Los católicos y el 9 de julio

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Es un buen ejercicio recuperar la memoria de los hechos que nos configuran como nación argentina. Como cantaría el Padre Zini, “un pueblo que tiene memoria tiene esperanza también”. Y, frente a tanta blibliografía liberal o revisionista que interpreta la historia a su manera… recuperar los hechos como fueron también es muy importante.

Casa Tucumán

Lo que sigue es parte del mensaje de los Obispos de Argentina que dieran a conocer este mes de mayo de 2016. Quiero compartirlo porque es una muy buena mirada histórica, muy fundamentada, para hacer memoria con esperanza. Sé que en su redacción original, más larga, estuvo el Cardenal Poli. Luego la asamblea recortó un poco el texto, para que su longitud no impidiera su lectura, y lo incorporó al mensaje susodicho.

Lo único que hice fue sacarle la numeración de los párrafos y ponerlo en letra bastardilla para que se sepa que no es redacción mía. Dejé los subtítulos originales y puse las notas al final (por diseño del blog). También me permití resaltar algunas partes en negrilla a modo de comentario personal.

Es un poco largo, pero creo que puede ser muy instructivo para nosotros, sobre todo para descubrir cómo participó la Iglesia en esos momentos y la idea de nuevo gobierno que tenían los patriotas de ese tiempo.

Una justa y esperada reparación de la memoria

Con renovado espíritu, queremos volver la mirada sobre aquella primera generación de argentinos, que interpretando un creciente sentimiento de libertad de los pueblos a quienes representaban, asumieron la grave responsabilidad de encauzar los ideales americanistas. Nos detendremos solamente en ese momento fundacional que estamos celebrando.

El Congreso reunido en Tucumán no fue un suceso improvisado ni falto de ideales. No hace mucho tiempo decíamos:

«América, integrada políticamente a España, no fue una mera repetición cultural, ni de España ni de las culturas precolombinas. Nació y se formó un nuevo pueblo. Y así en la conciencia de esta nueva y propia identidad, en la conciencia común y solidaria de una propia dignidad que se expresa en el espíritu de libertad, se preparó, ya desde entonces, el principio de la futura independencia» (1).

Los representantes de los pueblos que integraban las Provincias Unidas del Río de la Plata estaban muy identificados con las expectativas que había despertado la Revolución de 1810 (2). En orden a confirmar sus consignas liberacionistas, se disponían a proclamar la independencia y asegurar la libertad, paso necesario para dejar de ser considerados una colonia insurgente, y llegar a ser una Nación independiente y libre de España «y de toda otra dominación extranjera», solidarizándose con los ideales de otros estados que surgían con la misma vocación. José de San Martín, Manuel Belgrano, Martín Miguel de Güemes y tantos otros Padres de la Patria animaron incondicionalmente a los congresales y cifraron su esperanza en aquel Congreso soberano.

Jura

 De una casa prestada a la casa común

El Congreso quedó compuesto por treinta y tres representantes de las Provincias Unidas del Río de La Plata, entonces mucho más extenso que nuestro actual territorio. El contexto político-social que rodeó a aquella Asamblea, no podía ser más complejo y adverso. Desde la Revolución de Mayo de 1810, se sucedieron débiles intentos de un gobierno central, sospechados de favorecer las pretensiones hegemónicas porteñas, dando lugar a una creciente tensión por parte de los postergados reclamos federalistas del interior. La situación se hizo visible cuando los caudillos del litoral no enviaron representantes al Congreso, a pesar de los buenos oficios de San Martín que trató de disuadir las pretensiones separatistas. Por su parte, las noticias que llegaban del Norte daban cuenta de un poderoso ejército realista, que bajaba de Lima decidido a someter el último foco rebelde de América del Sur, con sede en Buenos Aires.

