La pertenencia a la Iglesia

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No es un tema menor, considerando lo que hemos leído hasta ahora de la Lumen Gentium. Trataremos de hacerlo de manera sencilla, sin tantos matices teológicos para no perderlos.

Primero recordemos. En el punto 13 se nos recordaba una de las notas de la Iglesia: la catolicidad. Allí decía:

“Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para así cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio creó una sola naturaleza humana, y a sus hijos, que estaban dispersos, determinó luego congregarlos…”

Y, terminaba ese mismo número:

Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que simboliza y promueve paz universal, y a ella pertenecen o se ordenan de diversos modos, sea los fieles católicos, sea los demás creyentes en Cristo, sea también todos los hombres en general, por la gracia de Dios llamados a la salvación.” (13)

Si en la primera cita se proclama un llamado a todos los hombres a formar parte del Pueblo de Dios, en el segundo hace una distinción utilizando dos conceptos distintos: “pertenecen” y “se ordenan”. El primer término hace referencia a algo así como “estar en” mientras que el segundo hace referencia a un comino que tiene como destino final ese “estar en”.

Esta diferencia puede ser solamente una cuestión existencial que no afecta en nada la vida cotidiana y futura del ser humano. Pero el punto 14 introduce una instancia dramática a través de la presentación en positivo de la tradicional formula “Extra ecclesiam nulla salus”. Así dice:

“El sagrado Concilio (…) enseña, fundado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, que esta Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación. El único Mediador y camino de salvación es Cristo, quien se hace presente a todos nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia.” (14)

Este dato, sobre el cual ya reflexionamos, nos hacer descubrir que no es indiferente el juego de conceptos al cual nos referíamos. Los puntos 14 al 16 reflexionan sobre esa pertenencia que da la salvación. Allí no se dice quién está fuera y quién está dentro como quién distingue blanco de negro. Leamos. En primer lugar habla de quienes están “están incorporados plenamente”. Dice:

“A esta sociedad de la Iglesia están incorporados plenamente quienes,

poseyendo el Espíritu de Cristo, aceptan la totalidad de su organización y todos los medios de salvación establecidos en ella,  y en su cuerpo visible están unidos con Cristo,  el cual la rige mediante el Sumo Pontífice y los Obispos, por los vínculos

de la profesión de fe,

de los sacramentos,

del gobierno y comunión eclesiástica.”(14)

Estos tres vínculos (profesión de fe, sacramentos y la visibilidad eclesial del Papa y los Obispos) aceptados en su totalidad dan esa pertenencia plena. Pero no es suficiente para alcanzar la salvación que, a través de la Iglesia, ofrece Cristo. Por eso se aclara a continuación:

No se salva, sin embargo, aunque esté incorporado a la Iglesia, quien, no perseverando en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia «en cuerpo», mas no «en corazón». Pero no olviden todos los hijos de la Iglesia que su excelente condición no deben atribuirla a los méritos propios, sino a una gracia singular de Cristo, a la que, si no responden con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad.”(14)

Una advertencia a los católicos para que crezcamos en nuestra fe.

Luego se hace referencia a quienes no son católicos pero están en ese proceso de formación previo al bautismo (adultos) que se llama catecumenado:

“Los catecúmenos que, movidos por el Espíritu Santo, solicitan con voluntad expresa ser incorporados a la Iglesia, por este mismo deseo ya están vinculados a ella, y la madre Iglesia los abraza en amor y solicitud como suyos.”(14)

Como podemos notar, la pertenencia plena no es fácil de delimitar exactamente. Por una parte, se tiene que dar la aceptación plena de los tres vínculos enumerados. Pero si eso no se hace desde la libertad que acepta y asume en la vida (de corazón) esa pertenencia no es tal. Por otra parte, hay quienes no están todavía plenamente pero por su deseo ya lo están.

A continuación el Concilio describe una pertenencia que no es plena:

“La Iglesia se reconoce unida por muchas razones con quienes, estando bautizados, se honran con el nombre de cristianos, pero no profesan la fe en su totalidad o no guardan la unidad de comunión bajo el sucesor de Pedro.” (15)

¿Cuales son los elementos que la Iglesia reconoce que existen, si bien no en plenitud, pero que da esa unión?

