Hoy no recé el Oficio de lectura del la memoria que correspondía. Tomé el de la feria. Gracias a eso me topé con un tal Diadoco de Fótice, el cual fue Obispo en el siglo V. La Iglesia nos presenta para que meditemos un trozo de su obra “Sobre la perfección Espiritual”. Me encantó la sencillez y profundidad que tiene el texto.

El discernimiento entre la obra del Espíritu Santo y el espíritu malo

Un tema que a nuestra cultura moderna nos llega a través de los escritos de San Ignacio de Loyola. Sin embargo ya este autor nos advertía que es algo muy importante para la salud espiritual del creyente.

Estamos inmersos en un combate espiritual y debemos aprender a descubrir las armas que el enemigo utiliza… a riesgo de que nos confunda y se muera la Vida que hay en nosotros. ¿Cómo? Diadoco nos dice:

“El auténtico conocimiento consiste en discernir sin error el bien del mal; cuando esto se logra, entonces el camino de la justicia, que conduce al alma hacia Dios, sol de justicia, introduce a aquella misma alma en la luz infinita del conocimiento, de modo que, en adelante, va ya segura en pos de la caridad.

Conviene que, aun en medio de nuestras luchas, conservemos siempre la paz del espíritu, para que la mente pueda discernir los pensamientos que la asaltan, guardando en la despensa de su memoria los que son buenos y provienen de Dios, y arrojando de este almacén natural los que son malos y proceden del demonio.

Sólo el Espíritu Santo puede purificar nuestra mente; si no entra él, como el más fuerte del evangelio, para vencer al ladrón, nunca le podremos arrebatar a éste su presa. Conviene, pues, que en toda ocasión el Espíritu Santo se halle a gusto en nuestra alma pacificada, y así tendremos siempre encendida en nosotros la luz del conocimiento; si ella brilla siempre en nuestro interior, no sólo se pondrán al descubierto las influencias nefastas y tenebrosas del demonio, sino que también se debilitarán en gran manera, al ser sorprendidas por aquella luz santa y gloriosa.”

San Pablo nos advertía que hay cosas que el hombre natural no puede entender. Para conocer la Verdad y vivirla a plenitud necesitamos ser sobrenaturales, es decir, habitados por el Espíritu. ¡Qué obra maravillosa que comienza en nuestro bautismo y que nos engrandece cuando estamos en gracia! ¡Qué desgracia perder la gracia!

El gusto espiritual

A esta capacidad de discernir desde el Espíritu le da el nombre de gusto:

“La sensibilidad del espíritu consiste en un gusto acertado, que nos da el verdadero discernimiento. Del mismo modo que, por el sentido corporal del gusto, cuando disfrutamos de buena salud, apetecemos lo agradable, discerniendo sin error lo bueno de lo malo, así también nuestro espíritu, desde el momento en que comienza a gozar de plena salud y a prescindir de inútiles preocupaciones, se hace capaz de experimentar la abundancia de la consolación divina y de retener en su mente el recuerdo de su sabor, por obra de la caridad, para distinguir y quedarse con lo mejor, según lo que dice el Apóstol: Y ésta es mi oración: Que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores.”

Este “gusto interior” no es fácil de tener cuando la maldad nos comienza a ganar el corazón por nuestros pecados. Necesitamos constantemente de la purificación que nos da el sacramento de la Confesión. Pero también necesitamos ejercitar el gusto para distinguir los “sabores espirituales”. Esto se logra con la oración frecuente y el acompañamiento espiritual de algún hermano o hermana mayor en la fe.

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!