La introducción de la Sacrosanctum Concilium

483

“Los comienzos son determinantes”, nos diría el Cardenal Karlic. Y hoy reflexionamos sobre el principio del principio del Concilio, por decirlo así. Es que la introducción de la primera Constitución del Vaticano II no es para desperdiciar: contiene muchos elementos que nos ayudan a entender no solo al documento en sí, sino la identidad misma de la Iglesia.

Los padres conciliares parten de una presentación de los propósitos que mueven su trabajo. Son cuatro. Les pongo en negrillas los verbos para que les demos el peso que corresponde (SC 1):

“Este sacrosanto Concilio se propone

acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana,

adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio,

promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y

fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia.”

Cuatro motivos están escondidos en estos cuatro verbos y en las explicaciones que dan al pronunciarlos:

Acrecentar: la dimensión de la pastoral ordinaria a través de la cual la Iglesia alimenta la fe de sus hijos.

Adaptar: el reconocimiento de la dimensión histórica y cultural que tienen las instituciones de la Iglesia. La reflexión posterior al Concilio, sobre todo de manos de Juan Pablo II, le llamó a este proceso: “inculturación”.

Promover: la dimensión ecuménica está presente entre las preocupaciones de los padres conciliares. No es para menos, las divisiones entre los cristianos es la negación del mandato de Jesús: “que todos sean uno” (Jn 17,21).

Fortalecer: la dimensión misionera, esencial a la vida misma de la Iglesia si quiere ser fiel al mandato de Jesús: “vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos” (Mt 28,19).

Y la conclusión lógica de estas tareas que se han propuesto es:

“Por eso cree (este Concilio) que le corresponde de un modo particular proveer a la reforma y al fomento de la Liturgia. (SC 1)”

Detengámonos en las dos expresiones que se toman como un deber que debe cumplir la Iglesia:

Reforma (instaurandam): hace referencia a la necesidad de cambio que se percibe para la liturgia, en esos momentos históricos. Es el fruto maduro del movimiento litúrgico que había sido llevado adelante por teólogos y Sumos Pontífices. Si alguien está interesado en un resumen puede leer este artículo de Mercaba. Por lo pronto, simplemente digamos que reforma no significa ni revolución ni anular todo lo viejo para “inventar” cosas nuevas adaptadas a la mentalidad moderna. Si alguien lo entendió así (y no fueron pocos quienes lo hicieron) no entendió nada lo que los Padres Conciliares quisieron hacer. Reforma significa profundizar en la identidad, una búsqueda de la sustancia de la liturgia que se encuentra escondida detrás de las inculturaciones (accidentes) válidas pero ya extemporáneas. Creo para entender correctamente esto es bueno volver a releer la cita testimonial de Benedicto XVI que les compartí en el artículo anterior.

Fomento (fovendam): lo que debe mover la reforma es una preocupación pastoral, que todos puedan alimentar con la celebración la vida de unión con Dios en el peregrinar por este mundo. Por esto la intención explícita de impulsar, promover, fomentar la vida litúrgica.

Todo esto nace no de actitudes “proselitistas” sino de comprender lo que la liturgia obra:

“En efecto, la Liturgia, por cuyo medio “se ejerce la obra de nuestra Redención“, sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía, contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida, y manifiesten a los demás, el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia.

Es característico de la Iglesia ser, a la vez, humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina; y todo esto de suerte que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos.

Por eso, al edificar día a día a los que están dentro para ser templo santo en el Señor y morada de Dios en el Espíritu, hasta llegar a la medida de la plenitud de la edad de Cristo, la Liturgia robustece también admirablemente sus fuerzas para predicar a Cristo y presenta así la Iglesia, a los que están fuera, como signo levantado en medio de las naciones, para que, bajo de él, se congreguen en la unidad los hijos de Dios que están dispersos, hasta que haya un solo rebaño y un solo pastor.”(SC 2)

En el punto siguiente se expresa que, para llevar adelante la reforma y el fomento de la liturgia, darán los padres conciliares una serie de principios y normas prácticas. Aunque hacen una salvedad:

“Entre estos principios y normas hay algunos que pueden y deben aplicarse lo mismo al rito romano que a los demás ritos. Sin embargo, se ha de entender que las normas prácticas que siguen se refieren sólo al rito romano, cuando no se trata de cosas que, por su misma naturaleza, afectan también a los demás ritos.” (SC 3)

Notemos que se habla de “rito romano” y “demás ritos”. Si bien no podemos profundizar sobre el tema, es bueno que nos demos cuenta que nosotros celebramos la liturgia con el rito romano. Pero no es el único. En este otro artículo de Mercaba pueden leer someramente sobre diversidad de ritos, ya sea como variedades del romano o fuera de él. Por lo pronto, la noción de rito nos hace descubrir la dimensión histórica y la adaptación a la cultura que han tenido los elementos secundarios de la celebración litúrgica, a lo largo de dos milenios de fe vivida, celebrada y proclamada. Lo segundo es la valoración de todos los ritos como iguales en derecho y honor:

“Por último, el sacrosanto Concilio, ateniéndose fielmente a la Tradición, declara que la Santa Madre Iglesia atribuye igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios. Desea, además, que, si fuere necesario, sean íntegramente revisados con prudencia, de acuerdo con la sana Tradición, y reciban nuevo vigor, teniendo en cuenta las circunstancias y necesidades de hoy.”(SC 4)

La valoración se hace desde un criterio no menor: la apelación a la Tradición. Ya desarrollaremos este concepto más en detalle al compartir el contenido de la Constitución Dogmática Dei Verbum. Quedémonos con la explicación que da el Catecismo:

“Esta transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo, es llamada la Tradición en cuanto distinta de la sagrada Escritura, aunque estrechamente ligada a ella. Por ella, “la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree” (DV 8). “Las palabras de los santos Padres atestiguan la presencia viva de esta Tradición, cuyas riquezas van pasando a la práctica y a la vida de la Iglesia que cree y ora” (DV 8).” (CIC 78)

Apelar a la tradición, por lo tanto, no es apelar a las costumbres que se han dado en determinados pueblos o culturas a lo largo del tiempo. Estas son tradición con minúsculas (o folklore). Apelar a la Tradición (con mayúsculas) es apelar a una de las fuentes de la Revelación. Por lo cual los padres Conciliares nos invitan a evitar las discusiones sobre cuestiones folklóricas (secundarias) y centrarnos en lo esencial, en la Liturgia.

Como la reforma de los ritos no debe tocar lo esencial entonces es importante fijar los principios de la reforma. Esto es lo que aborda el capítulo I, que desarrollaremos en su momento. Por lo pronto, sobre todo esto hablaremos con más detalle hoy en nuestro programa de radio Concilium (a las 22.00 hs por FM Corazón, 104.1 de Paraná). Bienvenidos todos los aportes y sugerencias.

Tu opinión nos interesa.

Ingrese su comentario
Entre su nombre aquí