La Catolicidad del Pueblo de Dios

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“Creo que la Iglesia es una, santa, católica y apostólica” solemos rezar en el credo largo. De las cuatros notas la que nos llama menos la atención es la de “católica”, tal vez porque estamos acostumbrados a usarla como nuestra denominación. En los números 13 al 16 de la Lumen Gentium se explica en qué consiste exactamente esta característica. Hoy quedémonos solamente con el N° 13. Dice así:

Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios. Por lo cual, este pueblo, sin dejar de ser uno y único, debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, para así cumplir el designio de la voluntad de Dios, quien en un principio creó una sola naturaleza humana, y a sus hijos, que estaban dispersos, determinó luego congregarlos (cf. Jn 11,52). Para esto envió Dios a su Hijo, a quien constituyó en heredero de todo (cf. Hb 1,2), para que sea Maestro, Rey y Sacerdote de todos, Cabeza del pueblo nuevo y universal de los hijos de Dios. Para esto, finalmente, envió Dios al Espíritu de su Hijo, Señor y Vivificador, quien es para toda la Iglesia y para todos y cada uno de los creyentes el principio de asociación y unidad en la doctrina de los Apóstoles, en la mutua unión, en la fracción del pan y en las oraciones (cf. Hch 2,42 gr.).

Así, pues, el único Pueblo de Dios está presente en todas las razas de la tierra, pues de todas ellas reúne sus ciudadanos, y éstos lo son de un reino no terrestre, sino celestial. Todos los fieles dispersos por el orbe comunican con los demás en el Espíritu Santo, y así, «quien habita en Roma sabe que los de la India son miembros suyos». Y como el reino de Cristo no es de este mundo (cf. Jn 18,36), la Iglesia o el Pueblo de Dios, introduciendo este reino, no disminuye el bien temporal de ningún pueblo; antes, al contrario, fomenta y asume, y al asumirlas, las purifica, fortalece y eleva todas las capacidades y riquezas y costumbres de los pueblos en lo que tienen de bueno. Pues es muy consciente de que ella debe congregar en unión de aquel Rey a quien han sido dadas en herencia todas las naciones (cf. Sal 2,8) y a cuya ciudad ellas traen sus dones y tributos (cf. Sal 71 [72], 10; Is 60,4-7; Ap 21,24). Este carácter de universalidad que distingue al Pueblo de Dios es un don del mismo Señor con el que la Iglesia católica tiende, eficaz y perpetuamente, a recapitular toda la humanidad, con todos sus bienes, bajo Cristo Cabeza, en la unidad de su Espíritu.

En virtud de esta catolicidad, cada una de las partes colabora con sus dones propios con las restantes partes y con toda la Iglesia, de tal modo que el todo y cada una de las partes aumentan a causa de todos los que mutuamente se comunican y tienden a la plenitud en la unidad. De donde resulta que el Pueblo de Dios no sólo reúne a personas de pueblos diversos, sino que en sí mismo está integrado por diversos órdenes. Hay, en efecto, entre sus miembros una diversidad, sea en cuanto a los oficios, pues algunos desempeñan el ministerio sagrado en bien de sus hermanos, sea en razón de la condición y estado de vida, pues muchos en el estado religioso estimulan con su ejemplo a los hermanos al tender a la santidad por un camino más estrecho. Además, dentro de la comunión eclesiástica, existen legítimamente Iglesias particulares, que gozan de tradiciones propias, permaneciendo inmutable el primado de la cátedra de Pedro, que preside la asamblea universal de la caridad, protege las diferencias legítimas y simultáneamente vela para que las divergencias sirvan a la unidad en vez de dañarla. De aquí se derivan finalmente, entre las diversas partes de la Iglesia, unos vínculos de íntima comunión en lo que respecta a riquezas espirituales, obreros apostólicos y ayudas temporales. Los miembros del Pueblo de Dios son llamados a una comunicación de bienes, y las siguientes palabras del apóstol pueden aplicarse a cada una de las Iglesias: «El don que cada uno ha recibido, póngalo al servicio de los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» (1 P 4,10).

Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que simboliza y promueve paz universal, y a ella pertenecen o se ordenan de diversos modos, sea los fieles católicos, sea los demás creyentes en Cristo, sea también todos los hombres en general, por la gracia de Dios llamados a la salvación.

Primera pregunta: ¿qué significa católico? El Catecismo viene en nuestra ayuda:

La palabra “católica” significa “universal” en el sentido de “según la totalidad” o “según la integridad”. La Iglesia es católica en un doble sentido:

Es católica porque Cristo está presente en ella. “Allí donde está Cristo Jesús, está la Iglesia Católica” (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Smyrnaeos 8, 2). En ella subsiste la plenitud del Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza (cf Ef 1, 22-23), lo que implica que ella recibe de Él “la plenitud de los medios de salvación” (AG 6) que Él ha querido: confesión de fe recta y completa, vida sacramental íntegra y ministerio ordenado en la sucesión apostólica. La Iglesia, en este sentido fundamental, era católica el día de Pentecostés (cf AG 4) y lo será siempre hasta el día de la Parusía.

Es católica porque ha sido enviada por Cristo en misión a la totalidad del género humano (cf Mt 28, 19): (omito la cita de LG 13)(830-1)

En otras palabras, la catolicidad se entiende en dos sentidos:

*cualitativo: hace referencia a la doctrina y el culto, la acción salvadora y la fuerza y dones del Espíritu Santo

* cuantitativo: referido a la totalidad del mundo y de la humanidad, entendido esto desde el doble punto de vista de la totalidad en el espacio (mundo) y en el tiempo (historia).

