La Virgen María, discípula y peregrina

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La devoción a los santos tiene dos objetivos dentro de la vida de la Iglesia. El más difundido es el de pedir la intercesión de ellos ya que están cerquita de Dios. Los santos (y la Virgen como la más grande entre ellos) no conceden milagros. El único que obra milagros, o actúa providentemente, es Dios Padre a través de su Hijo encarnado, Jesús, por la fuerza del Espíritu Santo. Los santos son nuestros amigos que nos hacen el favor de acercarnos al que es fuente de toda Vida.

El otro objetivo es el de inspirarnos en sus vidas. Los santos son evangelios que se han hecho vida y nos dicen que es posible seguir el camino de Jesús. Los imitamos en cuanto ellos fueron imitadores de Cristo.

Hoy queremos detenernos a mirar la vida de María para inspirar nuestra vida. Y lo haremos bajo dos aspectos muy importantes y estrechamente unidos: como discípula y como peregrina en la vida.

Discípula de su hijo que es el Hijo

Cuando algún líder latinoamericano se acerca a saludar al Papa Francisco este le regala el documento de Aparecida. La idea es que lo lean para que sepan en qué anda concretamente la Iglesia Católica. Así que nos atrevemos ahora a citar una frase de ese documento tan apreciado por nuestro Sumo Pontífice:

“La máxima realización de la existencia cristiana como un vivir trinitario de “hijos en el Hijo” nos es dada en la Virgen María quien, por su fe (cf. Lc 1, 45) y obediencia a la voluntad de Dios (cf. Lc 1, 38), así como por su constante meditación de la Palabra y de las acciones de Jesús (cf. Lc 2, 19.51), es la discípula más perfecta del Señor.” (DA 266)

Aquí tenemos las tres características esenciales que hacen de la Virgen la perfecta discípula de Jesús. Desarrollémosla brevemente.

1.- La fe

El saludo de su prima Isabel al verla entrar a su casa hace referencia al motor interno de María: “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc 1,45). La fe nace de una experiencia personal de encuentro con el Dios Vivo. Y a partir de ese momento todo comienza a girar detrás del único que es importante e imprescindible. Cree en Dios quién lo conoce como Padre Providente que camina junto a nosotros y no nos abandona. Cree en Dios quién sabe que todo lo puede esperar de Él.

2.- La obediencia

Pero no basta creer en Dios, hay que creerle a Dios. Es decir, hay que saber escuchar su Palabra y ponerla en práctica. Es la actitud de María luego de esa experiencia divina fundante: “María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho»” (Lc 1,38). En ese momento la persona se estremece y decide orientar su vida de acuerdo a la Palabra Divina. Obedecer significa escuchar, no como oyente olvidadizo, sino como quién se toma en serio al que está más allá de todo lo humano.

3.- La meditación

La fe tiene que ser alimentada por la memoria del corazón. María no entendía muchas cosas que le pasaban, pero como eran signos de Dios que le hablaba, entonces “conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19.51). En algunas espiritualidades católicas la meditación era entendida, sobre todo, como un ejercicio de la inteligencia que “repasaba” los contenidos de la fe (exagero un poquito). En la onda “New Age” de nuestro mundo contemporáneo la meditación es entendida simplemente como un vaciamiento interior para entrar en la armonía interior. Ni uno ni otro. La meditación, tal como la practicaba María, era un entrar en el corazón a través de la memoria de la Palabra de Dios para crecer en la intimidad divina que ayuda a iluminar la vida de cada día. Por eso la verdadera meditación nos lleva a la conversión diaria.

La peregrina de la fe

Continúa diciendo el documento de Aparecida sobre María:

“Ella ha vivido por entero toda la peregrinación de la fe como madre de Cristo y luego de los discípulos, sin que le fuera ahorrada la incomprensión y la búsqueda constante del proyecto del Padre.” (DA 266)

Una peregrinación es marchar, como pueblo, hacia un Santuario. Peregrinar supone ponerse en movimiento, caminar paso a paso con la esperanza de llegar a la meta.

De María podemos decir que fue discípula en cuanto se dejaba enseñar por el Señor. Pero el verdadero discípulo es el que peregrina, es decir, quién vive su fe cada día caminando hacia el Cielo prometido. Así todo verdadero discípulo es por esencia peregrino de la Vida. En María ese peregrinar la fue configurando de acuerdo a las circunstancias que le tocaba vivir. Descubramos algunos rasgos de su peregrinar en la fe.

1.- Esposa y madre

Vivió en Nazaret cerca de treinta años. Allí atendía el hogar que había formado con José y cuidaba a su hijo. Después de que se les perdiera el niño en el Templo, se dice de él que volvieron a Nazareth y vivía sujeto a ellos y “Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia, delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,52). Así resume la santificación de María: hacer la voluntad de Dios en lo diario, en lo sencillo y humilde, allí donde el Señor le pidió que germinara. Peregrinar en la fe significa animarse a vivir lo cotidiano con sabor de eternidad.

2.- Mujer solidaria

La peregrinación de la fe significa estar atento a las necesidades del que está junto a mí. Dos actitudes de la Virgen nos acerca el Evangelio. La primera, luego de enterarse por la voz del ángel que su prima Isabel está embarazada… no se quedó con la simple noticia. Al contrario: “en aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá… María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa” (Lc 1, 39.56). Esos tres meses fueron para ayudar a su pariente, ya anciana, en el tiempo previo al parto.

El otro, del cual ya sabemos cómo termina la historia, comienza con la mirada atenta de una mujer que se preocupa por lo que le pasa al otro: “Se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí… Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino». Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía». Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga». (Jn 2, 1-5)

3.- No le es ajeno el dolor

Peregrinar en la fe significa también aceptar que el misterio del dolor y la muerte están presentes en nuestra vida. Con su bebé en brazos, el Anciano Simeón le había profetizado: “a ti misma una espada te atravesará el corazón” (Lc 2,35). Esa espada comenzó a tocarla al quedar viuda de José. Pero fue muy profunda al tener que vivir lo que ninguna madre desea: “junto a la cruz de Jesús, estaba su madre” (Jn 19,25). María nos enseña a comprender el misterio del dolor y de la muerte a la luz de la fe, de la voluntad de Dios. Y, sobre todo, nos ayuda a vivirlo desde la certeza de la resurrección.

4.- La hija mayor de la Iglesia

Antes de despedirse Jesús le dice a la pequeña comunidad católica que había congregado que: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra… Cuando llegaron a la ciudad, subieron a la sala donde solían reunirse. Eran Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas, hijo de Santiago. Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.” (Hch 1, 8.13-14

En el Cenáculo, a los cincuenta días de la resurrección, el Hijo Glorificado y el Padre envían al Espíritu Santo haciendo nacer a la Iglesia. María también estaba allí, enseñándonos que para cumplir la voluntad de Dios y ser peregrina de la Fe necesitamos de esa comunidad querida por Jesús.

2 Comentarios

  1. Felicitaciones Padre Fabián, por este excelente artículo sobre la Virgen María, discípula y peregrina. Me encanta estudiar temas acerca de nuestra Madre Santísima. Como catequista, siempre me obligo a seguir mi instrucción, continua y permanente para prepararme cada día, más y mejor.

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