El discernimiento de los carismas

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El Concilio Vaticano II, sobre todo a través de la Lumen Gentium 12, dejó la puerta abierta para una profunda reflexión sobre un tema un tanto olvidado en la Iglesia: la acción del Espíritu Santo a través de carismas. En algunos teólogos, de distintas líneas de pensamiento, esa reflexión llevó a contraponer entre “Iglesia Institucional” e “Iglesia Carismática”. Juan Pablo II advertía seriamente sobre esta contraposición:

“Según el mensaje de san Pablo y de todo el Nuevo Testamento, ampliamente recogido e ilustrado por el concilio Vaticano II (cf. Lumen gentium, 12), no existe una Iglesia de “modelo carismático” y otra de “modelo institucional”. Como reafirmé en otra ocasión, la contraposición entre carisma e institución es “lamentable y nociva”.”

Para que entendamos de que se trata exactamente, me parece interesante la manera como Borobio (“Los ministerios en la comunidad”, pág 55-65) ) presenta distintos “modelos de Iglesia” que en su oposición y complementariedad crean una tensión que puede ser fuente de riqueza u origen de división. Este es un resumen muy sintético:

Iglesia carismática e Iglesia institucional:

La eclesiología más institucional insistirá en la institución de un modelo de Iglesia por Cristo, en la sucesión apostólica, en el ministerio ordenado, en la ordenación y estructura externa, en la visibilidad, territorialidad, juridicidad, en las notas de unidad y catolicidad…

En cambio, la eclesiología más carismática pondrá el énfasis en la diversidad de dones y carismas, en la pluralidad de estructuras comunitarias, en el impulso del Espíritu, en la libertad y responsabilidad de cada miembro por la construcción de la comunidad, en la prioridad del carisma sobre la institución, en la igualdad y fraternidad de todos los miembros de la Iglesia…

La concepción que acentúe más los carismas estará más abierta a la participación y corresponsabilidad de todos los miembros de en la vida de la comunidad. La otra se inclinará más a potenciar el puesto de quienes presiden la comunidad, la organización externa, la unicidad y uniformidad, el respeto y la obediencia. Es necesaria la complementariedad de estas dos visiones eclesiológicas.

Iglesia “cristológica” e Iglesia “pneumática”:

La Iglesia es a la vez cristológica y pneumática, pero la polarización histórica en uno u otro aspecto aparece como causa de eclesiologías diferentes.

La más cristológica tendería a acentuar la relación directa con Cristo, el poder recibido de Cristo, la capitalidad y dirección, la dimensión mediadora-encarnatoria de la Iglesia, los aspectos visibles del Cuerpo Místico de Cristo, marginando en parte al Espíritu y la comunidad…

Otra, más pneumática, que insistiría más en la animación eclesial del Espíritu, en la importancia de la comunidad, en el valor y la fuerza de los carismas…

Estas dos eclesiologías han distinguido la opinión de los católicos y los protestantes sobre el ministerio. Nosotros (sobre todo en el segundo milenio) hemos insistido más en la Cristológica y los protestantes en la pneumática. Será preciso superar las limitaciones de una concepción de Iglesia y de ministerio parcialmente cristológica o encarnacionista (insistencia polarizada en el poder, la mediación, la superioridad sacerdotal, la prolongación visible de la encarnación), integrándola en una concepción más pneumática, comunitaria y diacónica (insistencia en inserción del ministerio en la comunidad, en el ministerio como servicio y carisma, en su respuesta a las necesidades de la comunidad).

En el texto ya citado, Juan Pablo II aclara la relación entre estos dos “modelos” de Iglesia partiendo de la Sagrada Escritura:

“San Pablo, por otra parte, enseña que Dios ha establecido una jerarquía de posiciones en la Iglesia (cf. 1 Co 12, 28): en los primeros lugares están los “apóstoles”; luego vienen los “profetas” y, por último, los “maestros”. Estas primeras tres posiciones son fundamentales y están enumeradas según un orden decreciente.

El Apóstol, a continuación, explica que la distribución de los dones es diferente: no todos tienen un carisma u otro (cf. 1 Co 12, 29-30); cada uno tiene el suyo (cf. 1 Co 7, 7) y lo debe aceptar con gratitud, poniéndolo generosamente al servicio de la comunidad. Esta búsqueda de comunión viene dictada por la caridad, que sigue siendo el “camino más excelente” y el don mayor (cf. 1 Co 13, 13), sin el cual los carismas pierden todo valor (cf. 1 Co 13, 1-3).

Así pues, los carismas son gracias concedidas por el Espíritu Santo a algunos fieles a fin de capacitarlos para contribuir al bien común de la Iglesia.

La variedad de los carismas corresponde a la variedad de servicios, que pueden ser momentáneos o duraderos, privados o públicos. Los ministerios ordenados de los obispos, los presbíteros y los diáconos, son servicios estables y públicamente reconocidos. Los ministerios laicales, fundados en el bautismo y en la confirmación, pueden recibir de la Iglesia, a través del obispo, un reconocimiento oficial o sólo de hecho.

