La solidaridad, una deuda con el otro

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La noticia le cae a Juan como un balde de agua fría. Mañana la operan a María. El médico le informa que el asunto es grave, pero saldrá todo bien, la obra Social le cubre todo, que no se preocupe… Solo hay algo que tiene que conseguir: diez dadores de sangre tipo B positivo. Pero, esto no es un problema menor para Juan, porque no es de la ciudad y no conoce a nadie… ¿Qué hacer? La enfermera, adivinando todo por su cara de espanto, le recomienda: “no se asuste, vaya a la radio y la gente le responderá”. Dicho y hecho, a la mañana siguiente son catorce donantes los que se acercaron.
Una situación ficticia, pero hechos parecidos se dan con frecuencia entre nosotros. Frente a los problemas angustiosos del otro, hay una respuesta espontánea que definimos con un término: solidaridad.
Permítanme algunas palabras para reflexionar sobre este tema. El marco de referencia en el cual tenemos que situarnos es el de la persona humana. Somos seres en relación con los demás. Si existiéramos solos, estaríamos condenados a desaparecer. Siempre estamos relacionados con otros, iguales a nosotros. Podemos hablar con un loro o alegrarnos con la compañía de un perrito. Pero si no entramos en contacto con otros seres humanos, primero nos invade la tristeza y luego la penumbra de la muerte comienza a cernirse sobre nuestra vida.
No sólo necesitamos del rostro y de la palabra del otro para vivir. También somos interdependientes. Porque somos limitados y con capacidades diferentes, precisamos lo que el otro nos puede aportar. De la misma manera mi aporte personal enriquece a los demás. A esta actitud del ser humano se le denomina valor. Un valor debe ser trabajado con la repetición de muchos actos de tal manera que se incorpore en nuestra vida como algo espontáneo. Entonces hablaremos del ser humano virtuoso (algo que necesita cada vez más nuestro mundo).
Pero podemos ahondar mucho más en esta realidad. La solidaridad no es “un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos responsables de todos” (Juan Pablo II). No dejemos pasar las palabras rápidamente. Se habla de una determinación firme, es decir, de un empeño de la voluntad humana en algo que puede ser difícil, pero que se ha descubierto como bueno y por eso se quiere realizar. Además habla de la perseverancia, es decir, no de un acto aislado frente a hechos extraordinarios como una inundación. La perseverancia es la prolongación en el tiempo de las actitudes que me van moldeando como persona.
Junto a esto, el empeño es por el bien común: la mirada rompe la tentación del individualismo de encerrarse en la propia persona. También del individualismo de encerrarse en el propio grupo, sector, partido… El bien común es el bien de todos. Por esto la solidaridad se convierte en un principio social ordenador de la convivencia social y de las instituciones. “El principio de solidaridad implica que los hombres de nuestro tiempo cultiven aún más la conciencia de la deuda que tienen con la sociedad en la cual están insertos: son deudores de aquellas condiciones que facilitan la existencia humana, así como del patrimonio, indivisible e indispensable, constituido por la cultura, el conocimiento científico y tecnológico, los bienes materiales e inmateriales, y todo aquellos que la actividad humana ha producido. Semejante deuda se salda con las diversas manifestaciones de la actuación social, de manera que el camino de los hombres no se interrumpa, sino que permanezca abierto para las generaciones presentes y futuras, llamadas unas y otras a compartir, en la solidaridad, el mismo don.” (CDSI 195)
Se nos abren así dos panoramas. El primero, lo solemos entender y aceptar con facilidad: no es bueno desentenderse del prójimo que está sufriendo. Es una muestra de humanidad el tenderle una mano, en la medida de nuestras posibilidades.
El segundo panorama es más complicado de aceptar. Por lo menos es lo que se nota en la sociedad argentina del nuevo milenio. Hoy no se ve tan evidente la necesidad de realizar o sumarse a obras que reconstruyan un tramado social más justo y fraterno. La penumbra de la conciencia ciudadana, el crecimiento desigual de los ingresos, la pérdida de la cultura del trabajo (entendido este como un servicio a la comunidad)… Es urgente volver a descubrir las formas organizadas de la solidaridad: cooperativas en las cuales se comparte el esfuerzo común; mutuales que buscan el servicio concreto a las necesidades de sus asociados y, desde ellos, a la sociedad toda; juntas vecinales que sumen esfuerzos para la vida más digna de los habitantes de ese lugar; partidos políticos que sepan construir poder para así contribuir a la grandeza de la nación… “Los problemas socio-económicos sólo pueden ser resueltos con la ayuda de todas las formas de solidaridad: solidaridad de los pobres entre sí, de los ricos y los pobres, de los trabajadores entre sí, de los empresarios y los empleados, solidaridad entre las naciones y entre los pueblos. La solidaridad internacional es una exigencia del orden moral. En buena medida, la paz del mundo depende de ella.” (CIC 1941)
Podemos seguir llenando este espacio de palabras y reflexiones. Pero quisiera quedarme con el ejemplo de una testigo de la solidaridad: la Madre Teresa de Calcuta. Para ella la solidaridad no fueron palabras sino acciones. Pequeñas acciones que se fueron sumando una a una: comenzó atendiendo a moribundo… con el correr de los años fueron miles. Una vez un periodista le dijo que él no haría lo que ella hacía ni por un millón de dólares. La respuesta no se hizo esperar: ella tampoco. Si obraba como lo hacía era porque era profundamente humana y, no sólo se dolía frente al sufrimiento del otro, sino que hacía lo que ella concretamente podía hacer. Claro que a esta razón valiosa, pero puramente humana, ella le ponía el condimento de la fe: servir a cada necesitado era una manera de servir y amar al Dios que por nosotros murió en la cruz. Para el creyente esa el la fuente suprema de toda solidaridad personal y social.

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