Ludovicus ha dejado un comentario sobre este tema. Mi primera intención fue responderle allí. Pero luego me ha parecido interesante hacer un post para aclarar algunas cosas, más desde la historia de la Iglesia que desde la teología. Esto no es, ni más ni menos, un problema histórico y pastoral. Porque pastoral, histórico.

Nosotros creemos en aquellas Palabras de Jesús en las cuales nos dijo que no quedaríamos huérfanos. Nos enviaría su Espíritu Paráclito para acompañarnos de manera personal y, sobre todo, como Pueblo de Dios. Testigo de esto es el Libro de los Hechos de los Apóstoles que relata cómo el Espíritu Santo guía a la Iglesia naciente.

En este contexto, situamos la respuesta al siguiente comentario:

«La lengua litúrgica NO ES ni debe ser una «lingua franca» universal, y mucho menos si es comercial, ni es litúrgica por ese motivo, sino por el contrario, exactamente. Las lenguas litúrgicas son preferentemente lenguas muertas, quietas, (como el griego clásico o el arameo, en las litúrgias orientales) cuyo sentido no crece ni se modifica con el paso del tiempo o las costumbres locales, y justamente por eso es apropiado a lo litúrgico: por que participa en cierto modo de la inmovilidad divina, de la eternidad de las Sagradas Palabras que durante Ella se pronuncian y la propia Eternidad Divina, presente en la Sagrada Eucaristía.
Pero observo, con muchísimo pesar, que las desviaciones post-conciliares (no conciliares, como acabo de demostrar arriba) de los «conciliares», han provocado de tal modo un efecto desacralizante que hasta se ha perdido el sentido propio de la Liturgia, al punto de considerarse seriamente la posibilidad de asociarla a una lengua de mercachifles y ladrones, que sirve magníficamente «para hablar con los caballos» como decía Carlos V, en lugar de tratar de elevar a mercachifles y ladrones hacia el Reino de Dios. Llámelos en su «argot», si le parece conveniente: pero no permita que se presenten ante Dios con las vestiduras del mundo, de la calle o el mercado.»

Primer detalle: «las lenguas litúrgicas son preferentemente lenguas muertas, quietas». Quedémonos con la lengua en la cual se celebró el culto cristiano por excelencia: la Santa Cena o la Misa (como se le quiera decir). Si hay que elegir una legua muerta que lo exprese esta sería, sin duda, aquella en la cual fue celebrada la Última Cena: el arameo. Es la lengua que hablaba Jesús y los Doce.

Pero tenemos un primer problema: los cuatro relatos de la Fracción del Pan (como también se le dice) nos fueron legados en otro idioma: el griego. Y no precisamente el griego clásico sino el denominado de la «Koiné», que sería el griego vulgar, el de uso corriente. El lunfardo griego, para usar un término Ludoviconiano. ¿Hay que considerar esto una traición a la Lengua Cristiana? Si eso no es así, ¿porqué nos llegaron todos los escritos del Nuevo Testamento en griego y no en Arameo?

La realidad es sencilla: el griego era la lengua que se hablaba comúnmente en todo el Imperio Romano. Los apóstoles fueron enviados a anunciar la Buena Noticia: el Señor no les dijo que lo hicieran en Arameo o Griego o Latín. ¿Un lapsus Divino? No. Se llega a tocar el corazón del hombre cuando se le habla a la manera humana y en términos humanos. Curiosamente, esta es una de las razones de la Encarnación del Verbo. En consecuencia, la primera comunidad cristiana predicó en el idioma que era de uso vulgar. También celebró sus liturgias en ese mismo idioma. Y esto ocurría también en Roma, capital mundial del Latín.

Recién desde el año 150 se tienen vestigios de Misas en Latín. Hacia el 250 estas ya se habían popularizado por todo el Imperio. No es sino hasta alrededor del 380 que se adopta oficialmente el Latín como la lengua litúrgica. Esto por la misma razón que usar el griego por parte de la Iglesia Apostólica: era la lengua vernácula, es decir, la hablada comúnmente y entendida por todos.

Si nos situamos en el 1.200, allí podemos ver a Santo Tomás de Aquino que no solo lee y escribe en Latín, sino que también compone textos litúrgicos en el mismo idioma: la Misa de Corpus. En esos momentos, si bien ya estaban surgiendo las lenguas romances, el latín era hablado de manera normal en muchos ambientes. En otras palabras, era todavía una lengua vernácula.

En resumidas cuentas, el Arameo, el Griego o el Latín no se usaron litúrgicamente porque eran lenguas muertas sino vivas. No eran «lenguas sacras» (si es que existe el término) sino lenguas vulgares. La desacralización no está en la lengua que se usa sino en el corazón del hombre.

Pero llega el momento en que las lenguas romances pasan a primera escena. El Latín queda relegado a los claustros de intelectuales. Frente a esto, ¿qué hacer? En el Concilio de Trento se discutió sobre el uso de las lenguas vernáculas en la liturgia. Si se decidió no hacerlo, no fue por considerar al Latín como Lengua Sacra. Fue una decisión pastoral: frente a la controversia protestante, que había tomado esto como bandera, seguir con el Latín era una manera de no confundir a la gente sencilla…

El Concilio Vaticano II pide que siga la Misa en Latín, pero que se de espacio a las lenguas vernáculas. Que estas se hayan autoimpuesto en todo el mundo, no se debe tomar como un avance de la desacralización sino como un deseo de alabar a Dios con los propios labios y en el propio idioma. Hablar de desacralización por celebrar la Eucaristía en Español en vez de hacerlo en Latín es el mismo argumento que hace 1850 años podría haber tenido alguien que dejaba el Griego para hacerlo en Latín.

Estoy firmemente convencido que Dios habla todos los idiomas pero prefiere uno: el lenguaje del amor. Cuando se ama, y amando se alaba, si es en Latín, Griego, Arameo o Lunfardo Español pasa a ser una cosa secundaria. En otras palabras, y usando un dicho popular, discutir sobre Lenguas Litúrgicas es poner el carro delante de los caballos. Cuando el Señor dijo: «hagan esto en memoria mía» se refería a rememorar el sacrificio de la cruz en el pan convertido en Hostia Divina. De allí en más, los idiomas, lenguas, lenguajes o hablas son cosa secundaria.

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!