El doloroso confinamiento de los obispos de Córdoba del Tucumán, Buenos Aires y la diócesis recientemente fundada con sede en Salta, fue consecuencia de haberse manifestado cautelosos y hasta contrarios al movimiento independentista, acaso por el compromiso al que los ligaba el juramento de fidelidad al Rey de España. Esto hirió la sensibilidad religiosa del pueblo sencillo, mayoritariamente católico, que al verse privado de sus pastores sufrió desconcierto y abandono, con el peligro de identificar a la revolución como contraria a la religión. A causa de las sedes vacantes, muy prolongadas en el tiempo durante el siglo XIX, el clero quedó librado al arbitrio del poder civil, y con el cierre de los seminarios se siguieron consecuencias trágicas en la vida pastoral y sacramental. Cuando estas noticias llegaron a Roma, la Iglesia en la Argentina naciente quedó desvinculada de la Sede Apostólica por largo tiempo.

Ciertamente fue un efecto no deseado por los representantes, quienes al inaugurar el Congreso y «después de asistir a la Misa del Espíritu Santo, que se cantó para implorar sus divinas luces y auxilios», juraron «conservar y defender la Religión Católica, Apostólica y Romana» (3).

A pesar de las circunstancias desfavorables, y aun con el peso de las voces contrarias de quienes desestimaban la oportunidad de reunir un Congreso supremo en una provincia tan lejana y vulnerable, como lo era entonces Tucumán, los representantes de los pueblos —incluso los más lejanos— emprendieron el penoso viaje. Los movía el ideal de la noble causa americana y los alentaba la audaz exhortación de Belgrano y San Martín, que avivaban con entusiasmo patriótico la pronta declaración de la Independencia, en momentos en que muy pocos le daban respaldo.

Atraídos por lo que consideraban «la hora de la patria», los treinta y tres diputados que llegaron a destino, «llenos de santo amor de la justicia», sesionaron en una modesta y típica casa colonial, cedida y adaptada por una familia patricia para los encuentros y deliberaciones que harían historia.

En ese austero recinto y después de unos meses de ardua actividad parlamentaria, designaron Director Supremo de las Provincias Unidas al General Juan Martín de Pueyrredón —representante por San Luis— y confirmaron como Jefes Generales de los Ejércitos del Norte y de los Andes a Belgrano y San Martín respectivamente.

Allí mismo, no sin trascendente inspiración y por aclamación espontánea y unánime, coincidiendo las voluntades en la independencia del país, «invocando al Eterno que preside el Universo, en nombre y por autoridad de los pueblos que representaban» (4) rubricaron la gloriosa Carta Magna de la República Argentina (5).

Para todos

 ¿Cómo gobernar la casa común?

De los veintinueve diputados que firmaron el Acta de la Independencia, dieciocho eran laicos y once sacerdotes de ambos cleros, secular y religioso.

Está claro que los representantes al Congreso coincidían en principios éticos inspirados en el humanismo cristiano, y sus convicciones quedaron reflejadas en las escasas fuentes que han llegado hasta nosotros de aquella soberana asamblea.

No es de extrañar, por lo tanto, que a la hora de tratar la forma de gobierno que debía sostener el destino de la novel Nación, los diputados no se guiaron por ideas liberales y republicanas, fracasadas en sus primeros intentos de constituir estados en Europa, sino más bien se suscitó un amplio debate en torno a la conveniencia de instaurar un sistema monárquico constitucional, capaz de poner un principio ordenador en las aisladas provincias, sumidas en la anarquía, y en los excesos de poder de los caudillos locales.

Con el aval de Belgrano y San Martín, varios diputados coincidieron en proponer la forma de una monarquía atemperada, para lo cual se pensaba en un descendiente directo del último Inca, fijando la capital en la ciudad del Cuzco. Era de esperar que los siete representantes de los pueblos del Alto Perú se convirtiesen en los más entusiastas animadores de la propuesta.

Las intervenciones de los que adherían a este proyecto revelan que en poco tiempo contó con la simpatía de la mayoría de los presentes. Quien se sorprenda ante semejante moción, ya entonces recibida con ironía por la prensa y personalidades del ambiente porteño, debe advertir que los congresistas legislaban para una población que por entonces era mayoritariamente indígena y mestiza (6); y si bien los pueblos originarios no tuvieron representantes de su etnia en la asamblea, sus intereses —la posesión de las tierras de comunidad de propiedad indígena (7) y las posibilidades económicas para su laboreo—, ocuparon la atención de varias sesiones.

