En estos días surgió el tema de esta famosa parábola de Jesús en una charla con amigos. No viene al caso el contexto, pero me pareció interesante intercambiar algunas líneas con ustedes. En primer lugar, no voy a ponerles el texto, porque creo que lo conocen muy bien. Busquen sus biblias y léanlo en Lc 15,11-31. O bien, en línea pueden hacerlo desde aquí. Tengamos en cuenta que es una parábola a través de la cual Jesús habla de la relación de Dios y los hombres y de los hombres entre sí.

Sólo vamos a detenernos en la actitud del hijo menor. Se lo conoce como “el hijo pródigo”. Este nombre significó siempre para mí algo incomprensible. El término “pródigo” lo asocio a algo que es abundante (pródigo en buenas obras, por ejemplo). Por eso me cuesta, de primeras, relacionarlo con la figura de este joven.

Si vamos a los sinónimos, vemos que junto a abundante también figura lo contrario: derrochador, gastador, desordenado… entre otros vocablos que casi no usamos en el lenguaje vulgar. Quedémonos con el primero y rebauticémoslo como “el hijo derrochador” porque eso fue lo que hizo: derrochar todo lo que tenía, por “derecho” o por donación.

Junto es ese adjetivo con el que calificamos su conducta, quiero usar otro que defina su estatura moral. Para eso uso un término muy nuestro (argentino) y que está relacionado con la manera con la cual alcanza el cenit de su devenir: chanchada. En nuestro lenguaje cotidiano, solemos decir que es una chanchada un sitio desordenado y sucio. También calificamos con esta palabra a ciertos actos sexuales desordenados.

Refiriéndonos a una persona, hace una chanchada alguien cuando comete acciones malas que defraudan la confianza depositada por alguien en ella. Así este hijo “derrocha” “sus bienes” haciendo muchas “chanchadas” que lo denigran progresivamente como personas.

Padre, dame la parte de herencia que me corresponde

Cuantos aspectos podemos observar en estas pocas palabras. En el fondo está la actitud de pensar que todo el mundo gira alrededor de mi persona. Y, por eso, corresponde que sean atendidas todas mis necesidades. No porque sea un derecho mío sino porque es un deber del otro proveerme de todo lo que necesito.

Hace un tiempo, en una tarde de calor bastante agobiante, salía de mi casa a eso de las cuatro de la tarde. Cerraba la puerta y, por la calle (vivía en ese entonces en un barrio en el cual la calle es para los vehículos y también para los transeúntes) venían cuatro púberes (13 o 14 años). Me saludaron “Padre, como le va”. Les devolví el saludo. Entonces uno me dijo: “¿No tiene una moneda?”. “¿Para qué?”, les repliqué. “Para comprarnos una gaseosa porque hace mucho calor”. Me acordé de mi papá y le respondí algo que una vez él me dijo: “La plata no se pide, se gana”. Inmediatamente saqué la conclusión que el término “padre” por el que se habían dirigido a mí era solamente marketinero. Las cosas que me gritaron fueron irreproducibles.

Esto que les cuento no es un hecho aislado (lamentablemente) dentro de nuestra sociedad argentina. “Yo, por ser yo, merezco que me des todo lo que necesito… es mas… ¡te lo exijo!!!” Pero no es solo una actitud nuestra, es lo que pone Jesús en la boca del hijo derrochador.

Fijémonos los términos de la frase. “Dame”. No es “¿me podés dar, por favor?”. Es un imperativo, una orden dada a quién tiene obligaciones frente a mí. Sin embargo, pide la “parte de la herencia que me corresponde”. Si el padre hubiera muerto, entonces la herencia va de acuerdo a la ley y se puede exigir lo que en justicia a uno le corresponde. Pero si el padre está vivo, el puede darle lo que quiere a quién quiera (y le decimos a eso donación). Y lo puede hacer, si quiere, mientras esté vivo o dejar las cosas en su poder hasta el momento de su muerte. El hijo no solamente se desubica en la exigencia de su pedido sino que, además, exige sobre algo que en justicia no le corresponde.