Solemos entender lo católico sobre todo en el segundo aspecto, el cuantitativo. Al respecto son muy esclarecedoras las palabras de San Ireneo, citado por Benedicto XVI:

El fundador de la teología católica, san Ireneo de Lyon, en el siglo II, expresó de un modo muy hermoso este vínculo entre catolicidad y unidad: “la Iglesia recibió esta predicación y esta fe, y, extendida por toda la tierra, con esmero la custodia como si habitara en una sola familia. Conserva una misma fe, como si tuviese una sola alma y un solo corazón, y la predica, enseña y transmite con una misma voz, como si no tuviese sino una sola boca. Ciertamente, son diversas las lenguas, según las diversas regiones, pero la fuerza de la tradición es una y la misma. Las Iglesias de Alemania no creen de manera diversa, ni transmiten otra doctrina diferente de la que predican las de España, las de Francia, o las del Oriente, como las de Egipto o Libia, así como tampoco las Iglesias constituidas en el centro del mundo; sino que, así como el sol, que es una criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así también la luz de la predicación de la verdad brilla en todas partes e ilumina a todos los seres humanos que quieren venir al conocimiento de la verdad” (Adversus haereses, I, 10, 2).

El Concilio habla precisamente de esto cuando dice que “Todos los hombres están llamados a formar parte del nuevo Pueblo de Dios”. Luego se detiene a analizar como las partes de la humanidad, desde su propia cultura y originalidad, se deben sumar al todo católico: a esto se le llamará más tarde la “inculturación de la fe”.  Brinda un principio muy claro al afirmar que ” la Iglesia o el Pueblo de Dios, introduciendo este reino, no disminuye el bien temporal de ningún pueblo; antes, al contrario, fomenta y asume, y al asumirlas, las purifica, fortalece y eleva todas las capacidades y riquezas y costumbres de los pueblos en lo que tienen de bueno.”

Hablando de esto, Juan Pablo II dice:

Al desarrollar su actividad misionera entre las gentes, la Iglesia encuentra diversas culturas y se ve comprometida en el proceso de inculturación. Es ésta una exigencia que ha marcado todo su camino histórico, pero hoy es particularmente aguda y urgente.

El proceso de inserción de la Iglesia en las culturas de los pueblos requiere largo tiempo: no se trata de una mera adaptación externa, ya que la inculturación « significa una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en las diversas culturas ». Es, pues, un proceso profundo y global que abarca tanto el mensaje cristiano, como la reflexión y la praxis de la Iglesia. Pero es también un proceso difícil, porque no debe comprometer en ningún modo las características y la integridad de la fe cristiana.

Por medio de la inculturación la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro. Por su parte, con la inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e instrumento más apto para la misión.

Gracias a esta acción en las Iglesias locales, la misma Iglesia universal se enriquece con expresiones y valores en los diferentes sectores de la vida cristiana, como la evangelización, el culto, la teología, la caridad; conoce y expresa aún mejor el misterio de Cristo, a la vez que es alentada a una continua renovación. Estos temas, presentes en el Concilio y en el Magisterio posterior, los he afrontado repetidas veces en mis visitas pastorales a las Iglesias jóvenes.

La inculturación es un camino lento que acompaña toda la vida misionera y requiere la aportación de los diversos colaboradores de la misión ad gentes, la de las comunidades cristianas a medida que se desarrollan, la de los Pastores que tienen la responsabilidad de discernir y fomentar su actuación. (Redemptoris Missio 52)”

También es un elemento a no olvidar que la catolicidad se manifiesta en los distintos ministerios que se realizan en la Iglesia. De la misma manera el Espíritu suscita diversas maneras de vivir la fe, a lo que solemos decirles Movimientos. Es en este contexto que deben ser entendidos, acogidos y encauzados por la Iglesia todas estas realidades.

Sobre la catolicidad cualitativa hablaremos en el próximo artículo. Y a esto lo desarrollaremos más ampliamente en nuestro programa Concilium de esta noche, por FM Corazón de Paraná (104.1).

1 Comentario

  1. después de haber leído el artículo, me quedé meditando en el tema de la inculturación. en cuanto a su liturgia y dogma, la iglesia es indivisible. en lo que tiene de católica como universal, me siento conmovida cuando veo diferentes pueblos del globo, algunos de ellos, con culturas milenarias, alabando y glorificando a nuestro dios, de acuerdo a sus enseñanzas y tradiciones, en una riqueza sorprendente. qué grato debe ser a nuestro señor, ver como se le rinde pleitesía desde cada nación o pueblo, por él creado, cuando esto se hace con respeto, conservando las disposiciones de la iglesia y veneración! toda esa riqueza espiritual, trasciende nuestros parámetros humanos y nos hace reconocer su grandeza. jesucristo, señor de la historia, está presente en la historia de todos y cada uno

  2. si me parece muy interesante y lleno de mucha sabiduria,porque enverdad existen tantas religiones o digamos mejor sectas que no se dan cuenta del gran poder de nuestro dios y por todo lo creado por el mismo , y vemos los conflictos que existen en diferentes paises por el solo hecho de pelearse por cosas materiales y no se dan cuenta que la vida es lo primero que vale,donde mueren tantas personas inocentes gracias padre lo aprecio.

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