La cuarentena se hace larga. Producen en nosotros mucha ansiedad. Y se desatan los demonios interiores que nos llevan, de la mano de la angustia, a la desesperación y el sin-sentido de la vida. Los psicólogos nos ofrecen muchas técnicas para el manejo de este estrés.

Pero este no es el verdadero camino del creyente. El Señor camina junto a nosotros. Es algo que no debemos olvidar. Y desde esta certeza construir nuestro caminar en paz y armonía por la vida.

Te propongo estas pequeñas meditaciones que nos recuerdan que la carga puede ser pesada pero… hay alguien que la lleva con nosotros.

No confiar en los curanderos existenciales

«Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos.» (Salmo 24,4)

¿Quién me dará la receta para vivir bien, para ser feliz? Esta es la gran búsqueda de siempre… de hoy. Una búsqueda que encuentra multitud de respuestas: todos opinan y nos dicen lo que creen que es lo correcto, lo óptimo, lo infalible. Y probamos… y nos desilusionamos. Porque descubrimos que sabían muy poco los humanos que decían tener la llave de la felicidad.

Gran parte de esa desilusión es culpa nuestra. Vemos que hay males en nuestra existencia y vamos a los “curanderos” para que nos den pociones mágicas. Curanderos que los hay con buenas intenciones o farsantes. Pero el resultado siempre es el mismo: aplacan por un rato los síntomas… pero al final los mismos males nos vuelven a aquejar… a veces agravados.

Es hora de dejar a los curanderos y consultar el médico que en verdad sabe de la vida. Y ese médico es Dios, es su Palabra. Él que nos regaló la existencia tiene los verdaderos remedios para que enfrentemos las crisis existenciales. Claro… para eso debemos abrirnos a su presencia, confiar en Él… ¡creerle!

La respuesta de Dios a la oración creyente

«Señor, no me ocultes tu rostro en el momento del peligro.» (Salmo 101, 3)

Hay momentos en los cuales nuestras fuerzas flaquean y nos atrevemos a elevar nuestra plegaria al Señor. Allí le pedimos con confianza que no se acorten los días de nuestra existencia, que se extiendan sin fin. ¿Está bien hacer esto? Por supuesto. Jesús nos enseñó a elevar con insistencia nuestra plegaria al Padre, que nos conoce y sabe lo que necesitamos.

Pero… eso no quiere decir que porque elevemos la plegaria la respuesta del Señor va a ser de acuerdo a lo que estamos necesitando. El sabe que es lo que es lo mejor para nosotros. Por eso dará lo que su Providencia considere correcto.

En el plan de Dios está la vida de sus hijos. También está la muerte de sus hijos… aunque eso nos descoloque. Y si… la Pascua es celebrar que el Dios de la Vida venció la muerte… que el morir es un paso para el vivir… que hay una Casa con una habitación preparada para nosotros…

Por eso toda plegaria se debe hacer con una convicción interior: pedir que se haga su Voluntad en el cielo como en la tierra…

El combate entre la soberbia y la fragilidad

«¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos hacen vanos proyectos?» (Salmo 2,1)

El corazón humano cuando está frágil siente la necesidad de ayuda. Me descubro limitado y percibo que el otro potencia mi existencia. También descubro que el Totalmente Otro, Dios, me da fuerzas para superarme.

Pero cuando la situación afloja, nos olvidamos de lo que somos. Nos aislamos en la satisfacción de las propias necesidades. El otro pasa a ser un estorbo para mi progreso. Dios una molestia de la cual se puede prescindir. Florece así la soberbia de la vida… que lo único que hace es destruir lo que nos rodea, destruirnos a nosotros mismos.

Es tiempo de descubrir que mi fragilidad es parte de mi naturaleza. Es tiempo de aprender a potenciar la propia fragilidad con el compartir solidario. Es tiempo de dejarse potenciar en la fragilidad por el Padre Misericordioso.

La convicción de que es poderoso el brazo de Dios

«Yo pongo mi vida en tus manos: tú me rescatarás, Señor, Dios fiel.» (Salmo 30,6)

Vivir en profundidad la fe no sale gratis. La verdad incomoda a quién prefiere mentiras y engaños. La bondad descoloca a quien con sus maldades alimenta sus intereses. La inocencia y pureza de intenciones irrita al que tiene el corazón torcido por sus pasiones.

Y el mal se desata… con pequeñas actitudes de desprecio o con  persecuciones que buscan arruinar la vida.

Frente a esto el católico actúa como creyente. Es poderosa la maldad desatada contra el inocente. Pero más poderoso es el brazo de Dios que protege. Hasta el último pelo de nuestra cabellera está contabilizado por Dios Padre. En el confiamos y no reculamos en nuestro deseo de ser buenos… de ser santos.

Estamos salvados de nuestras angustias

«Este pobre hombre invocó al Señor: él lo escuchó y los salvó de sus angustias.» (Salmo 33,7)

La angustia forma parte de nuestras vidas en muchas ocasiones. Es un temor que nos oprime sin una causa precisa. Es aflicción, congoja, ansiedad. Vivimos, así, prisioneros de un sentimiento, o… que nos hemos creado, o… que nos ha generado una situación que no podemos dominar.

La tentación recurrente es la de evadirla a través de vicios o adicciones que nos hacen olvidar… un rato nada más. Y nos destruyen como personas. Y destruyen a los que nos rodean.

La salida plenamente humana es enfrentarla con coraje. Pero a veces no tenemos las fuerzas para hacerlo: somos frágiles criaturas.

Es bueno recordar que nuestro Dios nos tiende su mano de Padre. No nos deja solos. Nos regala la presencia de su Espíritu Santo para darnos seguridad, para librarnos de todo mal. ¿Cómo? Simple: refugiarnos en su Amor, confiar en su protección y… ¡pedirla!

La invitación a gustar la bondad de Dios

«¡Gusten y vean qué bueno es el Señor! ¡Felices los que en él se refugian!» (Salmo 33.9)

El gusto es la respuesta sensible que tenemos frente a los distintos sabores que la naturaleza nos presenta. Para gustar… hay que animarse a probar. Quien no hace la experiencia de aproximar a su cuerpo determinado alimento… no tendrá noción de la variedad de posibilidades que se despiertan en nuestro paladar: dulces o amargos, repulsivos o exquisitos…

Este salmo nos invita a una experiencia: el gusto espiritual. Animarnos a experimentar la presencia del Dios vivo en nuestras vidas. Refugiarnos en Él: que no es huir del mundo. Es, simplemente dejarnos abrazar por su amor de Padre misericordioso. Refugiarnos en Él es animarnos a gustar su cercanía, su protección, su liberación de los males.

Él está cerca de nuestros sufrimientos. Nos tiende su mano, nos invita a gustar espiritualmente su presencia. Y vos, ¿te animás?

Puntuación: 5 de 5.

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