Imágenes que quedan:

El otro día, cuando iba camino al campo de noche, me encontré con un barrial fruto de una gran lluvia de días atrás. Luego de unos metros el suelo estaba seco, parecía que no había caído ni una gota de agua.

¿Qué había pasado? Una respuesta muy sencilla: árboles a ambos lados del camino habían impedido que el camino se viese perjudicado.

“La amistad nace en el momento en el que una persona le dice a la otra: ¿Qué? ¿Tú también? Pensé que era el único” (C.S. Lewis, Cuatro Amores)

No todo es sinsentido

Quizá se trate tan sólo de un día comercial, de una efeméride sin valor alguno. Quizá sea así, pero también es bueno rendir homenajes para mantener el corazón nutrido de gratuidad.

Porque el día del amigo, además de una excusa sumamente práctica para un asadito, una gaseosa o una cerveza; es el recordatorio necesario de uno de los dones más grandes que podríamos haber recibido.

Una vez, cuando atravesaba una tormenta, un gran amigo me dijo: ¡Pero qué lindos son los amigos! A priori, no entendía el comentario, luego me di cuenta que dentro del trágico repertorio que le hice había una constante: nunca estuve solo. Mire donde mire, un amigo estuvo presente.

Tal como el ejemplo inicial, los amigos son esos árboles, firmes y constantes que impiden que las tormentas nos dañen. Que hacen posible que el camino de nuestras vidas no sea un constante barrial.

Un amigo fiel es una protección segura; el que lo encuentra ha encontrado un tesoro (Eclo. 6,14)

Día del amigo

Y si de amigos hablamos

Y, por supuesto, está Cristo. EL amigo. El arquetipo de la amistad hecho carne, el modelo de lo cualquier amigo haría por los suyos.

Porque en Él se engloban también todas esas personas que nos vamos encontrando en el recorrido de la vida. Esas de las que quizás no llegues nunca a la profundidad de una amistad, pero que en su debido momento, «se la juegan» al igual que el Maestro de Nazaret lo hubiese hecho.

En estas personas, compañeros de estudios, de trabajo, de grupo parroquial; en todas ellas, aparece el rostro del Dios que se anonadó para estar con nosotros para siempre.

Hoy, en el día del amigo, saludemos a los nuestros; a los que siempre estuvieron, están y estarán. Pero también cerremos los ojos para elevar una oración de agradecimiento por Aquél que, oculto tras un centenar de rostros cotidianos, nos habla de su amor en los gestos de amistad.

Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo. Los llamo mis amigos, porque les he dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho. (Jn 15,15).

Espacio de publicidad automática - No necesariamente estamos de acuerdo con el contenido
Artículo anteriorQuién fue Fray Mamerto Esquiú
Artículo siguienteLa receta del Pan de San Cayetano
Estudiante de psicología. Felicianero que vive en Paraná. Un Hobbit en busca de aventuras. El camino a la santidad, la mayor aventura que Él nos propone.