Cuidemos las dos vidas: la tuya y la mía,  la tuya y la del otro

Con ocasión de la pandemia, ha surgido nuevamente una polémica en relación al modo de administrar la Comunión, más concretamente acerca de la Comunión en la mano. 

Por una parte, es cierto que la Iglesia concede al fiel el derecho de decidir de qué modo desea recibir a Jesús (en la boca o en la mano – el sacerdote no puede imponer su preferencia personal) y, por otra parte, es también cierto que hoy se vive una situación extraordinaria.

Asimismo, circulan en las redes sociales textos contrastantes, en general unilaterales en su mirada. En consecuencia,  quisiera fundamentar un poco más esta cuestión. Es lógico que en un compartir en las redes no se pueda explayar sobre esto pero cierta unilateralidad puede dañar la amplitud de la mirada eclesial y también el sano ejercicio de la prudencia pastoral.

Con la experiencia de la docencia y la experiencia pastoral creo que se hace necesario profundizar el tema. Además, aún en medio de esta situación tan extraordinaria he sido testigo en primera persona de afirmaciones como éstas: “Comulgo como se debe”, “Comulgar en la mano es herético”, “Mis manos son indignas de recibir al Señor”, etc. Lógicamente, ¡afirmaciones inadmisibles!!! Es, entonces, una ocasión para profundizar.

Jesús en la última cena

Primero, un poco de historia

Durante varios siglos la comunidad cristiana mantuvo con naturalidad la costumbre de recibir el Pan eucarístico en la mano. El más famoso de los testimonios es el documento de san Cirilo de Jerusalén, en el siglo IV, que en una de sus Catequesis sobre la Eucaristía nos describe cómo se acercaban los cristianos a la comunión.

Recientemente, se refieren a este tema las Instrucciones Memoriale Domini (1969) e Immensae caritatis (1973), así como el Ritual de la Comunión (1973). En 1985, la Congregación para el Culto Divino emite una Notificación acerca de la comunión en la mano en la cual expresa que “la Santa Sede, a partir de 1969, aunque manteniendo en vigor para toda la Iglesia la manera tradicional de distribuir la Comunión, concede a las Conferencias Episcopales que lo pidan y con determinadas condiciones, la facultad de distribuir la Comunión dejando la hostia en la mano de los fieles.

Luego de recordar las instrucciones antes citadas y el Ritual de la Comunión añade que la Comunión en la mano debe manifestar, tanto como la Comunión recibida en la boca, el respeto a la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Por esto se insistirá, tal como lo hacían los Padres de la Iglesia, acerca de la nobleza que debe tener en sí el gesto del comulgante”[1]. Finalmente, recuerda que “estas normas, así como las que se dan en los documentos de la Sede Apostólica citados más arriba, tienen como finalidad recordar el deber de respeto hacia la Eucaristía, independientemente de la forma de recibir la comunión”.

En la Argentina, la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) mediante decreto del año 1996 aprueba la posibilidad de dar la Comunión en la mano (decreto reconocido por la Santa Sede)[2].

Cómo es la práctica en la actualidad

Ambas maneras de comulgar pueden ser respetuosas y expresivas: tanto la Comunión en la mano como la Comunión recibida en la boca, deben manifestar el respeto a la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Cómo comulgar con la mano

Para comulgar en la mano se debe extender la mano izquierda, bien abierta, haciéndole con la derecha, también extendida, como un trono -como decía San Cirilo- para luego tomar el Pan con la derecha y comulgar allí mismo, antes de volver a su lugar.

No se toma el Pan ofrecido con los dedos —a modo de pinzas— sino que el ministro lo deposita dignamente en la palma abierta de la mano.

comunion en la mano

No se puede auto-comulgar

De hecho, “no está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano (Instrucción Redemptionis Sacramentum (2004) nº 94)”. En efecto, el recibir los dones de la Eucaristía, el Cuerpo y Sangre de Cristo, de manos del ministro (el presidente o sus ayudantes) expresa la mediación de la Iglesia.

Nadie ignora que este tema sigue generando polémicas, inclusive entre altos dignatarios de la Iglesia[3]. Basta ver un poco en internet. Sin embargo, es el mismo Papa Francisco, quien ha expresado que “según la praxis eclesial, el fiel se acerca normalmente a la Eucaristía [Comunión] en forma de procesión, como hemos dicho … recibiendo el sacramento en la boca o, donde está permitido, en la mano, como se prefiera (cf. OGMR 160-161).

Si somos nosotros los que nos movemos en procesión para hacer la Comunión, nosotros vamos hacia el altar en procesión para hacer la comunión, en realidad es Cristo que viene a nuestro encuentro para asimilarnos a él[4].