En los comentarios podemos aportar muchas situaciones (sociales, políticas, económicas, culturales, eclesiales) en las cuales esta actitud del hijo derrochador hoy se puede percibir. Sin intención de herir a nadie sino como mero examen de conciencia.

La parábola hace referencia a la misma cuestión de fondo, pero con otros personajes: el hombre frente a Dios. Un Dios al que le exigimos que nos provea de todo (para eso le rezamos tres Padrenuestros o vamos alguna vez a Misa o…). Y nos enojamos cuando no se saltea las leyes naturales y nos da el milagrito de la salud de mi madre o mi hijo… ¡Si Él está para eso! ¡Para satisfacer todas mis necesidades! ¿Acaso no es Padre?… Él debe hacer que mi equipo de fútbol gane todos los partidos, la Selección Argentina juegue bien, el país salga pronto de la crisis sin ningún esfuerzo, los gobernantes sean honestos, yo consiga ese trabajo que no busco o ese aumento de sueldo que pido… la lista podría ser interminable. Pero la conclusión es la misma: Dios, por ser Dios, debe concederme todo lo que pido.

Esta actitud, ya sea frente a los demás como al Señor, es una verdadera chanchada de parte del que la pretende. A esta actitud la solemos calificar como soberbia cuando la vemos en otros. Cuando la tengo yo es simplemente “la actitud  de quién es consciente de sus derechos y los reclama”… claro… no olvidemos que yo soy el ombligo del mundo.

Y se fue a un país lejano

Este partir hacia un país lejano es sacar a Dios de lo cotidiano.

El ateo niega la existencia de Dios y, consecuente, vive, habla y construye todo al margen de lo divino. El agnóstico no sabe si Dios existe o no, no se preocupa por este tema y obra en consecuencia. Está claro que aquí no se habla de ese tema, de esa gente… hablamos de nosotros los católicos.

Por el contrario, este hijo derrochador le da la espalda a Dios, a un ser divino cuya presencia y cercanía ha experimentado en su vida. Tal vez porque tiene una experiencia demasiado infantil de lo Sacro. Tal vez porque no se preocupó demasiado por conocer “lo que Dios dice”, su Revelación, sus enseñanzas, su camino de vida y, por eso, su fe le hace agua frente a los cuestionamientos de las ciencias o de los no creyentes. Tal vez porque le es más cómodo para su confort y progreso económico o social… tantas maneras y razones, que en definitiva son excusas, que nos llevan a dejar la casa del Padre, a irnos a “un país lejano”.

No seamos jueces de los demás: más bien miremos nuestro corazón, nuestras tibiezas, y veamos en nuestra cotidianidad cual es el espacio en el que se ubica mi relación con el Señor.

Cuando a este “irnos a otro país” lo hacemos cultura, a eso se le llama secularismo (o laicismo). Es construir una sociedad que, en sus relaciones, en sus leyes, en su gobierno, deje totalmente de lado a Dios. Hacer las cosas y las normas como si Dios no existiera. Las leyes del mercado o las sancionadas por las legislaturas son la norma superior que se ponen por encima de la ley natural o la voz de la conciencia (que me dice que tengo que hacer el bien y evitar el mal, en definitiva, que hay bien y mal). ¡Cuántas veces “toleramos” leyes injustas que van contra la dignidad de la persona solamente para no “discriminar” a algún sector de la sociedad! Es cuando nos fuimos a un país lejano que  todo está permitido y la única ley viable es la del oportunismo del “cambalache”.

Lo peor es que a esta “chanchada” de ignorar o abandonar la Casa del Padre le atribuimos el “éxito” comercial o social. Más peor es cuando, durante o luego de estas chanchadas nos rezamos tres Padrenuestros… para calmar nuestra conciencia diciéndonos que todavía pertenecemos a Él (solamente es que la oscurantista Iglesia todavía no ha progresado lo suficiente para entender que el mundo ha cambiado…)

Malgastó sus bienes

Por el lado humano podríamos rumbear para el tema del la sociedad de consumo. También podríamos comentar sobre el uso de las cosas creadas y la destrucción del medio ambiente, en una tónica ecologista. Se los dejo para que lo expresen ustedes.

