La historia sigue marchando, con su paso cansino pero firme. Hay quienes se quedan un mes al margen de la historia, disfrutando del fútbol y viviendo sólo de lo que este deporte tan lindo nos depara. Y desayunan, almuerzan y cenan, trabajan y se distienden con una idea fija: como salió Argentina en el partido de ayer, cómo nos irá en el partido que juega mañana.

Hay otros que disfrutan del fútbol, pero no se bajan de la vida. Y su trabajo, su estudio y su existencia familiar solamente se ve alterada por los noventa minutos, o los ciento veinte como ayer.

Hay también otros, más pícaros, que aprovechan la distracción de muchos para hacer de las suyas. Y ocurren tantas cosas en estos días que no nos enteramos porque los medios están vestidos de celeste y blanco.

En este contexto, hay un tema que es muy grave y al cual no le hemos prestado la suficiente atención. Detengámonos un ratito a meditar juntos sobre esto.

El aborto

El aborto es detener, en algún momento, la vida de un nuevo ser humano en el seno de su madre. Quienes quieren despenalizarlo no lo presentarán de esta manera. Es más, con toda seguridad que apelarán a nuestros sentimientos diciendo que es un derecho de una adolescente que ha quedado embarazada luego de una violación. Y lo presentarán de tal manera que quién está en contra del aborto queda como un monstruo insensible ante la “fatalidad de un embarazo no deseado”. Pero… sea cual sea la manera como se gestó, quien está en el seno de su madre es una persona… con todos sus derechos.

La eutanasia

La eutanasia es la muerte provocada de un enfermo grave o crónico. Quienes la defiendan nos presentarán el pedido de un hijo desesperado frente al dolor de su papá o de su mamá. Y nos dirán que acortarle la vida es acabar con un sufrimiento “inútil”. Y el corazón del oyente, ante las lágrimas del familiar, se desgarrará y clamará al cielo contra los que se oponen a la “muerte dulce”. Pero la eutanasia, sea cual sea la manera cómo se realice, es el simple homicidio de alguien que tiene sus facultades aminoradas, pero no sus derechos perimidos.

El atentado a la vida en sus dos extremos, el bebé en el vientre de su madre y el moribundo, se podría legalizar, según algunos. Pero aquí surgen los problemas para quienes lo proponen: ¿cuál es el límite? ¿Cuándo un bebé comienza a tener derechos? ¿Al mes de gestado, al mes de vida, a los cinco años cuando ingresa en la escuela? ¿Y con cuanto tiempo de anticipación una enfermedad incurable puede ser “curada” con la muerte provocada?

Pero este no es el único problema. Hay otro mas grave y más profundo. ¿Quién tiene el derecho para decidir si una vida merece ser vivida? ¿Los padres? ¿Los familiares? ¿El estado? ¿Los jueces? Si hay alguien que tiene el derecho de decidir sobre una vida inocente, entonces preparémonos para dejar la puerta abierta a cualquier totalitarismo. Y el siglo pasado está lleno de ellos, tanto desde la “izquierda” como desde la “derecha”. Pero los seres humanos todavía no aprendemos y queremos legislar sobre la mejor manera de eliminar al que nos “molesta”.

Es muy bueno que nos emocionemos frente al dolor ajeno. Pero hacerlo de la manera como Jesús lo hizo es el desafío. El no dijo “pobrecito”. Jesús sintió “compasión” y desde allí buscó la manera de ayudar al sufriente. No despreció ninguna vida. No eliminó ninguna vida. Todo lo contrario: nos amó a todos y entregó su vida por todos. Qué provechoso para un pueblo sería el poder legislar de esta manera: educando al respeto y valoración del otro, desde la gestación hasta la muerte natural.

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!