Respuestas a cuestiones planteadas

Afirmado lo anterior y ante el contexto actual, cabe dar alguna respuesta a algunas afirmaciones “inadmisibles”:

“Comulgar en la mano es herético”

Queda suficientemente demostrado que no lo es porque este hecho pertenece a la Tradición de la Iglesia y al Magisterio actual de la misma Iglesia. Tampoco es sacrílego -como también se dice- por idénticas razones.

“Mis manos son indignas de tocar al Señor”

Me hace “ruido” esta expresión. Como respuesta, he preguntado: ¿Es digna la lengua? Ante la incapacidad de responder, he indicado la lectura de Santiago, cap. 3, vv. 1-12.

¿No será que quienes afirman que comulgar en la mano es herético sostienen sin saberlo una postura antropológica de tipo gnóstico, siendo el gnosticismo indudablemente una herejía casi tan antigua como la Iglesia misma?[5] ¿De dónde provienen esas afirmaciones ya que no pertenecen a la Tradición ni al Magisterio? Son afirmaciones: ¿ideológicas? ¿devocionales?

 Si pertenecieran al ámbito de una eclesiología discutible no son acertadas… Si provinieran de revelaciones privadas no pueden ir contra la Tradición ni el Magisterio (menos aún si estas revelaciones no tienen el nihil obstat eclesial).

“Sólo manos consagradas pueden tocar al Señor”

Dicen algunos. Cae por tierra el Ministerio Extraordinario de la Comunión, también permitido por la Iglesia.

Es cierto que las manos del presbítero han sido ungidas para confeccionar los sacramentos, acentuando con este aspecto la dimensión sacerdotal del presbítero como cuando se unge la cabeza del obispo se acentúa su dimensión pastoral.

Pero no olvidemos que también los bautizados-confirmados han sido ungidos y forman parte de un pueblo sacerdotal. Quizá haya que profundizar la relación entre el sacerdocio común de los fieles por una parte y el sacerdocio ministerial por la otra.

Ministro Extraordinario de la Comunión

“Comulgo como se debe”

Me dijo una persona: entendiendo que se debe comulgar en la boca con exclusión de la comunión en la mano. Ciertamente, no juzgo sus intenciones pero sí la parcialidad de su afirmación y el riesgo que desde una elección personal haga “escuela” sin fundamentos y sin la “adhesión cordial” a la enseñanza de la Iglesia” creyendo que la suya es “la enseñanza” sobre este tema, tal vez basada en algún indiscutible leader (ciegamente obedecido[6]) o en algún “influencer” de turno…

Conclusiones que abren más cuestiones

Puede parecer desubicado de parte mía ocuparme de estas cosas ahora –en tiempos de pandemia. Pero también es doloroso ver cómo algunos cristianos corren el riesgo de “clausurarse” auto-referencialmente en este tema, precisamente, en tiempo de pandemia.

La tentación de la esclerocardía

Queda claro que comulgar en la boca o en la mano exige el respeto al Señor. Queda claro que comulgar de un modo u otro -en tiempo de normalidad- es una opción del fiel.

Lo que no es fácil asumir es la “dificultad” de algunos a usar este modo de comulgar en un tiempo como éste. Se dio también durante la Gripe A. No es saludable que en situaciones como éstas, los comulgantes se vuelvan incapaces de una sana adecuación a las circunstancias. ¿No será este un momento para ejercitar la virtud  de la epiqueya? A veces estoy “tentado” de pensar en la “actualidad” de la esclerocardía de algunos contemporáneos de Jesús, ¡tan duramente criticada por Él!

Presumo que el Señor no se enojará si, por cuidar la salud de otros me esfuerzo en acatar estas disposiciones prudenciales (no digo de modo definitivo sino provisoriamente). Si al comulgar en la boca, el comulgante tuviera el virus, un pequeñísima porción de saliva en la punta del dedo del sacerdote, podría ser transmisora del virus a otro hermano-comulgante.

El Señor –que nos mandó amar al prójimo como a nosotros mismos- ¿estaría de acuerdo con esa “llamativa” actitud respetuosa hacia Él pero con una “llamativa” indiferencia hacia el otro hermano-comulgante. San Juan enseña que “el que ama a Dios, debe amar también a su hermano” … ya que “el que dice amo a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso” (1Jn. 4,20).

Finalmente, creo que podremos continuar estudiando otras cuestiones dogmáticas y psicológicas subyacentes en este problema pero la pandemia no es sino un disparador para que, Dios mediante, más adelante -en tiempos de bonanza- lo podamos hacer.

¿Quién soy yo para juzgar?

Me queda aún un punto para considerar. Alguien ha afirmado en las redes: “Parafraseando al Papa Francisco: Si alguien quiere comulgar en la mano y busca a Dios, ¿quién soy yo para juzgar? Y si alguien prefiere no pasar a comulgar sacramentalmente -porque no quiere recibir a Jesús en sus manos- y prefiere por un tiempo hacer la comunión espiritual, ¿quién soy yo para juzgar?”.

