La importancia de los procesos

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Siempre me impactó esta pequeña parábola de Jesús que leímos este domingo. Allí él habla sobre el Reino de Dios. Se las recuerdo a los que no “pudieron” escucharla en la Misa:

“El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha.” (Mc. 4,26-29)

El personaje principal

Lo primero en lo que debemos detenernos es sobre quien trata la comparación de Jesús. Hay un personaje secundario: el sembrador. Pero sobre quién se quiere llamar la atención es la tierra. Recibe una acción de alguien externo, que la siembra con una semilla. Luego la tierra, que recibe en su seno algo que contiene la promesa de una vida nueva, sin que el sembrador intervenga ve desatarse un proceso al cual ella no es ajena: la semilla germina en su interior, da un tallo, espigas y frutos.

La tierra es el corazón humano, el tuyo, el mío, el de tu vecino. La semilla es Dios que viene con su palabra a fecundar su Reinado en el corazón. El sembrador es ese alguien que fue instrumento de la Palabra: evangelizador, misionero, testigo…

La novedad de esta parábola es la fuerza de la Palabra (la semilla) que no solo tiene promesa de vida sino poder para fecundar. Y, lo que más me gusta, es que se desata un progresivo proceso de crecimiento en la tierra (corazón humano) que la recibe. Proceso que se describe como lineal y ascendente, pero que sabemos que tiene demoras o retrocesos, producto del abundante sol y les heladas. Y las hormiguitas que se comen el follaje (como me dijo ayer una señora cuando explicaba esto en la homilía).

Aquí descubrimos dos rasgos muy importantes de la acción divina. Primero la paciencia de quién acompaña algo que se va dando, paulatinamente, con el transcurso del tiempo. La paciencia respeta los momentos de crecimientos y no se apresura a cosechar frutos cuando es tiempo inicial de germinación.
El segundo es la misericordia frente a quién, por caídas propias o exteriores (“hormiguitas”), se detiene o retrocede en la vida interior. La misericordia que significa saber esperar y dar segundas (y terceras, y cuartas…) oportunidades.

El tiempo es superior al espacio

Es lo que enseñaba el Papa Francisco en su carta Evangelii Gaudium. Les cuento que me causó extrañeza cuando leí ese título por primera vez. Sin embargo la explicación es muy importante para enfocarse correctamente en la evangelización o en la construcción de la sociedad. Se los comparto para que lo recuerden:

“Hay una tensión bipolar entre la plenitud y el límite. La plenitud provoca la voluntad de poseerlo todo, y el límite es la pared que se nos pone delante. El «tiempo», ampliamente considerado, hace referencia a la plenitud como expresión del horizonte que se nos abre, y el momento es expresión del límite que se vive en un espacio acotado. Los ciudadanos viven en tensión entre la coyuntura del momento y la luz del tiempo, del horizonte mayor, de la utopía que nos abre al futuro como causa final que atrae. De aquí surge un primer principio para avanzar en la construcción de un pueblo: el tiempo es superior al espacio.

Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad. Es una invitación a asumir la tensión entre plenitud y límite, otorgando prioridad al tiempo. Uno de los pecados que a veces se advierten en la actividad sociopolítica consiste en privilegiar los espacios de poder en lugar de los tiempos de los procesos. Darle prioridad al espacio lleva a enloquecerse para tener todo resuelto en el presente, para intentar tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación. Es cristalizar los procesos y pretender detenerlos. Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios. El tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad.

A veces me pregunto quiénes son los que en el mundo actual se preocupan realmente por generar procesos que construyan pueblo, más que por obtener resultados inmediatos que producen un rédito político fácil, rápido y efímero, pero que no construyen la plenitud humana. La historia los juzgará quizás con aquel criterio que enunciaba Romano Guardini: «El único patrón para valorar con acierto una época es preguntar hasta qué punto se desarrolla en ella y alcanza una auténtica razón de ser la plenitud de la existencia humana, de acuerdo con el carácter peculiar y las posibilidades de dicha época»[182].

Este criterio también es muy propio de la evangelización, que requiere tener presente el horizonte, asumir los procesos posibles y el camino largo. El Señor mismo en su vida mortal dio a entender muchas veces a sus discípulos que había cosas que no podían comprender todavía y que era necesario esperar al Espíritu Santo (cf. Jn 16,12-13). La parábola del trigo y la cizaña (cf. Mt 13,24-30) grafica un aspecto importante de la evangelización que consiste en mostrar cómo el enemigo puede ocupar el espacio del Reino y causar daño con la cizaña, pero es vencido por la bondad del trigo que se manifiesta con el tiempo.” (EG 222-225)

Animarnos a desatar procesos evangelizadores

Estamos inmersos en la cultura del resultado inmediato. Y el Reino de Dios tiene sus tiempos distintos a los de nuestro entorno. Simplemente porque Dios trabaja artesanalmente en el corazón de cada uno de nosotros. Por eso debemos, pastoralmente, hacer eventos evangelizadores porque son buenos para ayudar a crecer (o despertar) la fe. Pero todo tiene su sentido solamente si los ubicamos dentro de un proceso pastoral. Sino son solamente actos aislados que entusiasman pero no comprometen.

Dentro de nuestra Arquidiócesis de Paraná se está llevando adelante el 3° Sínodo. Lo debemos comprender, justamente, como un “animarnos” a desatar un proceso. Por lo menos así lo ha planteado Mons. Puiggari al animarnos a llevar esta acción (que nace de una corajeada suya).

Respetar el momento del otro

La parábola también nos anima a tener el corazón de Dios frente al prójimo. Él es paciente y misericordioso con la tierra que está haciendo un proceso para dar una vida con frutos abundantes. Nosotros, a veces, no tenemos el mismo respeto frente al hermano. Y queremos respuestas de frutos maduros en quienes solamente tienen un pequeño germen en su interior. Y aceleramos procesos. Y quemamos gente.

¿Qué pensás de los procesos? ¿Cómo te situás frente a tu hermano que tiene un proceso en la vida de fe muy lento? Cómo para pensar, ¿no?

3 Comentarios

  1. Me gusto este articulo, la verdad uno de MIS grandes defectosves la inpaciencia en todo, pero estoy trabajando en eso y se que debo respetar Los tiempos de Dios, siempre me llegan sus mjs, me sorprende Como se vale de cualquir cosa Para llegar a mi, gracias Padre

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