El laico es el profeta en las condiciones comunes del mundo

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Tal es la misión que la Iglesia, en el Concilio Vaticano II, le asigna. Detengámonos hoy en el punto 35 de la Constitución Dogmática Lumen Gentium. Veamos con un poco de detalle lo que allí se afirma.

El Concilio nos enseña una verdad clara e inamovible: el centro de nuestra fe es Jesucristo. Él es la Plenitud del Padre que ha venido a nuestro encuentro para conducirnos a la Plenitud de la Casa del Padre, a la cual entraremos como hijos adoptivos. Él es quien trae la Revelación y quiere que siga brillando a través de la acción de su Iglesia:

Cristo, el gran Profeta, que proclamó el reino del Padre con el testimonio de la vida y con el poder de la palabra, cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la Jerarquía, que enseña en su nombre y con su poder, sino también por medio de los laicos, a quienes, consiguientemente, constituye en testigos y les dota del sentido de la fe y de la gracia de la palabra (cf. Hch 2, 17-18; Ap 19, 10) para que la virtud del Evangelio brille en la vida diaria, familiar y social.” (LG 35)

En esta afirmación del principio que dice que la acción profética de la Iglesia no es propia sino que deriva y es prolongación de la del Señor, el Concilio recuerda que participa de manera especial de la misma la Jerarquía. Pero, en plena consonancia con el capítulo II de la misma Constitución, recuerda con mucha fuerza que es “también por medio de los laicos”. La diferencia es en el modo en que se ejercita la dimensión profética. La Jerarquía lo hace en nombre y con el poder de Jesucristo. Los laicos a través del testimonio de su propia vida.

El testimonio al cual se está llamado tiene una doble dimensión: el de la fe vivida en lo cotidiano y el de la fe proclamada para dar razón de aquello que se vive:

“Se manifiestan como hijos de la promesa en la medida en que, fuertes en la fe y en la esperanza, aprovechan el tiempo presente (Ef 5, 16; Col 4, 5) y esperan con paciencia la gloria futura (cf. Rm 8, 25). Pero no escondan esta esperanza en el interior de su alma, antes bien manifiéstenla, incluso a través de las estructuras de la vida secular, en una constante renovación y en un forcejeo «con los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos» (Ef 6, 12).

Al igual que los sacramentos de la Nueva Ley, con los que se alimenta la vida y el apostolado de los fieles, prefiguran el cielo nuevo y la tierra nueva (cf. Ap 21, 1), así los laicos quedan constituidos en poderosos pregoneros de la fe en la cosas que esperamos (cf. Hb 11, 1) cuando, sin vacilación, unen a la vida según la fe la profesión de esa fe. Tal evangelización, es decir, el anuncio de Cristo pregonado por el testimonio de la vida y por la palabra, adquiere una característica específica y una eficacia singular por el hecho de que se lleva a cabo en las condiciones comunes del mundo.” (LG 35)

Para que este Testimonio profético pueda realizarse con eficacia divina es que los laicos han sido capacitados (cualificados) con dos “dotes”. Por una parte el “sentido de la fe”, el “sensum fidei” del cual hablámos ya (en este link) y por eso no nos detendremos. Junto a este dote el Concilio agrega que se posee también “la gracia de la palabra”. Y para que lo entendamos a esto en el marco mismo de la Revelación consigna dos citas bíblicas. La primera es de Pedro en su primera predicación, en el mismo día de Pentecostés. Allí anuncia a quienes se han congregado que, en ese mismo momento, se ha cumplido la profecía de Joel:

“En los últimos días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán sus hijos y sus hijas; los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueños proféticos. Más aún, derramaré mi Espíritu sobre mis servidores y servidoras, y ellos profetizarán.” (Hch 2, 17-18)

El Concilio simplemente que ese espíritu profético de los comienzos eclesiales no se ha agotado: continúa vigente por la acción del Espíritu en todos los cristianos.

El segundo es una advertencia que, en el libro del Apocalipsis, un ángel le hace al vidente cuando este intenta adorarlo:

“¡Cuidado! No lo hagas, porque yo soy tu compañero de servicio y el de tus hermanos que poseen el testimonio de Jesús. El testimonio de Jesús es el espíritu profético. ¡Es a Dios a quien debes adorar!” (Ap 19,10)

Notemos que le está recordando al discípulo de Jesús que sus compañeros (todos los miembros de la Iglesia) poseen el testimonio de Jesús: el espíritu profético. De esta manera podemos afirmar que el Concilio, cuando distingue entre las maneras propias a través de las cuales la Jerarquía y el Laico ejercen el ministerio profético, no lo hace estableciendo una especie de grados de plenitud de acuerdo a la situación en determinado estado eclesial. Distingue dos modos distintos de ejercicio del mismo “espíritu profético”. El último párrafo hace referencia a la manera propia del ejercicio profético que el laico debe tener y a su carácter universal:

“Por consiguiente, los laicos, incluso cuando están ocupados en los cuidados temporales, pueden y deben desplegar una actividad muy valiosa en orden a la evangelización del mundo.

