La inculturación de la Liturgia

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La Sacrosanctum Concilium plantea este desafío en su número 37, como ya dijéramos en el artículo anterior sobre el tema. El equilibrio pastoral no siempre fue la “norma” de la acción concreta: algunos exageraron la posibilidad de adaptación a la cultura y otros la negaron. El Magisterio, por su parte, con el transcurso de los años ha ido presentando elementos de reflexión y de enseñanza muy valiosos. Vamos a detenernos en algunos de ellos.

Partamos recordando lo que decía el párrafo conciliar citado:

“La Iglesia no pretende imponer una rígida uniformidad en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la comunidad, ni siquiera en la Liturgia: por el contrario, respeta y promueve el genio y las cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos. Estudia con simpatía y, si puede, conserva integro lo que en las costumbres de los pueblos encuentra que no esté indisolublemente vinculado a supersticiones y errores, y aun a veces lo acepta en la misma Liturgia, con tal que se pueda armonizar con el verdadero y auténtico espíritu litúrgico.”

A este “genio”, “cualidades peculiares” y “costumbres” se le da el nombre de cultura. El Documento de Puebla la describe muy bien:

“Con la palabra «cultura» se indica el modo particular como, en un pueblo, los hombres cultivan su relación con la naturaleza, entre sí mismos y con Dios (GS 53b) de modo que puedan llegar a «un nivel verdadera y plenamente humano» (GS 53a). Es «el estilo de vida común» (GS 53c) que caracteriza a los diversos pueblos; por ello se habla de «pluralidad de culturas» (GS 53c).

La cultura así entendida, abarca la totalidad de la vida de un pueblo: el conjunto de valores que lo animan y de desvalores que lo debilitan y que al ser participados en común por sus miembros, los reúne en base a una misma «conciencia colectiva» (EN 18). La cultura comprende, asimismo, las formas a través de las cuales aquellos valores o desvalores se expresan y configuran, es decir, las costumbres, la lengua, las instituciones y estructuras de convivencia social, cuando no son impedidas o reprimidas por la intervención de otras culturas dominantes.” (DP 386/7)

El criterio fundamental para comprender toda acción eclesial alrededor de la cultura está dada por la persona de Jesús: la encarnación del Verbo se hace en una cultura concreta. El mismo Documento de Puebla recuerda el “principio de encarnación formulado por San Ireneo: «Lo que no es asumido no es redimido»” (DP 400). Así Jesús asume la naturaleza humana pero luego la purifica y la eleva a la gloria de Dios. Estos tres pasos son fundamentales para tener una clara visión sin caer en el naturalismo (todo es bueno… no hay nada que purificar) o el espiritualismo (todo es malo… hay que huir de todo lo mundano).

También es muy importante distinguir dos aspectos que son complementarios, pero no se identifican: la evangelización de la cultura y la inculturación del evangelio.

La evangelización supone el anuncio de Jesús para que el hombre y su actividad (cultura) se eleven hasta la altura del proyecto divino. Sigue siendo siempre muy importante recordar las palabras de Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi:

“Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: “He aquí que hago nuevas todas las cosas”. Pero la verdad es que no hay humanidad nueva si no hay en primer lugar hombres nuevos con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio. La finalidad de la evangelización es por consiguiente este cambio interior y, si hubiera que resumirlo en una palabra, lo mejor sería decir que la Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos.

Sectores de la humanidad que se transforman: para la Iglesia no se trata solamente de predicar el Evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación.

Posiblemente, podríamos expresar todo esto diciendo: lo que importa es evangelizar —no de una manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces— la cultura y las culturas del hombre en el sentido rico y amplio que tienen sus términos en la Gaudium et spes, tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios.

El Evangelio y, por consiguiente, la evangelización no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Sin embargo, el reino que anuncia el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura, y la construcción del reino no puede por menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas. Independientes con respecto a las culturas, Evangelio y evangelización no son necesariamente incompatibles con ellas, sino capaces de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna.” (18-20)

La inculturación supone que hay elementos propios del genio humano que son aptos para expresar la relación con Dios. Juan Pablo II, enseñando sobre la misión, nos decía:

“Por medio de la inculturación la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro. Por su parte, con la inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e instrumento más apto para la misión.

Gracias a esta acción en las Iglesias locales, la misma Iglesia universal se enriquece con expresiones y valores en los diferentes sectores de la vida cristiana, como la evangelización, el culto, la teología, la caridad; conoce y expresa aún mejor el misterio de Cristo, a la vez que es alentada a una continua renovación.” (RM52)

Así podemos imaginarnos a la evangelización de la cultura como un movimiento descendente, que viene desde lo alto: en el Evangelio Dios nos regala las pistas para que vivamos una vida plena. A la inculturación la podemos imaginar como un movimiento ascendente, como una manera particular de expresar en contenido del Evangelio, originada por la vivencia de un grupo particular, en un tempo particular y en una geografía particular.

La inculturación de la liturgia no es una tarea sencilla. Por un lado se debe lograr la participación consciente, activa, fructuosa, plena y piadosa. Pero, mucho más importante, se trata de la celebración de los misterios sagrados, del don grande de Dios. Por eso el concilio nos recuerda que no es tarea de cualquiera sino de la “autoridad competente” como recordáramos al hablar de la reforma de la sagrada liturgia. En ese mismo artículo pusimos todo lo referente a la concreta inculturación de la liturgia.

En el año 1994 el Vaticano dio a conocer la “Instrucción Varietates Legitimae, sobre la Liturgia romana y la Inculturación”. Allí se precisan los alcances concretos de las afirmaciones conciliares que estamos comentando. Para quienes estén interesados en profundizar lo pueden hacer desde este link.

Sobre todo esto hablaremos con más detalle hoy en nuestro programa de radio Concilium (a las 22.00 hs por FM Corazón, 104.1 de Paraná). Bienvenidos todos los aportes y sugerencias.

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