La Virgen María en la Sagrada Escritura

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La inclusión de María en la Lumen Gentium fue fruto de una larga discusión entre los padres conciliares. Algunos querían que tuviera un documento propio en el cual se declarara como dogma que es “mediadora de todas las gracias”. Otros deseaban una simple referencia a la Madre sin detalles específicos. Al final se decide circunscribir el texto que se venía preparando dentro de la Constitución sobre la Iglesia. Pero esta no fue una simple decisión de coyuntura sino que parte de la visión teológica de los padres conciliares.

María tipo de la Iglesia

Se le dedicó el último capítulo de la Constitución, luego de tratar de manera general las relaciones entre la Iglesia peregrina y la celestial y el culto a los santos. El título ubica cual es la posición de María en la historia de la salvación: “La Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el Misterio de Cristo y de la Iglesia”. María no se entiende si no es en relación a Cristo y a la Iglesia.

Una inclusión que tiene sus motivos teológicos, como reflexionaba Ratzinger:

“A primera vista, la inserción de la mariología dentro de la eclesiología, que realizó el Concilio, podría parecer más bien casual. Desde el punto de vista histórico, es verdad que esta inserción la decidió una mayoría muy relativa de padres. Pero desde un punto de vista más interior, esta decisión corresponde perfectamente a la orientación del conjunto de la constitución: sólo entendiendo esta correlación, se entiende correctamente la imagen de la Iglesia que el Concilio quería trazar. En esta decisión se aprovecharon las investigaciones de H. Rahner, A. Müller, R. Laurentin y Karl Delahaye, gracias a los cuales la mariología y la eclesiología se renovaron y profundizaron al mismo tiempo. Sobre todo Hugo Rahner mostró de modo notable, a partir de las fuentes, que toda la mariología fue pensada y enfocada por los santos Padres ante todo como eclesiología: la Iglesia es virgen y madre, fue concebida sin pecado y lleva el peso de la historia, sufre y, a pesar de eso, ya está elevada a los cielos.

En el curso del desarrollo sucesivo se revela muy lentamente que la Iglesia es anticipada en María, es personificada en María y que, viceversa, María no es un individuo aislado, cerrado en sí mismo, sino que entraña todo el misterio de la Iglesia. La persona no está cerrada de forma individualista y la comunidad no se comprende de forma colectivista, de modo impersonal; ambas se superponen recíprocamente de forma inseparable.”

Por esto Juan Pablo II se animó a afirmar:

“El capítulo VIII de la Constitución dogmática Lumen gentium es, en cierto sentido, una “carta magna” de la mariología para nuestra época: María presente de modo particular en el misterio de Cristo y en el misterio de la Iglesia, María, “Madre de la Iglesia”.”

El capítulo 8  de la Constitución Dogmática Lumen Gentium tiene una introducción y cuatro apartados temáticos. El primero trata sobre la “función de la Santísima Virgen en la economía de la salvación”, sobre el cual nos explayaremos hoy. Los otros tres versan sobre la relación de la Virgen y la Iglesia; el culto a María y sobre María como signo de esperanza cierta y de consuelo para el Pueblo peregrinante de Dios.

La introducción, luego de recordarnos que la salvación nos es dada por Jesucristo “y se continúa en la Iglesia” (LG 52), ubica el papel de María en este misterio divino:

“La Virgen María, que al anuncio del ángel recibió al Verbo de Dios en su alma y en su cuerpo y dio la Vida al mundo, es reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor. Redimida de modo eminente, en previsión de los méritos de su Hijo, y unida a Él con un vínculo estrecho e indisoluble, está enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser la Madre de Dios Hijo, y por eso hija predilecta del Padre y sagrario del Espíritu Santo; con el don de una gracia tan extraordinaria aventaja con creces a todas las otras criaturas, celestiales y terrenas. Pero a la vez está unida, en la estirpe de Adán, con todos los hombres que necesitan de la salvación; y no sólo eso, «sino que es verdadera madre de los miembros (de Cristo)…, por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza». Por ese motivo es también proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad, y a quien la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, venera, como a madre amantísima, con afecto de piedad filial”(LG53)