Ya que si algunos de ellos, cuando faltan los sagrados ministros o cuando éstos se ven impedidos por un régimen de persecución, les suplen en ciertas funciones sagradas, según sus posibilidades,

y si otros muchos agotan todas sus energías en la acción apostólica,

es necesario, sin embargo, que todos contribuyan a la dilatación y al crecimiento del reino de Dios en el mundo.

Por ello, dedíquense los laicos a un conocimiento más profundo de la verdad revelada y pidan a Dios con instancia el don de la sabiduría.” (LG35)

La última parte es una consecuencia doble del mismo cultivo del espíritu profético. Por una parte se insta a crecer en el “conocimiento más profundo de la verdad revelada”. Es el primer texto del Concilio que invita a que la profundización en la ciencia teológica sea abierta para todos. Pero, sobre todo, es un llamado a conocer de manera más sólida los fundamentos mismos de la fe. Todo un desafío que este Año de la Fe vuelve a actualizar: para “dar razones de la esperanza que nos anima” debemos estudiar más. No basta con los conocimientos adquiridos en la catequesis de iniciación cristiana: si nos quedamos solamente con eso no pasaremos del estatus de cristianos infantiles a los cuales cualquier viento de doctrina nos arrastra (Ef 4,14). Esto merecería un gran examen de conciencia por parte del laicado: la realidad (de nuestra Arquidiócesis de Paraná) es que los Institutos Teológicos están prácticamente vacíos (con riesgo de cerrarse el Fons Vitae) y las propuestas de formación que se realizan a nivel de parroquias o movimientos las aprovechan muy pocas personas…

Pero no basta con el conocimiento intelectual de la Verdad Revelada. Debe ser un anuncio que brote de los tesoros que tenemos guardados en nuestro propio corazón, del Maestro Interior (el Espíritu Santo) que allí actúa. Por eso el Concilio nos exhorta a que pidamos “a Dios con instancia el don de la sabiduría.” Aquí brevemente explico lo que significa este don.

La otra distinción que el Concilio establece en el ejercicio de la profecía es en el lugar que esta se lleva adelante. Con respecto a los laicos recuerda que es, por la misma índole secular que se posee,

en las condiciones comunes del mundo… en la vida diaria, familiar y social.”

Con respecto a la dimensión social de la profecía, ya hemos citado la recomendación de que

“no escondan esta esperanza en el interior de su alma, antes bien manifiéstenla, incluso a través de las estructuras de la vida secular, en una constante renovación y en un forcejeo «con los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malignos» (Ef 6, 12).”

Nos detendremos más en esto cuando analicemos el siguiente punto de la Constitución.

Los Padres Conciliares han querido aquí poner una referencia a una característica totalmente distintiva del laico con respecto a la Jerarquía:

“En esta tarea resalta el gran valor de aquel estado de vida santificado por un especial sacramento, a saber, la vida matrimonial y familiar. En ella el apostolado de los laicos halla una ocasión de ejercicio y una escuela preclara si la religión cristiana penetra toda la organización de la vida y la transforma más cada día. Aquí los cónyuges tienen su propia vocación: el ser mutuamente y para sus hijos testigos de la fe y del amor de Cristo. La familia cristiana proclama en voz muy alta tanto las presentes virtudes del reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada. De tal manera, con su ejemplo y su testimonio arguye al mundo de pecado e ilumina a los que buscan la verdad.” (LG35)

El matrimonio basado en el sacramento… la vida familiar como ámbito de enseñanza y crecimiento de la fe… sin lugar a dudas dos afirmaciones que son básicas dentro del catolicismo pero que hoy tienen una particular dificultad en ser vivida… y afirmada en público (ya hablamos alguna vez sobre ese dichoso tema de los “fanáticos religiosos”). Pues bien, forma parte de la dimensión profética del laico volver a ponerlo en el tapete de la reflexión y transformarlo en parte esencial de la cultura de nuestro pueblo.

Sobre todo esto hablaremos hoy en nuestro programa de radio Concilium (FM Corazón, 104.1 de Paraná). Bienvenidos todos los aportes y sugerencias.

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