El Libro del Consuelo

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La Cuaresma es un tiempo de encuentro con el Señor, con su Palabra, con su Rostro. Desde allí nace la conversión de las costumbres. Por esto es bueno encontrarse diariamente con Él. Una ayuda es la Lectio Divina.

La lluvia de ayer (y los cortes de luz) me impidieron hacer algo que quería para todos los viernes de esta Cuaresma: regalarles un texto bíblico para que puedan meditarlo. He elegido la segunda parte del Libro de Isaías (del Capítulo 40 al 55). Dicen los estudiosos que este es un profeta distinto al de la primera parte. Le escribe a un Pueblo de Dios que está en el exilio, en Babilonia. Ya han pasado unos años de la deportación y el Señor les envía un profeta para darles consuelo. Leamos:

¡Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios!
Hablen al corazón de Jerusalén y anúncienle que su tiempo de servicio se ha cumplido, que su culpa está paga, que ha recibido de la mano del Señor doble castigo por todos sus pecados.

Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios! ¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas; que las quebradas se conviertan en llanuras y los terrenos escarpados, en planicies! Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntamente, porque ha hablado la boca del Señor.

Una voz dice: «¡Proclama!».

Y yo respondo: «¿Qué proclamaré?».

«Toda carne es hierba y toda su consistencia, como la flor de los campos: la hierba se seca, la flor se marchita cuando sopla sobre ella el aliento del Señor. Sí, el pueblo es la hierba. La hierba se seca, la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre».
Súbete a una montaña elevada, tú que llevas la buena noticia a Sión; levanta con fuerza tu voz, tú que llevas la buena noticia a Jerusalén. Levántala sin temor, di a las ciudades de Judá: «¡Aquí está tu Dios!». Ya llega el Señor con poder y su brazo le asegura el dominio: el premio de su victoria lo acompaña y su recompensa lo precede. Como un pastor, él apacienta su rebaño, lo reúne con su brazo; lleva sobre su pecho a los corderos y guía con cuidado a las que han dado a luz

¿Quién midió las aguas en el hueco de su mano y abarcó con la palma las dimensiones del cielo? ¿Quién hizo caber en una medida el polvo de la tierra o pesó en una báscula las montañas y en una balanza la colinas?
¿Quién abarcó el espíritu del Señor y qué consejero lo instruyó?
¿Con quién se aconsejó para que le hiciera comprender, para que le enseñara el sendero del derecho, para que le enseñara la ciencia y le hiciera conocer el camino de la inteligencia?
Sí, las naciones son como una gota que cae de un balde, cuentan como un grano de polvo en la balanza; las islas pesan lo mismo que el polvillo. El Líbano no bastarías para encender fogatas, sus animales no bastarían para los holocaustos.

Todas las naciones son como nada ante él, cuentan para él como la nada y el vacío. (Is 40,1-17)

La cuaresma será tiempo de consuelo sólo si nos volvemos a Dios. El resto… se los dejo a su meditación personal. El viernes que viene, otro texto de este Libro.

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