Al hacer memoria de los dogmas de la maternidad divina y de la inmaculada concepción de María el Concilio recuerda que, a pesar de todas estas gracias tan especiales, es humana y, por eso, necesitada de redención. Hace dos afirmaciones que no debemos dejar escapar. La primera es que la ubica como “miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia”. Los dos adjetivos recalcan su especial pertenencia a la Iglesia. Pero la afirmación es que, antes que nada, María no se entiende sino es como parte de la Iglesia. La segunda es que María es “tipo y ejemplar” de la Iglesia: esta es la reflexión que el Concilio hace suya rescatando expresiones típicas de los primeros escritores cristianos, como ya nos señalara el texto anteriormente citado de Ratzinger.

El Concilio termina la introducción recordando que quiere

explicar cuidadosamente tanto la función de la Santísima Virgen en el misterio del Verbo encarnado y del Cuerpo místico cuanto los deberes de los hombres redimidos para con la Madre de Dios, Madre de Cristo y Madre de los hombres, especialmente de los fieles, sin tener la intención de proponer una doctrina completa sobre María ni resolver las cuestiones que aún no ha dilucidado plenamente la investigación de los teólogos. Así, pues, siguen conservando sus derechos las opiniones que en las escuelas católicas se proponen libremente acerca de aquella que, después de Cristo, ocupa en la santa Iglesia el lugar más alto y a la vez el más próximo a nosotros”(LG54)

Con esto permite la libre discusión de determinados temas marianos que todavía no han sido dilucidados completamente por parte de los pensadores católicos. Lo cual también nos muestra la libertad para la discusión, sobre temas no definidos, que existe en la Iglesia.

Terminada la introducción, se hace un detalle de todas las menciones que se hacen de María en el Nuevo Testamento. Comienza, en el marco de un único plan de salvación divino, con citas del Antiguo Testamento que, a manera de Profecía, hablan de la Virgen:

“Los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento y la Tradición venerable manifiestan de un modo cada vez más claro la función de la Madre del Salvador en la economía de la salvación y vienen como a ponerla delante de los ojos. En efecto, los libros del Antiguo Testamento narran la historia de la salvación, en la que paso a paso se prepara la venida de Cristo al mundo Estos primeros documentos, tal como se leen en la Iglesia y tal como se interpretan a la luz de una revelación ulterior y plena, evidencian poco a poco, de una forma cada vez más clara, la figura de la mujer Madre del Redentor. Bajo esta luz aparece ya proféticamente bosquejada en la promesa de victoria sobre la serpiente, hecha a los primeros padres caídos en pecado (cf. Gn 3,15). Asimismo, ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo, que se llamará Emmanuel (cf. Is 7,14; comparar con Mi 5, 2-3; Mt 1,22-23). Ella sobresale entre los humildes y pobres del Señor, que confiadamente esperan y reciben de El la salvación. Finalmente, con ella misma, Hija excelsa de Sión, tras la prolongada espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se instaura la nueva economía, al tomar de ella la naturaleza humana el Hijo de Dios, a fin de librar al hombre del pecado mediante los misterios de su humanidad.” (LG55)

Este papel pensado por el Señor para María comienza a cumplirse en el momento en el cual ella le da el “Sí” al Ángel. Así reflexiona sobre este acontecimiento el Concilio:

“Pero el Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la aceptación de la Madre predestinada, para que de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida. Lo cual se cumple de modo eminentísimo en la Madre de Jesús por haber dado al mundo la Vida misma que renueva todas las cosas y por haber sido adornada por Dios con los dones dignos de un oficio tan grande. Por lo que nada tiene de extraño que entre los Santos Padres prevaleciera la costumbre de llamar a la Madre de Dios totalmente santa e inmune de toda mancha de pecado, como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo. Enriquecida desde el primer instante de su concepción con el resplandor de una santidad enteramente singular, la Virgen Nazarena, por orden de Dios, es saludada por el ángel de la Anunciación como «llena de gracia» (cf. Lc 1, 28), a la vez que ella responde al mensajero celestial: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).

Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús, y al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con El y bajo El, con la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, «obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano». Por eso no pocos Padres antiguos afirman gustosamente con él en su predicación que «el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe»; y comparándola con Eva, llaman a María «Madre de los vivientes», afirmando aún con mayor frecuencia que «la muerte vino por Eva, la vida por María».” (LG 56)

La Lumen Gentium así nos presenta el argumento bíblico de la Inmaculada Concepción de María (“llena de gracia”) junto al testimonio de todos los escritores patrísticos que forman parte de la Tradición viva que es también fuente de revelación. Pone especialmente el acento en la obra humana que nace de su libertad que acepta la obra de Dios. María no es instrumento puramente pasivo, como lo es un auto que se deja manejar por el conductor, sino que es instrumento activo: las cosas ocurren porque ella presta su vida para que ocurran. María es la creyente en camino, como continúa diciendo el Concilio:

“Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte. En primer lugar, cuando María, poniéndose con presteza en camino para visitar a Isabel, fue proclamada por ésta bienaventurada a causa de su fe en la salvación prometida, a la vez que el Precursor saltó de gozo en el seno de su madre (cf. Lc 1, 41-45); y en el nacimiento, cuando la Madre de Dios, llena de gozo, presentó a los pastores y a los Magos a su Hijo primogénito, que, lejos de menoscabar, consagró su integridad virginal. Y cuando hecha la ofrenda propia de los pobres lo presentó al Señor en el templo y oyó profetizar a Simeón que el Hijo sería signo de contradicción y que una espada atravesaría el alma de la Madre, para que se descubran los pensamientos de muchos corazones (cf. Lc 2, 34-35). Después de haber perdido al Niño Jesús y haberlo buscado con angustia, sus padres lo encontraron en el templo, ocupado en las cosas de su Padre, y no entendieron la respuesta del Hijo. Pero su Madre conservaba todo esto en su corazón para meditarlo (cf. Lc 2, 41-51).” (LG57).

Por este escuchar y poner en práctica es alabada durante el ministerio público de su hijo:

“En la vida pública de Jesús aparece reveladoramente su Madre ya desde el principio, cuando en las bodas de Caná de Galilea, movida a misericordia, suscitó con su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (cf. Jn 2, 1-11). A lo largo de su predicación acogió las palabras con que su Hijo, exaltando el reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados (cf. Mc 3, 35; Lc 11, 27-28) a los que escuchan y guardan la palabra de Dios, como ella lo hacía fielmente (cf. Lc 2, 29 y 51).” (LG 58)

El sí de María se extiende hasta el instante mismo de la cruz, donde se asocia de manera especial a la redención:

“Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la cruz como madre al discípulo con estas palabras: «Mujer, he ahí a tu hijo» (cf. Jn 19,26-27).” (LG 58)

Luego de la Pascua la Virgen actúa también como miembro de la Comunidad del Resucitado que está siendo dada a luz:

“Por no haber querido Dios manifestar solemnemente el misterio de la salvación humana antes de derramar el Espíritu prometido por Cristo, vemos que los Apóstoles, antes del día de Pentecostés, «perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste» (Hch 1, 14), y que también María imploraba con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación ya la había cubierto a ella con su sombra.” (LG 59)

Termina el recorrido bíblico recordando el momento de su muerte a la luz del libro del Apocalipsis:

“Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte.” (LG 59)

De esta manera se nos presenta los fundamentos bíblicos de la función de la Virgen María en su íntima relación con Jesucristo y la Iglesia. Pero sobre eso hablaremos en la próxima entrega.

Sobre todo esto hablaremos con más detalle hoy en nuestro programa de radio Concilium (a las 22.00 hs por FM Corazón, 104.1 de Paraná). Bienvenidos todos los aportes y sugerencias.

1 Comentario

  1. La foto de la escultura me gustó mucho: María como vinculante de los sacramentos que recoge del agua del costado y de la sangre del costado. Bautismo y Eucaristía. Imagen clara de una Iglesia al servicio del Reino.

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