Cómo se hace el discernimiento de los signos de los tiempos

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En artículos anteriores recordamos que la Constitución Pastoral Gaudium et Spes se centraba en el dialogo que la Iglesia quiere entablar con el mundo. Para eso utiliza un método en el cual parte de la realidad que compartimos a fin de iluminarla con la Palabra y encontrar así cauces concretos para la acción eclesial. Hoy nos detendremos en que significan exactamente estos signos de los tiempos y cómo es el proceso del discernimiento de los mismos.

Los valores del Reino no se encierran solamente dentro de los límites visibles de la Iglesia, sino que la trascienden. Para que la Iglesia cumpla su misión, es necesario que discierna los signos de los tiempos, que conozca el mundo en el que vivimos con sus esperanzas y aspiraciones, que escuche también a través de su vida la voz de Dios que le señala caminos para su misión. Ese es el desafío.

¿Qué significa discernir?

El termino discernimiento tiene una fuerte connotación evangélica. Unas 22 veces se emplea en el Nuevo Testamento el concepto “discernir” (dokimasein) y se mira como un deber el pensar ante Dios las acciones y las decisiones (por ejemplo leamos: 1 Cor 11, 28-29; 2 Cor 13,5-6; Gal 6,4-5).

En los documentos eclesiales el término discernimiento es usado de diferentes maneras. A veces es reemplazado por otros sinónimos, como reconocer, descubrir, escrutar, interpretar. Esta variedad de vocabulario esconde una riqueza de contenido.

Discernir tiene un doble significado. Por una parte hace referencia a separar o distinguir aspectos o niveles de la realidad. Por la otra parte significa conocer (o reconocer) lo bueno o lo malo de la realidad. Es importante tener en cuenta estos dos sentidos porque uno puede “separar” sin llegar propiamente a “discernir” qué es bueno, malo o ambiguo en la realidad.

El primer discernimiento (distinción de aspectos) no compromete mayormente al sujeto que hace la distinción. En cambio el segundo lo compromete a actuar (decidirse) según lo que ha interpretado ser, para él, una voluntad de Dios.

En cuanto al sujeto que realiza este proceso podemos decir que es una persona cuando hace lo que San Ignacio de Loyola ha denominado “discernimiento de espíritus”. Pero también el sujeto puede ser una comunidad de fe (comunidad de base, movimiento eclesial, parroquia, iglesia local…). La primera es propia de la Teología Espiritual. La segunda es abordada por la Teología Pastoral. Sobre este último aspecto nos detendremos ahora.

Distinguir entre los signos de los tiempos y los signos de Dios

¿Que sería discernir los signos de los tiempos? La respuesta que da el Concilio es doble.

Por una parte es considera que es distinguir los acontecimientos que pertenecen a nuestro tiempo presente.

“… es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas. Es necesario por ello conocer y comprender el mundo en que vivimos, sus esperanzas, sus aspiraciones y el sesgo dramático que con frecuencia le caracteriza.” (GS 4)

Pero más adelante habla de reconocer en esos signos la voluntad de Dios para nosotros.

“El Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios.” (GS 11)

Recordando lo que ya dijimos sobre el contenido de esta Constitución, notemos como la primera cita se encuentra en la exposición preliminar, es decir, dentro del momento del “ver” la realidad. La segunda está situada la Primera Parte, cuando produce el “juzgar” dando los criterios desde la revelación divina. Esto es así porque a lo primero lo podemos compartir con todos los hombres de buena voluntad y le decimos: “distinguir los signos de los tiempos”. A lo segundo, que es propio del creyente y de su mirada desde la fe, lo llamaremos “discernir los signos de Dios”. Lo segundo supone lo primero.

Primer paso: distinguir entre signos y hechos de nuestro tiempo

Esta primera distinción entre hechos y signos de nuestro tiempo es fundamental. Para no quedarnos en acontecimientos, exigencias o deseos que no configuran un signo del tiempo en que se vive. Para esta distinción los autores dan cuatro criterios:

  1. Lo típico, lo característico

Cuando un hecho (o conjunto de hechos) caracteriza a nuestra época, entonces merece llamarse signo de los tiempos. Estos pueden ser grandes hechos, acontecimientos y actitudes o relaciones. Un modo de encontrar estas notas características es fijarse en las nuevas expresiones jurídicas. El derecho, como forma jurídica de la cambiante vida social, no dejará de reflejar (aunque con cierto retraso) lo que ocurra de importancia en la vida de las sociedades.

2. Los indicios de tiempos mejores

El acontecimiento (o conjunto de acontecimientos) es signo de los tiempos cuando es como la luz del amanecer en un contexto donde no faltan las sombras. Veámoslo desde las palabras de Mons. Pironio:

“Cuando el hombre toma conciencia de la profundidad de su miseria (individual y colectiva, física y espiritual), se va despertando en él un “hambre y sed de justicia” verdadera que lo prepara a la bienaventuranza de los que han de ser saciados y se va creando en su interior una capacidad muy honda de ser salvado por el Señor. Es preciso que el hombre (enseña Santo Tomás, S Th 3,1,5) padezca primero la humillación de su pecado, experimente la necesidad de un liberador, reconozca su propia debilidad, para que pueda clamar por el médico y tener hambre de su gracia…

Esta es la primera afirmación, llena de optimismo sobrenatural y de responsabilidad cristiana, para quién interpreta los acontecimientos actuales a la luz de la fe… Por lo mismo conviene que nos situemos en perspectiva de esperanza… Pero la esperanza es real cuando se toma también conciencia de que el “misterio de iniquidad está actuando” (2 Tes 2,7)…

En esta doble perspectiva (de esperanza que debe ser reafirmada y de real situación de pecado, que debe ser vencido) debemos interpretar los signos de los tiempos en América Latina…” (en :“Profeta de esperanza”; pág 198-200)

3. El “consensus” o persuasión colectiva

Esto no versa sobre los hechos, o los conjuntos de hechos, sino sobre su sentido ulterior. Son acontecimientos en los cuales estamos sumergidos y que, en un primer momento no tienen ninguna relación entre sí ni, mucho menos, significación ulterior. Pero un día un observador atento descubre en ellos un “sentido”, una significación nueva. Y todos nos damos cuentas de que eso nos cambia o nos ha cambiado la vida.

