La lucha entre los ojos y el estómago se resuelve con la memoria

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¿Qué te fumaste cura que escribiste semejante título? No se preocupen nunca me fumé ni siquiera un cigarrillo completo… ¿Entonces? Ya les explico a que se refiere semejante título.

Esto es algo muy antiguo… tan antiguo como el relato del capítulo 3 del libro del Génesis que habla de la tentación y la caída. Se los recuerdo:

“Cuando la mujer vio que el árbol era apetitoso para comer, agradable a la vista y deseable para adquirir discernimiento, tomó de su fruto y comió; luego se lo dio a su marido, que estaba con ella, y él también comió. Entonces se abrieron los ojos de los dos y descubrieron que estaban desnudos.” (Gn 3,6-7)

El deslumbrar de las cosas

Con la vista estamos abiertos a la realidad inmediata mucho más que con el resto de los sentidos. Podemos (valga la redundancia) a “un golpe de vista” percibir su cercanía… su importancia… su valor… su necesidad… su belleza… y la enumeración podría seguir. No es precisamente por esto, pero bien podríamos decir que “los ojos son las ventanas del alma” ya que nos permiten “espiar” la realidad.

Pero la vista también puede engañarnos. Porque vemos la apariencia de las cosas, lo que se nos manifiesta… lo que aparece de una. Y la realidad no es muchas veces lo que aparenta la primera aproximación. En este sentido, la vista nos ilusiona sobre lo que las cosas, la realidad, son. Y a nosotros nos gusta ilusionarnos.

Toda la economía moderna está orientada a la vista: consumimos lo que vemos que es bueno… lo que nos dicen que es bueno a través de las imágenes que nos presenta la publicidad. A la época en la cual vivimos se le denomina la “cultura de la imagen” por toda la manera de transmitir los conocimientos que poseemos actualmente.

El relato del pecado original, en ese sentido es también una muestra de cómo la vista nos tienta. Allí se habla de “ver” algo sabroso, agradable y deseable. En esta línea nos hace la misma advertencia San Juan (1 Jn 2,16) cuando nos habla de la concupiscencia de los ojos (una muy linda enseñanza sobre el tema nos la dio Juan Pablo II en su catequesis sobre “La doctrina bíblica sobre la triple concupiscencia”).

La experiencia de vaciedad que da el estómago

Es interesante que el relato de la caída original ponga en juego al estómago. Es luego de que “comió”, tanto la mujer como el varón, que “se abrieron los ojos”. El “estómago” aquí no sería solamente el comer algo sino el acto mismo de incorporarlo a la vida. El comer es hacer la experiencia concreta, en lo cotidiano, de aquello que nos había ilusionado con sólo mirarlo.

¿Acaso no es esta nuestra experiencia frente a tantos artículos que compramos por el solo hecho de verlos en una publicidad? Pero también es la experiencia que hacemos luego de vivir ciertas propuestas religiosas o sociales. Nos parecía que la cosa funcionaría porque se presentaba linda (“deseable”, “agradable”) pero… O al revés.

El estómago así se transforma en la experiencia que nos muestra la verdad de la realidad. Descubrimos que algo es bueno, verdadero y bello luego de “tragarnos” (es decir, llevar a nuestra vida) lo que vemos enfrente nuestro. El estómago, así, es la manera de interiorizar, de hacer nuestra, que tenemos frente a la realidad.

Por esto el estómago es causa de frustración o de gozo… de acuerdo a cómo hayan sido las “ilusiones” que produjo la vista en nosotros.

La memoria que libera

Tanto la vista como el estómago nos sitúan en el presente. Ambos necesitan de un tercero para aprender: la memoria. Sólo si podemos recordar nuestra experiencia podremos en verdad crecer en sabiduría. Si confiamos solamente en la vista que nos presenta la apariencia y el estómago que nos encanta/desencanta hoy… seremos unos eternos principiantes de la vida… en nada distintos de los monos o los gusanos.

Esta memoria tiene que ver también con nuestra fe. Me encantó lo que nos enseñaba la Lumen fidei, esa Encíclica escrita “a cuatro manos”. Le recuerdo:

“La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión. (4)

Es verdad que, en cuanto respuesta a una Palabra que la precede, la fe de Abrahán será siempre un acto de memoria. Sin embargo, esta memoria no se queda en el pasado, sino que, siendo memoria de una promesa, es capaz de abrir al futuro, de iluminar los pasos a lo largo del camino. De este modo, la fe, en cuanto memoria del futuro, memoria futuri, está estrechamente ligada con la esperanza. (8)

¿Cómo podemos estar seguros de llegar al «verdadero Jesús» a través de los siglos? Si el hombre fuese un individuo aislado, si partiésemos solamente del «yo» individual, que busca en sí mismo la seguridad del conocimiento, esta certeza sería imposible. No puedo ver por mí mismo lo que ha sucedido en una época tan distante de la mía. Pero ésta no es la única manera que tiene el hombre de conocer. La persona vive siempre en relación. Proviene de otros, pertenece a otros, su vida se ensancha en el encuentro con otros. Incluso el conocimiento de sí, la misma autoconciencia, es relacional y está vinculada a otros que nos han precedido: en primer lugar nuestros padres, que nos han dado la vida y el nombre. El lenguaje mismo, las palabras con que interpretamos nuestra vida y nuestra realidad, nos llega a través de otros, guardado en la memoria viva de otros. El conocimiento de uno mismo sólo es posible cuando participamos en una memoria más grande. Lo mismo sucede con la fe, que lleva a su plenitud el modo humano de comprender. El pasado de la fe, aquel acto de amor de Jesús, que ha hecho germinar en el mundo una vida nueva, nos llega en la memoria de otros, de testigos, conservado vivo en aquel sujeto único de memoria que es la Iglesia. La Iglesia es una Madre que nos enseña a hablar el lenguaje de la fe. San Juan, en su Evangelio, ha insistido en este aspecto, uniendo fe y memoria, y asociando ambas a la acción del Espíritu Santo que, como dice Jesús, « os irá recordando todo » (Jn 14,26). El Amor, que es el Espíritu y que mora en la Iglesia, mantiene unidos entre sí todos los tiempos y nos hace contemporáneos de Jesús, convirtiéndose en el guía de nuestro camino de fe. (38)”

En este sentido, la memoria no sólo nos libera de experimentar constantemente la veracidad del presente, sino que, sobre todo, nos abre a la certeza que nos da seguridad en el vivir. Y, así como dijimos que el estómago purifica los ojos, también podemos decir que la memoria libera al estómago.

¿Será así? ¿Qué opinan ustedes? Bienvenidos todos los comentarios.

1 Comentario

  1. Padre excelente reflexión! La verdad que “la memoria libera al estómago”. Ello me hace acordar a cómo en los distintos tipos de retiro se la utiliza mucha, en el sentido de que en ellos nos la hacen trabajar. Mi experiencia me ha enseñado (tal vez no sea así) que si ella es acompañada de una gracia especial de Dios ayuda a volvernos siempre a Él y en nuestra libertad aprovechar el don y elegir amarlo. También he leído por ahí que cada persona tiene más desarrollado algún sentido y por el cual la memoria actúa con más sensibilidad, y calculo que la gracia también. Gracias padre por sus artículos!!

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