La devoción a Jesús Misericordioso

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A petición del Episcopado de Polonia, el Papa Juan Pablo II, en 1995, instituyó esta fiesta en todas las diócesis de Polonia. El día de la canonización de Sor Faustina, el 30 de abril de 2000, el Papa instituyó esta fiesta para toda la Iglesia.

En la ciudad de Płock, Jesús expresó por primera vez el deseo de que se celebrara esta fiesta, donde trasmitió a Sor Faustina su voluntad de hacer pintar la imagen:

“Yo deseo – le dijo en febrero de 1931 – que haya una Fiesta de la Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel, sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo deber ser la Fiesta de la Misericordia” (Diario 49).

Jesus Divina Misericordia

La fiesta de la Misericordia no sólo es la expresión más elevada del culto de la Divina Misericordia por la posición que ocupa en la liturgia de la Iglesia, sino que también es un día de grandes gracias, puesto que el Señor asoció grandes promesas a este día.

“Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de Mi misericordia (Diario 699).

Para preparar debidamente esta fiesta, el Señor nos propone una novena que consiste en rezar la Coronilla a la Divina Misericordia durante los 9 días que preceden al segundo domingo de Pascua, empezándola el Viernes Santo. Durante esta novena – Jesús prometió – “concederé a las almas toda clase de gracias” (Diario 796).

También se divulga la novena a la Divina Misericordia escrita por santa Faustina en el “Diario”, en la que cada día presentamos a Dios un grupo diferente de almas para pedir por ellas.

“El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas. En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias” (Diario 699).

Francisco y el Año de la Misericordia

En su homilía durante la presentación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia (11 de abril de 2015, día de Jesús Misericordioso), el Papa Francisco expuso el “por qué” y, sobre todo, el “para qué” de un año jubilar sobre la misericordia. En efecto, afirmaba:

“Simplemente porque la Iglesia, en este momento de grandes cambios históricos, está llamada a ofrecer con mayor intensidad los signos de la presencia y de la cercanía de Dios. Éste no es un tiempo para estar distraídos, sino al contrario para permanecer alerta y despertar en nosotros la capacidad de ver lo esencial.

Es el tiempo para que la Iglesia redescubra el sentido de la misión que el Señor le ha confiado el día de Pascua: ser signo e instrumento de la misericordia del Padre (cf. Jn 20,21-23). Por eso el Año Santo tiene que mantener vivo el deseo de saber descubrir los muchos signos de la ternura que Dios ofrece al mundo entero y sobre todo a cuantos sufren, se encuentran solos y abandonados, y también sin esperanza de ser perdonados y sentirse amados por el Padre.

Un Año Santo para sentir intensamente dentro de nosotros la alegría de haber sido encontrados por Jesús, que, como Buen Pastor, ha venido a buscarnos porque estábamos perdidos. Un Jubileo para percibir el calor de su amor cuando nos carga sobre sus hombros para llevarnos de nuevo a la casa del Padre.

Un Año para ser tocados por el Señor Jesús y transformados por su misericordia, para convertirnos también nosotros en testigos de misericordia. Para esto es el Jubileo: porque este es el tiempo de la misericordia. Es el tiempo favorable para curar las heridas, para no cansarnos de buscar a cuantos esperan ver y tocar con la mano los signos de la cercanía de Dios, para ofrecer a todos, a todos, el camino del perdón y de la reconciliación”.

Asimismo, el Papa Francisco  afirma que

Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, « rico de misericordia » (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como « Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad » (Ex 34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la « plenitud del tiempo » (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios.” (MV 1).

La reflexión acerca del Padre, “rico en misericordia” ha sido ya hecha por el Papa San Juan Pablo II. En efecto, el mismo Papa Francisco afirma:

“No podemos olvidar la gran enseñanza que San Juan Pablo II ofreció en su segunda encíclica Dives in misericordia… Acojamos nuevamente sus palabras: « La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia – el atributo más estupendo del Creador y del Redentor – y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora » (MV 11).

Más adelante, afirma el Papa Francisco:

“Es propio de Dios usar misericordia y especialmente en esto se manifiesta su omnipotencia”. Las palabras de santo Tomás de Aquino muestran cuánto la misericordia divina no sea en absoluto un signo de debilidad, sino más bien la cualidad de la omnipotencia de Dios.

Es por esto que la liturgia, en una de las colectas más antiguas, invita a orar diciendo: “Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón”. Dios será siempre para la humanidad como Aquel que está presente, cercano, providente, santo y misericordioso.

… Así pues, la misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor “visceral”. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón” (MV 6).

En estos textos vemos tres referencias: dos explícitas y una implícita. El primer texto se refiere a la Summa Theologiae (II-II, q. 30, a. 4) de Santo Tomás de Aquino mientras que en el segundo la referencia es a la oración Colecta del XXVI domingo del tiempo ordinario, tomada del Sacramentario Gelasiano (Ge. 1198). La referencia implícita es a la parábola del hijo pródigo, texto también magistralmente comentado por el Papa San Juan Pablo II no sólo en Dives in misericordia sino también en Reconciliatio et Paenitencia, es decir la exhortación sobre el sacramento de la Reconciliación y Penitencia. Igualmente, el Papa Benedicto XVI hace un excelente comentario de esta parábola en su libro Jesús de Nazaret, llamándola la parábola de los dos hermanos.

Más adelante, en efecto, el Papa Francisco afirma:

“En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Conocemos estas parábolas; tres en particular: la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la del padre y los dos hijos (cfr Lc 15,1-32). En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón” (MV 9).

Más adelante, continúa:

“La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia” (MV 12)

Aspectos de la devoción a Jesús misericordioso

  1. La imagen de Jesús Misericordioso
  2. La fiesta de la misericordia
  3. La coronilla de la divina misericordia
  4. La hora de la divina misericordia
  5. La propagación de la devoción a la divina misericordia – obras de misericordia

“…Haz lo que esté en tu poder para difundir la devoción a Mi misericordia. Yo supliré lo que te falte. Dile a la humanidad doliente que se abrace a Mi Corazón misericordioso y Yo la llenaré de paz. (…) Cuando un alma se acerca a Mí con confianza, la colmo con tal abundancia de gracias que ella no puede contenerlas en sí misma, sino que las irradia sobre otras almas. A las almas que propagan la devoción a Mi misericordia, las protejo durante toda su vida como una madre cariñosa…” (Diario, 1074-1075).

“A los sacerdotes que proclamen y alaben Mi misericordia, les daré una fuerza prodigiosa y ungiré sus palabras y sacudiré los corazones a los cuales hablen” (Diario, 1521).

“Debes mostrar misericordia al prójimo siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo ni excusarte ni justificarte. Te doy tres formas de ejercer misericordia al prójimo: la primera – los actos, la segunda – la palabra, la tercera – la oración. En estas tres formas está contenida la plenitud de la misericordia y es el testimonio irrefutable del amor hacia Mí. De este modo el alma alaba y adora Mi misericordia” (Diario, 742).

 

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