“Pues hay muchos que honran la Sagrada Escritura como norma de fe y vida, muestran un sincero celo religioso, creen con amor en Dios Padre todopoderoso y en Cristo, Hijo de Dios Salvador;

están sellados con el bautismo, por el que se unen a Cristo,

y además aceptan y reciben otros sacramentos en sus propias Iglesias o comunidades eclesiásticas.

Muchos de entre ellos poseen el episcopado,

celebran la sagrada Eucaristía

y fomentan la piedad hacia la Virgen, Madre de Dios.

Añádase a esto la comunión de oraciones y otros beneficios espirituales,

e incluso cierta verdadera unión en el Espíritu Santo, ya que El ejerce en ellos su virtud santificadora con los dones y gracias y a algunos de entre ellos los fortaleció hasta la efusión de la sangre.” (15)

Esto sitúa a la Iglesia en una tarea que es muy importante: el ecumenismo. (De esto hablaremos más detenidamente al analizar otro de los documentos conciliares).

“De esta forma, el Espíritu suscita en todos los discípulos de Cristo el deseo y la actividad para que todos estén pacíficamente unidos, del modo determinado por Cristo, en una grey y bajo un único Pastor. Para conseguir esto, la Iglesia madre no cesa de orar, esperar y trabajar, y exhorta a sus hijos a la purificación y renovación, a fin de que la señal de Cristo resplandezca con más claridad sobre la faz de la Iglesia.” (15)

Con respecto a los que no reconocen a Cristo, se utiliza otra expresión: “se ordenan a”. Hace esta enumeración, partiendo por quienes tienen cercanía con nosotros por que compartimos el Antiguo Testamento:

“En primer lugar, aquel pueblo que recibió los testamentos y las promesas y del que Cristo nació según la carne (cf. Rm 9,4-5). Por causa de los padres es un pueblo amadísimo en razón de la elección, pues Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación (cf. Rm 11, 28-29).

Pero el designio de salvación abarca también a los que reconocen al Creador, entre los cuales están en primer lugar los musulmanes, que, confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso, que juzgará a los hombres en el día postrero.” (16)

Continúa con aquellos que podríamos denominar muy rápidamente como “paganos”:

“Ni el mismo Dios está lejos de otros que buscan en sombras e imágenes al Dios desconocido, puesto que todos reciben de El la vida, la inspiración y todas las cosas (cf. Hch 17,25-28), y el Salvador quiere que todos los hombres se salven (cf. 1 Tm 2,4). Pues quienes, ignorando sin culpa el Evangelio de Cristo y su Iglesia, buscan, no obstante, a Dios con un corazón sincero y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna.” (16)

Dos conceptos que no se deben dejar pasar por alto. Primero el de “ignorando sin culpa”. El segundo, “el juicio de la conciencia” que se debe seguir como norma de vida: allí Dios nos habla en lo profundo y nos ayuda a distinguir lo bueno de lo malo y a elegir lo primero.

También se hace referencia a otra parte de la humanidad:

“Y la divina Providencia tampoco niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes sin culpa no han llegado todavía a un conocimiento expreso de Dios y se esfuerzan en llevar una vida recta, no sin la gracia de Dios. Cuanto hay de bueno y verdadero entre ellos, la Iglesia lo juzga como una preparación del Evangelio y otorgado por quien ilumina a todos los hombres para que al fin tengan la vida.” (16)

A las dos características que dijimos con respecto del grupo anterior, se suma otra cuestión que es muy antigua en la reflexión católica: descubrir en el “mundo no eclesial” semillas del Verbo que preparan la aceptación del Evangelio.

Esta presentación no es idílica sino realista:

“Pero con mucha frecuencia los hombres, engañados por el Maligno, se envilecieron con sus fantasías y trocaron la verdad de Dios en mentira, sirviendo a la criatura más bien que al Creador (cf. Rm 1,21 y 25), o, viviendo y muriendo sin Dios en este mundo, se exponen a la desesperación extrema.” (16)

Lo cual nos impele a los católicos a compartir nuestra fe con ellos:

“Por lo cual la Iglesia, acordándose del mandato del Señor, que dijo: «Predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15), procura con gran solicitud fomentar las misiones para promover la gloria de Dios y la salvación de todos éstos.” (16)

Pero este tema, el de la misión, será el del punto siguiente: el carácter misionero de la Iglesia. Lo describiremos en otro artículo. Y a esto lo desarrollaremos más ampliamente en nuestro programa Concilium de esta noche, por FM Corazón de Paraná (104.1).

 

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