Quiero detenerme, más bien, en la relación de este hijo con el Padre, es decir, en nuestra relación con Dios. Cuando comenzamos la aventura de irnos de la casa del Padre, seguimos viviendo todavía de rentas, de la riqueza que hay nuestro corazón por la presencia viva y operante del Señor en nuestras vidas. Pero el partir tiene sus costos.

Porqué estamos en “un país lejano” vamos consumiendo poco a poco todas nuestras “riquezas”. Y entramos en un período que se podría definir como “noche negra”. San Ignacio de Loyola habla de la “desolación”. Da reglas para hacer un correcto discernimiento de espíritus. No es este el momento para hablar de ellas. Solamente quisiera compartirle algo en lo cual describe la desolación producida por el mal espíritu:

“En las personas que van de pecado mortal en pecado mortal, acostumbra comúnmente el enemigo proponerles placeres aparentes, haciendo imaginar delectaciones y placeres sensuales, por más los conservar y aumentar en sus vicios y pecados… Llamo desolación todo el contrario de la tercera regla, así como oscuridad del ánima, turbación en ella, moción a las cosas bajas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a infidencia, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador y Señor…”

Cuando dejamos la oración diaria, la frecuencia de los sacramentos, la meditación de la Palabra, el cultivo de todo lo que sea espiritual, es cuando comenzamos a entrar fuertemente a esa desolación espiritual fruto del pecado. Dios se hace lejano, Dios se hace ausente… vivo, pero no vivo porque El no vive en mí. Como todavía tengo algo de la “herencia”, me parece estar vivo… pero sólo es una máscara, un lindo sepulcro blanqueado.

Las “distracciones” me ayudan todavía a “pasarla bien”. Pero, ¿Qué me pasará cuando se agoten mis “bienes”? Ni quiero pensarlo… por ahora. ¡Disfrutemos el momento presente sin límites! ¡Vaciemos el vaso hasta la última gota! Generalmente no me doy cuenta de que estoy viviendo esta chanchada… es que es tan lindo “pasarla bien”…

Entonces recapacitó y…

Podemos estar revolcados en la peor chanchada de nuestra existencia… pero no todo está perdido. Hay una luz de esperanza para mi existencia: volver a la Casa del Padre. Él me espera con los brazos abiertos, me va a abrazar y con un beso de bienvenida me va a invitar a la fiesta que tiene preparada para mí.

¿Qué es necesario para esto? ¿Cuánto cuesta? De parte del Padre… es gratis. De mi parte… me cuesta la conversión: reconocer en la miseria que he caído por el mal uso de mi libertad… sin echarle la culpa a nadie. Y decidirme a volver.

A eso ayudan dos cosas. Primero un buen examen de conciencia que me ayude a objetivar todas las chanchadas que hice (grandes y pequeñas). Lo segundo… volver al Padre a través del camino de abrazo que me ha regalado: la confesión sacramental. Ese es el beso de Dios al pecador arrepentido… el abrazo de misericordia que nos transforma… la puerta abierta para la fiesta espiritual, para la existencia reconstruida.

El hijo recapacitó y se puso en camino. Me invita a seguir su ejemplo… me invita a la renconciliación.

Un video para resumir todo

Es un cortometraje de NSETv Perú (Nuestra Señora del Encuentro con Dios). Es un canal Católico que busca expandir el mensaje de la verdad contenida en la Sagrada Escritura y la Tradición, en conformidad con las enseñanzas de la Iglesia. Es sencillo y profundo. Como para que nos animemos a pegar la vuelta…

(Este artículo es una serie de post que escribí hace varios años en mi blog. Los quise reunir en un solo escrito para que hoy lo puedas leer vos.)

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Sacerdote. Párroco. Viejo bloguero que sigue utilizando las redes para evangelizar. En las buenas y en las malas... ¡hincha de River!