Expreso mi parecer adverso acerca de esta afirmación. ¿Quién soy yo para juzgar? Es cierto que es una afirmación del Papa Francisco. La dijo en un contexto. También es cierto que no siempre ha sido bien interpretada.

Sencillamente, no es lo mismo comulgar sacramentalmente que espiritualmente. Es cierto que existe la comunión espiritual pero es cierto que la comunión sacramental se impone por sí misma del mismo modo que la celebración de la Misa es prioritaria con respecto a la Adoración al Santísimo, ya que la primera es la fuente de la segunda.

Comunion mano Benedicto

La deseada comunión sacramental

En efecto, Benedicto XVI afirma que “sin duda, la plena participación en la Eucaristía se da cuando nos acercamos también personalmente al altar para recibir la Comunión. … Aun cuando no es posible acercarse a la Comunión sacramental, la participación en la santa Misa sigue siendo necesaria, válida, significativa y fructuosa. En estas circunstancias, es bueno cultivar el deseo de la plena unión con Cristo, practicando, por ejemplo, la comunión espiritual, recordada por Juan Pablo II y recomendada por los Santos maestros de la vida espiritual” (Benedicto XVI: Sacramentum Caritatis: n 55[7]).

Pero me pregunto: ¿Se puede deducir de este texto la abstención de la comunión simplemente por un no-querer hacerlo en la mano o se trata de otras situaciones  en las que un fiel pueda “cultivar el deseo de la plena unión con Cristo”?

Mucha gente en esta época de pandemia se ha visto obligada a sólo la Comunión espiritual pero quedarse con ésta pudiendo acceder a la comunión sacramental me parece relativizar el sacramento; en definitiva estaríamos ante la posibilidad de una cierta relativización de las palabras de Cristo: “Tomen y coman”… “Tomen y beban”. Es el mandato de Jesús, vivido desde los primeros tiempos con simplicidad y sin tantas añadiduras…

Creo que también esta relación debe profundizarse: entre la comunión sacramental y la comunión espiritual.


Notas

[1] A. Pardo, Documentación litúrgica. Nuevo Enquiridion. De San Pío X (1903) a Benedicto XVI, Burgos, Monte Carmelo, 2006, 441-442.

[2] CEA, El nuevo Misal Romano, Buenos Aires, Oficina del Libro, 2009, 51. Una noticia sobre este modo de comulgar –tradicional por una parte y recuperado por otro- se produjo en 1996. Un artículo del Diario La Nación, titulado La comunión podrá darse en la mano expresa –entre otros conceptos- que “la decisión se fundamenta en razones teológicas y pastorales que indican que «no existe ninguna indignidad para que el laico pueda tocar la Eucaristía con sus manos»”. También afirma que “pese a la autorización de la Santa Sede y a la resolución de la Conferencia Episcopal, la modificación generó controversias”.  Llama la atención una frase del artículo por su actualidad: “Actualmente se corre el riesgo de que la mano del sacerdote, al tocar involuntariamente la lengua del que se acerca a comulgar, pueda transmitir a los fieles alguna enfermedad contagiosa…”.

[3] Para una profundización de este argumento cf. M. Augé, El papa Francisco y la liturgia, en Revista Phase 349  (2019) 9-20.

[4] Francisco, Audiencia del 21 de marzo de 2018.

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[5] Asimismo se podría profundizar en la “bondad” de las manos desde una antropología de la corporeidad humana en la línea del pensamiento del gran pontífice San Juan Pablo II. Esto implicaría la valoración del hombre como “unus (in) corpore et anima”(cf. Catecismo de la Iglesia Católica 362-368). Asimismo, se puede profundizar el valor de las manos como símbolo de la acción del hombre (cf. J. Aldázabal, Gestos y Símbolos, Barcelona, Dossiers CPL 40 (2000), 94-99) y como medio de relación. Desde esta última perspectiva, podrían las manos ser también expresivas de la relación con el Señor. En una palabra, se trataría de ahondar en la dimensión del hombre como homo simbolicus.

[6] Otra posibilidad de análisis: la probable postura fideísta subyacente en estas afirmaciones.

[7] En Ecclesia de Eucaristía, Juan Pablo II afirma que: “es conveniente cultivar en el ánimo, el deseo constante del sacramento eucarístico. De aquí ha nacido la práctica de la comunión espiritual (EE n. 34). Para una profundización habrá que estudiar el tema en Santo Tomás de Aquino;  ST, III, 80, 1, el Concilio de Trento, los maestros de la vida espiritual, etc.

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Sacerdote. Doctor en Teología especializado en liturgia y catequesis.