El Congreso expresó su voluntad de incluir y comprometer a los pueblos indígenas en el proceso emancipador, cuando mandó traducir el Acta de la Independencia en las lenguas generales que se hablaban en el norte de las Provincias Unidas: en aymara y en quechua. La traducción al guaraní para los pueblos del Litoral y la Mesopotamia, no llegó a destino porque no enviaron sus 9 representantes.

Todo parecía inclinarse hacia una definición en favor del sistema monárquico incaico, que sumaba adherentes entre los congresales. No obstante, se empezaron a escuchar voces proponiendo las ventajas del sistema republicano, como el más conveniente para la hora. En sucesivas sesiones se escucharon los principios fundantes de un sistema federal, y varios representantes esbozaron la idea de constituir una Federación de Provincias como forma provisional de gobierno.

Finalmente, varios diputados que adherían a las tesis monárquicas, introdujeron la moción de coronar un príncipe europeo en vez del Inca. Incluso, a algunos no les pareció desatinado que se aceptase nuevamente la soberanía del monarca español, es decir del Rey repuesto, Fernando VII.

En tales circunstancias, y para evitar los excesos de representación al definir una materia de tanta importancia para el futuro del país y sus habitantes, se escuchó la palabra autorizada de Fray Justo Santa María de Oro (8), diputado por San Juan y uno de los principales protagonistas del Congreso, quien «exponiendo, que para poder declarar la forma de gobierno, era preciso consultar previamente a los pueblos, sin ser conveniente otra cosa por ahora, que dar un reglamento provisional.. .».

Era obvio que al dilatarse en el tiempo y sin definiciones sobre la forma de gobierno, el proyecto de una constitución carecía de sentido, y así fue que en pleno disenso, ninguno de los esquemas presentados prosperó. No obstante, los hombres de la Casa Histórica, preocupados por fortalecer los vínculos de unidad con los pueblos de América del Sur y las naciones del mundo libre, enviaron dos «Manifiestos»: ellos son los antecedentes remotos que revelan la convicción de formar parte de la Patria Grande (9).

Casita de debates

Casa de familia que se convirtió en casa de todos

La Nación «independiente y libre» se gestó en una «pequeña provincia» de la Argentina profunda, entonces muy vulnerable por sus escasos recursos y el avance realista. Los congresales hicieron de una «casa de familia» un espacio fecundo, donde se desarrolló una auténtica deliberación parlamentaria. Esta casa, lugar de encuentro, de diálogo y de búsqueda del bien común, es para nosotros un símbolo de lo que queremos ser como Nación.

En ese ambiente doméstico, los diputados de lugares tan distantes se vincularon como hermanos, motivados por la causa suprema que los convocaba. Si bien por momentos dominó el disenso en prolongadas sesiones, la comunión en lo esencial hizo que el diálogo razonable superase las diferencias y primó el interés común, dejando que las ideas reflejasen con fidelidad el sentir de los pueblos y familias que representaban, coincidiendo plenamente en las más nobles aspiraciones federales.

Así, con la consigna de «conservar la unidad», nos legaron el Acta fundante de nuestra argentinidad, y a riesgo de sus propias vidas, «llenos de santo ardor por la justicia», prometieron ante «Dios y la señal de la Cruz» sostener «estos derechos hasta con la vida, haberes y fama» (10). De esta manera quedó plasmada, en un breve texto, la fe profesada y el destino de la Patria en el concierto de los pueblos soberanos.

Los congresales pensaron en nosotros, y no cabe duda de que somos la razón de la sacrificada y riesgosa entrega de sus vidas, tiempo e intereses, que sin titubeos nos ofrecieron.

El ideal de vivir la Argentina como una gran familia, donde la fraternidad, la solidaridad y el bien común incluyan a todos los que peregrinamos en su historia, está muy lejos de haberse alcanzado.

La independencia y libertad proclamadas hace dos siglos, no siempre se tradujo en tiempo de paz y progreso para todos. Provincias sin recursos y familias pobres sin casa, con muchos argentinos al borde o fuera del sistema laboral, no reflejan las aspiraciones federales de los congresales en Tucumán.

Todos

 Casa Histórica que a nadie dejó afuera

Hoy los pueblos originarios, o mejor, «nuestros paisanos los indios», como los llamó San Martín (11), son minorías en la población argentina, y a pesar de reconocer su preexistencia en la nueva Constitución Nacional, la lamentable postergación de sus comunidades es el resultado de promesas incumplidas de distintos gobiernos.

