Los discípulos de Emaús pasan de evangelizadores teóricos, tristes y decepcionados a alegres anunciadores de la Buena Noticia del Resucitado. Lo que conocían teóricamente se transformó en un tesoro para su propia vida. Lo que hizo posible el cambio de perspectiva no fue una ilusión colectiva inteligentemente diseñada por un grupito de oprimidos que buscaron encauzar su truncada existencia (jeje… el que quiera o pueda entender que entienda). Al contrario. Su vida dio un giro cuando tuvieron una experiencia de Dios: no de una idea personal o la práctica de un rito vacío de contenido. Fue el “dedo del Altísimo” el que los acarició realmente. Y esta es la gran invitación de este texto escrito de Lucas: nosotros también podemos y debemos hacer esa experiencia.

Ahora bien: ¿dónde está Dios para que lo pueda encontrar? Lucas, en su relato, nos cuenta de tres (¿o cuatro?) lugares donde HOY también podemos encontrarnos con el Dios vivo y verdadero. Me quedo con uno (los otros, descúbranlos en la meditación del texto).

Iluminando el dialogo y la evangelización sin fe que le hicieron, Jesús les responde:

«¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. (24, 25-27)

Luego de la experiencia, cuando hacen memoria del acontecimiento, se dan cuenta:

¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? (24,32)

En este arder el corazón es el fuego del Espíritu el que actúa. Y es lo que ocurre con cada uno de nosotros cuando accedemos a la Palabra de Dios, no como un libro de cuentos o novela, sino desde una lectura espiritual (como explicáramos tiempo atrás). La Palabra tiene ese poder de transformar nuestra vida.

Hace ya muchos años este hombre (en ese momento joven) estaba haciendo un largo proceso vocacional. Dentro del discernimiento estaba leer y meditar el evangelio de cada día. Era el mediodía y en el canal 13 de Santa Fe pasaban la meditación del Evangelio del día. Y resuena entonces:

“No temas, basta que creas” (Lc 8,50)

Corrí a mi Biblia para leerlo. Mi corazón se llenó de una certeza que sólo la presencia del Absoluto puede lograr. En ese momento dejé de tener dudas sobre el llamado a ser sacerdote que el Señor me hacía. Y aquí estoy.

De estas experiencias tendría varias para contarles. ¿Tienen alguna ustedes para contarnos?

 

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!