El maestro interior

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Buscamos una verdad que le dé verdadero sentido a nuestras vidas. La buscamos a tientas… probando los distintos caminos que el mundo, las circunstancias de la vida, nos van presentando. Y… uno a uno nos van dejando vacíos. Comenzamos ilusionados hasta que, luego de un tiempo… la desilusión nos invade la vida de nuevo… Y seguimos.

Pentecostés

Pero hay un momento especial en nuestra vida. Un momento en el cual encontramos “El” Camino. Nos topamos con el verdadero rostro de Jesús y su Palabra que da vida… que nos llena el corazón. Y no nos invade la ilusión sino la esperanza.

No quiero detenerme hoy en este encuentro con el Resucitado. Sino que tomemos conciencia de que, si lo podemos tener, no es por nuestro esfuerzo personal sino por la guía interna de un Maestro Interior. Es Él quién conduce el proceso a la plenificación de cada ser humano.

La resonancia en el corazón

Uno se sorprende que podamos gustar de las cosas de Dios. Que pueda impactar en nuestros corazones la predicación del Nombre de Jesús es un misterio que escapa a nuestra razón. San Pablo nos explica que es lo que pasa, desde su propia experiencia:

“Por mi parte, hermanos, cuando los visité para anunciarles el misterio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría. Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado. Por eso, me presenté ante ustedes débil, temeroso y vacilante. Mi palabra y mi predicación no tenían nada de la argumentación persuasiva de la sabiduría humana, sino que eran demostración del poder del Espíritu, para que ustedes no basaran su fe en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Es verdad que anunciamos una sabiduría entre aquellos que son personas espiritualmente maduras, pero no la sabiduría de este mundo ni la que ostentan los dominadores de este mundo, condenados a la destrucción. Lo que anunciamos es una sabiduría de Dios, misteriosa y secreta, que él preparó para nuestra gloria antes que existiera el mundo; aquella que ninguno de los dominadores de este mundo alcanzó a conocer, porque si la hubieran conocido no habrían crucificado al Señor de la gloria.

Nosotros anunciamos, como dice la Escritura, lo que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman. Dios nos reveló todo esto por medio del Espíritu, porque el Espíritu lo penetra todo, hasta lo más íntimo de Dios.

¿Quién puede conocer lo más íntimo del hombre, sino el espíritu del mismo hombre? De la misma manera, nadie conoce los secretos de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para que reconozcamos los dones gratuitos que Dios nos ha dado.

Nosotros no hablamos de estas cosas con palabras aprendidas de la sabiduría humana, sino con el lenguaje que el Espíritu de Dios nos ha enseñado, expresando en términos espirituales las realidades del Espíritu.

El hombre puramente natural no valora lo que viene del Espíritu de Dios: es una locura para él y no lo puede entender, porque para juzgarlo necesita del Espíritu. El hombre espiritual, en cambio, todo lo juzga, y no puede ser juzgado por nadie.

Porque ¿quién penetró en el pensamiento del Señor, para poder enseñarle? Pero nosotros tenemos el pensamiento de Cristo.” (1 Cor 2,1-16)

El Maestro interior

Jesús había prometido que, cuando Él partiera, nos enviaría a Alguien que nos enseñaría y nos recordaría todo lo que Él mismo había enseñado por los caminos de Israel (Jn 14,26). Y la promesa se cumplió en Pentecostés. Y se cumple en cada uno de nosotros cuando dejamos que Él haga su obra en nuestros corazones.

San Agustín, al explicar esto, nos da la clave para alcanzar la sabiduría:

“Para entender alguna cosa, no consultamos la voz que suena fuera, sino la verdad que reina dentro en el espíritu; las palabras todo lo más nos mueven a consultarla. Y esta verdad consultada enseña; y es Cristo, que habita en el hombre interior. El es la inmutable Virtud y la eterna Sabiduría de Dios, que todo ser racional consulta.”

El lugar dónde se produce ese encuentro con el Maestro interior es la conciencia:

“En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo.” (GS 16)

Está en nosotros, pues, el  querer dejar enseñarnos para no sufrir las desilusiones constantes por las falsas verdades que nos invaden… que nos alejan del camino de Jesús… de la felicidad eterna.

Como actúa

En este video les explico cómo es que actúa este Maestro interior en la primera comunidad cristiana, haciendo descubrir a los Apóstoles el verdadero sentido de su misión evangelizadora.


Esta es, en verdad, una experiencia que se sigue repitiendo en la Iglesia, cada vez que se hace un proceso de discernimiento para encontrar la Voluntad de Dios.

¿Y vos?

¿Alguna vez sentiste esa iluminación interior del Espíritu Santo? ¿Alguna vez descubriste cuál era el camino correcto… así nomás… como una simple intuición de que era eso y no más?

Compartínos tu experiencia en la sección comentarios, al final de este artículo.

2 Comentarios

  1. Gracias Padre Fabián que atraves de usted voy entendiendo cada día más y más sobre la palabra de Dios, gracias por decirle si a nuestro Señor, que nuestro Señor lo bendiga siempre

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