Miles de ellos dieron la vida en las batallas por la Independencia, y por esa sola razón, la Argentina les debe gratitud e integración plena de sus derechos como ciudadanos, respetando su acervo y cultura. Hoy sentirían vergüenza de ver a sus descendientes con necesidades básicas no satisfechas de salud, educación y posesión de sus tierras ancestrales.

Hoy, no pocos miembros de esos pueblos hermanos reniegan de la fe cristiana que recibieron hace siglos por el solo hecho de ver que los hombres públicos, que juran sobre los Evangelios, pronto se olvidan de su compromiso y ni siquiera los reciben para escuchar sus legítimos reclamos.

El Acta de la Independencia alcanzará su plena vigencia, conforme a los ideales de sus gestores, cuando la familia más postergada de los argentinos tenga una casa digna para formar su hogar, donde no falte la asistencia de la salud, la educación y un trabajo honrado para los padres.

La celebración del Congreso Eucarístico «en la benemérita y muy digna ciudad de San Miguel de Tucumán» (12) nos brinda una oportunidad para encontrarnos cerca de los lugares que dan a este Bicentenario un renovado fervor patriótico.

Jesús Eucaristía «es el mismo, ayer, hoy y lo será siempre» (Hb 13,8), y desde el primer momento fue invocado e inspiró con su gracia a aquellos hombres que debían echarse al hombro la grave responsabilidad de pensar e imaginar una nación soberana.

Animados por la puerta esperanzadora que nos abre el Jubileo de la Misericordia, queremos volver con gratitud a la fuente de la reserva moral, ética y religiosa, que animó a quienes declararon la Independencia y nos legaron una clara identidad cultural.

Jura detalle

Notas

(1)  Conferencia Episcopal Argentina, Iglesia y Comunidad Nacional, 1981, 7.

(2)  Cf. Revolución en el Plata, edición literaria a cargo de Miguel Ángel De Marco y Eduardo Martiré, Buenos Aires, Emecé Editores, 2010.

(3)  Ravignani, Emilio -Director-, Asambleas Constituyentes Argentinas, Buenos Aires, Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras, UBA, 1937, T.1, 181.

(4)  Acta de la Independencia, en Emilio Ravignani, Asambleas…o.c., vol. I, 216-217.

(5)  Cf. Furlong, Guillermo, AAVV, El Congreso de Tucumán, Buenos Aires, Ed. Theoría, 1966, 9-30.

(6)  Narciso Binayán Carmona, Debates y proyectos en torno de los indios, en Guillermo Furlong S.J. AAVV, El Congreso de Tucumán, o.c., 363-371.

(7)  Emilio Ravignani, Asambleas… o.c., «Nota de las materias de primera y preferente atención para las discusiones del Soberano Congreso», t. I, 214-215.

(8)  Juan Guillermo Durán, Fray Justo Santa María de Oro, Diputado por San Juan (1772-1836), Colección, Los diputados de la Independencia, Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Círculos de Legisladores de la Nación Argentina, 2015, págs. 57-101.

(9)  El «Manifiesto del Congreso de las Provincias Unidas de Sud América a los pueblos» (1° de agosto de 1816) y el «Manifiesto al mundo del Congreso de Tucumán» (25 de octubre de 1817).

(10)  Emilio Ravignani, Asambleas … o.c., La fórmula de juramento, t. I, 217.

(11)  Proclama: Orden general del 27 de julio 1819, Mendoza.

(12) Así comenzaba la crónica del Congreso el 9 de Julio de 1816. Emilio Ravignani, Asambleas… o.c., 216.

 

1 Comentario

  1. Muy interesante el artículo. Yo no he leído mucho sobre el tema y me sirvio para adentrarme en el espíritu libertario de aquellos próceres tan consustanciados con el destino de la Patria. Me hace bien repasar esos momentos porque alimento mi argentinidad, la que agradezco a Dios, que fue quién me la concedió, y a la que espero no defraudar. Argentino.y cristiano católico son para mí, dos faces de una misma medalla identitaria. Muchas gracias.

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