paráclito.

En primer lugar: las lenguas de fuego descendieron por separado sobre cada uno de ellos. La experiencia de Dios, experiencia de su salvación, de su gloria… es una experiencia personal. El Señor se me manifiesta “a mí”. Viene a mí y me transforma. La acción de Dios es personal y la respuesta del ser humano también es personal: se trata de una cuestión entre “yo” y Dios. Esto no es un dato menor: la respuesta de fe, la oración, la moral son siempre actos personales.

Ahora bien, en el acontecimiento de Pentecostés el “yo” se hace “nosotros”: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”. El “yo” se sumerge en el “nosotros” sin perder su identidad personal. Al contrario, en ese momento se reencuentra con su realidad originaria: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza”, es decir, a imagen y semejanza de un Dios que es Trinidad de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. El “yo” del creyente se entiende solamente a la luz del “nosotros” de la Iglesia que en ese momento estaba naciendo.

En ese contexto entendemos lo que sigue del relato. Pedro, en nombre de los Doce, frente a la muchedumbre reunida por las “cosas raras” (propias de borrachos) que ocurrían en el lugar, les recuerda lo prometido en el Antiguo Testamento y les anuncia que en Jesús todo se ha cumplido.

“Al oír estas cosas, todos se conmovieron profundamente, y dijeron a Pedro y a los otros Apóstoles: “Hermanos, ¿qué debemos hacer?”. Pedro les respondió: “Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo. Los que recibieron su palabra se hicieron bautizar; y ese día se unieron a ellos alrededor de tres mil. Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones.”

Nuevamente encontramos la tensión entre la conversión, el bautismo y el don del Espíritu Santo que se reciben personalmente y el ingreso al “todos” que es la comunidad eclesial.

Desde aquí surgen cosas que nos hacen meditar. En primer lugar, la experiencia de fe es personal. Esta experiencia de encuentro con el Resucitado en mi vida sucede gracias a la acción del Espíritu Santo en mi corazón. Pero yo no soy un individuo creyente: del mismo acontecimiento personal de Pentecostés surge el nosotros eclesial: no se puede ser cristianos de Cristo, cristianos del Espíritu, si no somos cristianos en la Iglesia. Así la Iglesia no es una institución sino un acontecimiento espiritual en el cual los bautizados alimentan su fe: “escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones”. Algo para seguir meditando en esta fiesta de Pentecostés que se nos avecina.

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!