Hace algún tiempo les compartí la importancia de los encuentros. Aquellos que debíamos priorizar durante este tiempo – que parece no terminar – de la cuarentena. Hoy les comparto algo muy llamativo de mi experiencia personal ante cada uno de estos encuentros que he tenido a lo largo de estos días.

El que estaba sentado en el trono dijo: «¡Yo hago nuevas todas las cosas!»
Y añadió: «Escribe, porque estas palabras son verdaderas y dignas de confianza» (Ap. 21, 5)

La cosa viene más o menos así. Ante cada una de las instancias en las que intentaba realizar un acercamiento, sea con Dios, con mis hermanos o conmigo mismo aparecía un denominador común: mis miserias.

Veía como mis pecados iban dañando cada una de las relaciones en las que intentaba enfocarme y cuáles eran las consecuencias que esto tenía. A decir verdad, me entristecí. Veía mi humanidad, mis límites y no lo podía creer. Primero ¡Qué tonto era para caer siempre en las mismas cosas! Y segundo, que ingenuo fui al pensar que nunca iba a errar y que la razón estaría siempre de mi lado.

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Los dementores

La tristeza, como uno de los “dementores” que aparecen en la saga Harry Potter, venía a robarme, venía a querer herirme, venía a recordarme que debido a todas estas cosas yo no valía nada. (Para más información de los dementores, entren a este enlace).

Hasta este punto uno podría decir: ¿y entones para que nos vamos a salir a estos encuentros si vamos a terminar así? Bueno, puede que tengan razón. Pero les comparto el mayor de mis errores que, a su vez, fue una luz de esperanza el poder encontrarlo. La soberbia.

Esa que me pone siempre en el centro de todo, esa que me hace pensar que puedo tener todo bajo mi control, esa que me hace creer que así como soy el único que hace bien las cosas, soy el único que las hace absolutamente mal. La soberbia, ese pecado que actúa como una hipoteca y que a la hora de prestarte, te eleva a la categoría de un dios y que a la hora de cobrarte te hunde hacia el peor de los infiernos.

¿Qué remedio hay ante esto? ¿Cuál es el camino que hace nueva todas las cosas?

Un remedio

El remedio, ese que no se presenta como una vacuna o una pastilla que actúa inmediatamente, es el perdón. Como ya les dije, su efecto, su aplicación no es inmediata, implica un camino. Implica un tiempo y un recorrido pero que, al final de cuentas, vale siempre la pena realizar.

Entonces me animo a decir que por cada encuentro se esboza una instancia en el camino del perdón.

El encuentro con Dios

En mi encuentro con Dios, con Aquél que prometió hacer nuevas todas las cosas, reside la fuente inagotable de misericordia. Acudir a Él por haber querido algo por fuera de lo que me ofrece, por haberlo ignorado como mi Padre y querer ser yo el único autor de mi vida, es el primer paso a recorrer.

Nosotros, los católicos, tenemos la inmensa gracia de alcanzarlo en el sacramento de la Reconciliación. El Dios que todo lo puede y todo lo perdona se nos ofrece gratuitamente allí.

Entonces, el primer paso a transitar estaría aquí, en reconocer ante Aquél que nos amó primero aquello en que hemos fallado y en encontrar en Cristo el puntapié inicial y fundamental para comenzar a reparar el daño que habíamos causado.

«En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros» (Jn 13, 35)

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El encuentro con los hermanos

En el encuentro con los hermanos encontramos una segunda instancia. Aquellos a quienes he herido, a quienes he ofendido por mis iniquidades les debo pedir también que me perdonen. Esto resulta increíblemente sanador para “ambas partes”. Y acá me detengo a hacer una salvedad etimológica.

En nuestra cultura actual nos disculpamos muchas cosas. Disculpar implica, en la raíz misma de su palabra, dejar a un lado la culpa del otro. Si me ofendió, si me hirió, lo disculpo. “Está bien, no pasa nada” es algo muy común de escuchar en las reconciliaciones.

¿Está mal esto? No, para nada. Implica un avance que vuelve a unir a las personas. Pero tiene un riesgo, y es el de caer en la negación. De tanto disculpar puedo empezar a negar las cosas que de mis hermanos he separado, lo quiero “escindido”, lo quiero por sus virtudes y separo las culpas que pueda llevar debido a que así es más fácil relacionarme.

La originalidad del perdón

El perdón, por su parte, va más allá. Como todo aquello que el Señor nos ofrece, implica un sacrificio y una entrega. Podríamos decir que el perdón es “la entrega en su máxima expresión”. El significado mismo de la palabra perdón (per-don) reside en eso, dar completamente, darlo todo.

Hoy por hoy nos urge dar este salto de calidad en nuestras relaciones. Disculpar en primera instancia, sí; pero luego poder alcanzar el perdón entre nosotros. Ese que asume la humanidad propia y de los hermanos.

Ese perdón que acepta completamente al otro, no sólo en sus virtudes, si no también en sus defectos. Ese perdón que intenta asemejarse al que el Padre nos ofrece, porque Él nos quiere como somos, no nos quiere sólo por nuestras proezas y nos manda a amarnos entre nosotros del mismo modo.

«Dichoso el que es absuelto de pecado y cuya culpa le ha sido borrada.» (Sal 32, 1)

El gran reto

Y el último gran paso está en perdonarnos a nosotros mismos. Porque Dios lo hace, eso lo sabemos y nuestros hermanos pueden – como no – hacerlo (nada podemos hacer ante el abismo de la libertad de los demás). Pero, querernos completamente, con virtudes y defectos ¡He ahí una aventura ardua!

Ese es un gran reto de humildad. Es sencillo querernos cuando hacemos las cosas bien, cuando el laburo marcha como queremos y cuando aprobamos todas las materias. Pero ¿por qué no habríamos de amarnos de igual modo cuando vemos que las cosas no salen como hubiésemos deseado? Porque, a fin de cuentas, ¿no es así como Dios nos hizo? ¿no tenemos la absoluta certeza de que somos su obra predilecta?

El camino de Pedro

Cierro con esto, el pasaje bíblico que narra el encuentro del Cristo resucitado junto a Pedro a orillas del lago me parece sensacional para este trecho del recorrido. Si desean rezarlo, lo encuentran en Juan 21, 15-19.

Aquí no me explayaré más, creo que las preguntas que he escrito arriba (y vale aclarar, que fueron sugeridas por amigos y no están ni cerca de ser de mi autoría) contienen la suficiente fuerza como para dejarnos “carburando” un buen rato.

Comencemos un camino del perdón, un camino que da (y por lógica, que está dispuesto a recibir) por completo. De este modo formaremos cadenas “más fuertes que el odio y que la muerte” y haremos, desde nuestros corazones y desde nuestras relaciones con los demás un mundo más fraterno, como el que Dios pensó desde toda la eternidad para todos nosotros.

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Estudiante de psicología. Felicianero que vive en Paraná. Un Hobbit en busca de aventuras. El camino a la santidad, la mayor aventura que Él nos propone.