La necesidad de la iluminación en el discernimiento

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El método que utiliza la Gaudium et Spes supone un primer momento de empatía con la humanidad: el descubrir los signos de los tiempos. Pero en el segundo momento nos diferenciamos porque se produce la “iluminación” de la realidad. Y en eso seguimos la enseñanza de Jesús:

“¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de un cajón o debajo de la cama? ¿No es más bien para colocarla sobre el candelero? Porque no hay nada oculto que no deba ser revelado y nada secreto que no deba manifestarse.” (Mc 4,21)

Este segundo momento puede llegar a escandalizar al no creyente: “ustedes son soberbios y se creen superiores a todos”… nos podrían decir. ¿Será así?

La claridad del dialogo

Cuando uno dialoga es respetuoso de su interlocutor. Pero ese respeto no tiene que ver con dejar de decir lo que hay que decir en la situación propicia. De las cuatro claves que nos enseñara Pablo VI, no debemos olvidar la primera: “la claridad ante todo”.

Respetar al otro significa dejar que se exprese libremente y acoger todo lo que de bueno y verdadero diga. Pero el respeto significa ser claro en nuestras propias palabras, no reservarse de nada que puede iluminar la situación. Si me quedo con algo guardado ya le estoy faltando el respeto al otro: no confío en sus capacidades intelectuales para encontrar el fondo de verdad en lo que le estoy diciendo. Por eso el dialogo, tarde o temprano, termina en el anuncio de lo que creemos, como bien lo aprendió San Pablo en el Areópago (Hch 17, 22-34).

Todo esto es muy importante decirlo porque la palabra dialogo para algunos suena como la simple actitud de acordar en lo que tenemos en común y ocultar todas las diferencias que nos pueden desunir. Frente a Esto, Pablo VI también nos enseñó que debemos ser servidores de la verdad:

“De todo evangelizador se espera que posea el culto a la verdad, puesto que la verdad que él profundiza y comunica no es otra que la verdad revelada y, por tanto, más que ninguna otra, forma parte de la verdad primera que es el mismo Dios. El predicador del Evangelio será aquel que, aun a costa de renuncias y sacrificios, busca siempre la verdad que debe transmitir a los demás. No vende ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, de causar asombro, ni por originalidad o deseo de aparentar. No rechaza nunca la verdad. No obscurece la verdad revelada por pereza de buscarla, por comodidad, por miedo. No deja de estudiarla. La sirve generosamente sin avasallarla.” (EN 78)

Por esto no tememos en hacer la iluminación correspondiente para comprender en profundidad los signos de los tiempos. Desde la certeza de que lo hacemos no desde nuestra sabiduría humana sino desde la Palabra revelada.

La acción del Espíritu Santo

Una certeza que nace de la fe es la acción del Espíritu Santo en la historia. Y así lo plantean los Padres Conciliares:

“El Pueblo de Dios, movido por la fe, que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor, que llena el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios.” (GS 11)

En tan escueta párrafo hay varias afirmaciones muy importantes. La primera es que el Espíritu Santo actúa en la Iglesia, conduciéndola en su acción evangelizadora. Es que El vino en Pentecostés… para quedarse con nosotros y en nosotros. Y está. Y actúa con poder. Esto es algo que solemos olvidar y caemos en el endiosamiento de nuestras propias fuerzas.

Lo segundo es que este Espíritu Santo “llena el universo”. Es decir, su acción se hace sentir en todos los rincones de lo creado… aunque la Iglesia todavía con su mensaje no haya llegado aún. Incluso antes de que la misma Iglesia existiera, como nos enseñara Juan Pablo II:

“El libro de la Sabiduría ya nos hace entrever este Espíritu-Amor que, como la Sabiduría, toma los rasgos de una persona, con las siguientes características: espíritu que conoce todo y que da a conocer a los hombres los planes divinos; espíritu que no puede aceptar el mal; espíritu que, a través de la sabiduría, quiere conducir a todos a la salvación; espíritu de amor que quiere la vida; espíritu que llena el universo con su benéfica presencia.” (Catequesis 14/03/1990)

La tercera es que podemos conocer la voluntad de Dios también escuchando su Palabra en los acontecimientos de la historia. Esto es consecuencia de esa presencia del Espíritu en el universo.

El subtítulo que pone el sitio vaticano es interesante: hay que “responder a las mociones del Espíritu Santo”. Por lo tanto el discernimiento es una cuestión de fidelidad al que nos habla y enseña.

La purificación de los valores

Esta acción de discernimiento nos ayuda a percibir los valores de nuestros contemporáneos. Los valores hacen referencia a determinada cualidad que tienen las cosas, las personas o los hechos que lo hacen deseables como buenos para poder realizarse humanamente. El problema es que esta percepción se hace desde la perspectiva del sujeto o la sociedad en la cual este vive. Por eso, con sano realismo, los Padres Obispos Conciliares, se atreven a afirmar:

“El Concilio se propone, ante todo, juzgar bajo esta luz los valores que hoy disfrutan la máxima consideración y enlazarlos de nuevo con su fuente divina. Estos valores, por proceder de la inteligencia que Dios ha dado al hombre, poseen una bondad extraordinaria; pero, a causa de la corrupción del corazón humano, sufren con frecuencia desviaciones contrarias a su debida ordenación. Por ello necesitan purificación.” (GS 11)

Puede sonar también como muy arrogante la palabra “purificación”… pero justamente el proceso de iluminación nos ayuda a ver que no todo lo que percibimos como valioso es valioso en sí. Esto lo hacemos desde la conciencia de la acción del Espíritu Santo y como servicio en el dialogo.

Lo plenamente humano

Dos veces repite la misma expresión:

“Orienta la mente hacia soluciones plenamente humanas.”
“La misión de la Iglesia es religiosa y, por lo mismo, plenamente humana.” (GS 11)

Esto es la consecuencia directa de otra verdad fundamental de nuestra fe: la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (tomando el nombre de Jesús). Los Obispos argentinos lo dirían con esta expresión: “no puede ser ciudadano del cielo quién huye de la ciudad terrena”. Todas las acciones de la Iglesia son acciones con humanos en el mundo. Esto hasta que concluya la etapa de peregrinación y lleguemos a la Patria definitiva. Mientras tanto, son de las cosas humanas de las cuales nos tenemos que preocupar.

 

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