4. Importancia, profundidad e irreversibilidad

Estos tres criterios tienen una nota de totalidad porque, o afecta a todo el hombre, o afecta a todos los hombres.

Segundo paso: discernir los signos de Dios

Esta segunda parte del proceso es reconocer la voluntad de Dios, percibir la tentación anti-divina y (gracias a ella), conocer mejor el llamado divino, no de cualquier manera, sino en los signos de los tiempos y refiriéndose a ellos. El objetivo final es una decisión pastoral: la de colaborar con la voluntad de Dios para nuestro tiempo y nuestra situación.

¿Quién lo tiene que hacer? Pablo VI, en atención a la diversidad de situaciones que tiene que afrontar el cristiano en el mundo, de acuerdo al lugar dónde le toca vivir, invita al discernimiento comunitario:

“Ciertamente, son muy diversas las situaciones en las cuales, de buena gana o por fuerza, se encuentran comprometidos los cristianos, según las regiones, los sistemas socio-políticos y las culturas. En unos sitios se hallan reducidos al silencio, considerados como sospechosos y tenidos, por así decirlo, al margen de la sociedad, encuadrados sin libertad en un sistema totalitario. En otros son una débil minoría, cuya voz difícilmente se hace sentir. Incluso en naciones donde a la Iglesia se le reconoce su puesto, a veces de manera oficial, ella misma se ve sometida a los embates de la crisis que estremece la sociedad, y algunos de sus miembros se sienten tentados por soluciones radicales y violentas de las que creen poder esperar resultados mas felices. Mientras que unos, inconscientes de las injusticias actuales, se esfuerzan por mantener la situación establecida, otros se dejan seducir por ideologías revolucionarias, que les promete, con espejismo ilusorio, un mundo definitivamente mejor.

Frente a situaciones tan diversas, nos es difícil pronunciar una palabra única como también proponer una solución con valor universal. No es este nuestro propósito ni tampoco nuestra misión. Incumbe a las comunidades cristianas

analizar con objetividad la situación propia de su país,

esclarecerla mediante la luz de la palabra inalterable del Evangelio,

deducir principios de reflexión, normas de juicio y directrices de acción

según las enseñanzas sociales de la Iglesia tal como han sido elaboradas a lo largo de la historia especialmente en esta era industrial, a partir de la fecha histórica del mensaje de León XIII sobre la condición de los obreros, del cual Nos tenemos el honor y el gozo de celebrar hoy el aniversario.

A estas comunidades cristianas toca discernir, con la ayuda del Espíritu Santo, en comunión con los obispos responsables, en diálogo con los demás hermanos cristianos y todos los hombres y mujeres de buena voluntad, las opciones y los compromisos que conviene asumir para realizar las transformaciones sociales, políticas y económicas que se consideren de urgente necesidad en cada caso.

En este esfuerzo por promover tales transformaciones, los cristianos deberían, en primer lugar, renovar su confianza en la fuerza y en la originalidad de las exigencias evangélicas. El Evangelio no ha quedado superado por el hecho de haber sido anunciado, escrito y vivido en un contexto sociocultural diferente. Su inspiración, enriquecida por la experiencia viviente de la tradición cristiana a lo largo de los siglos, permanece siempre nueva en orden a la conversión de la humanidad y al progreso de la vida en sociedad, sin que por ello se le deba utilizar en provecho de opciones temporales particulares, olvidando su mensaje universal y eterno.” (Octogesima Adveniens, 3-4)

Actitudes que se deben tener

Para que la Iglesia pueda realizar su acción pastoral desde este criterio de los signos de los tiempos, es necesario:

+ Una actitud de apertura que rompa la intraeclesialidad y penetre en la vida de los hombres

+ Una valoración del mundo como lugar de la presencia incipiente del Reino

A su vez, este discernimiento pastoral implica:

+ Una doctrina iluminadora del sentido de la realidad y de las opciones básicas de sentido que han de estar subyaciendo en todo compromiso de acción.

+ Un compromiso concreto con la realidad asumido desde las opciones de cada uno de los cristianos. Compromiso que se traduce en las distintas presencias en la construcción del mundo

+ Una postura crítica ante las propias opciones, confrontándolas continuamente con el Evangelio, con la voz de la Iglesia y con los otros creyentes.

Esto y con añadidos varios…

Esta noche en mi programa de rado Concilium. Lo pueden escuchar por la FM Corazón (104.1 de Paraná). Todos los escritos de esta serie (en su tercer año de emisión) están alojados en la pestaña Concilium.

Y si hay comentarios y aportes… bienvenidos son.

2 Comentarios

  1. me gusta todo lo relacionado con la palabra de la igleia y me gustaria aprender mas

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