Entre los ministerios laicales recordemos los instituidos con rito litúrgico: el lectorado y el acolitado. Luego vienen los ministros extraordinarios de la comunión eucarística y los responsables de actividades eclesiales, comenzando por los catequistas, pero también es preciso recordar a los “animadores de la oración, del canto y de la liturgia; responsables de comunidades eclesiales de base y de grupos bíblicos; encargados de las obras caritativas; administradores de los bienes de la Iglesia; dirigentes de los diversos grupos y asociaciones apostólicas; profesores de religión en las escuelas” (Redemptoris missio, 74).”

Y en otro discurso advierte:

“Si ésta es la línea de la libertad de palabra, se puede decir que no existe oposición entre carisma e institución, puesto que es el único Espíritu quien con diversos carismas anima a la Iglesia. Los dones espirituales sirven también en el ejercicio de los ministerios. Esos dones son concedidos por el Espíritu para contribuir a la extensión del reino de Dios. En este sentido, se puede decir que la Iglesia es una comunidad de carismas.”

Esto nos pone en el corazón mismo de este artículo: ¿quién y en base a qué criterios discernir los carismas? Ya el Concilio había hecho esta afirmación sobre el quién:

El juicio de su autenticidad y de su ejercicio razonable pertenece a quienes tienen la autoridad en la Iglesia, a los cuales compete ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno (cf. 1 Ts 5,12 y 19-21).” (LG 12)

Y sobre los criterios, la catequesis de Juan Pablo II viene en nuestra ayuda:

Se pueden señalar algunos criterios de discernimiento generalmente seguidos tanto por la autoridad eclesiástica como por los maestros y directores espirituales:

a. La conformidad con la fe de la Iglesia en Jesucristo (cf. 1 Co 12, 3); un don del Espíritu Santo no puede ser contrario a la fe que el mismo Espíritu inspira a toda la Iglesia. «Podréis conocer en esto el espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo, venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios» (1 Jn 4, 2-3).

b. La presencia del «fruto del Espíritu: amor, alegría, paz» (Ga 5, 22). Todo don del Espíritu favorece el progreso del amor, tanto en la misma persona, como en la comunidad; por ello, produce alegría y paz.

Si un carisma provoca turbación y confusión, significa o que no es auténtico o que no es utilizado de forma correcta. Como dice san Pablo: «Dios no es un Dios de confusión, sino de paz» (1 Co 14, 44).

Sin la caridad, incluso los carismas más extraordinarios carecen de utilidad (cf. 1 Co 13, 1-3; Mt 7, 22-23).

c. La armonía con la autoridad de la Iglesia y la aceptación de sus disposiciones. Después de haber fijado reglas muy estrictas para el uso de los carismas en la Iglesia de Corinto, san Pablo dice: «Si alguien se cree profeta o inspirado por el Espíritu, reconozca en lo que os escribo un mandato del Señor» (1 Co 14, 37). El auténtico carismático se reconoce por su docilidad sincera hacia los pastores de la Iglesia. Un carisma no puede suscitar la rebelión ni provocar la ruptura de la unidad.

d. El uso de los carismas en la comunidad eclesial está sometido a una regla sencilla: «Todo sea para edificación» (1 Co 14, 26); es decir, los carismas se aceptan en la medida en que aportan una contribución constructiva a la vida de la comunidad, vida de unión con Dios y de comunión fraterna. San Pablo insiste mucho en esta regla (1 Co 14, 4-5. 12. 18-19. 26-32).”

En su carta sobre la vocación y misión de los laicos Juan Pablo habla de otra posibilidad en el tema de los carismas en la vida de la Iglesia: el que generen una especial afinidad entre varios. Es lo que damos en llamar “movimientos”. Veamos lo que dice:

“Sean extraordinarios, sean simples y sencillos, los carismas son siempre gracias del Espíritu Santo que tienen, directa o indirectamente, una utilidad eclesial, ya que están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo.

Incluso en nuestros días, no falta el florecimiento de diversos carismas entre los fieles laicos, hombres y mujeres. Los carismas se conceden a la persona concreta; pero pueden ser participados también por otros y, de este modo, se continúan en el tiempo como viva y preciosa herencia, que genera una particular afinidad espiritual entre las personas. Refiriéndose precisamente al apostolado de los laicos, el Concilio Vaticano II escribe: «Para el ejercicio de este apostolado el Espíritu Santo, que obra la santificación del Pueblo de Dios por medio del ministerio y de los sacramentos, otorga también a los fieles dones particulares (cf. 1 Co 12, 7), “distribuyendo a cada uno según quiere” (cf. 1 Co 12, 11), para que “poniendo cada uno la gracia recibida al servicio de los demás”, contribuyan también ellos “como buenos dispensadores de la multiforme gracia recibida de Dios” (1 P 4, 10), a la edificación de todo el cuerpo en la caridad (cf. Ef 4,16)” (24)

Más adelante pone unos criterios de discernimiento que se han dado en llamar “criterios de eclesialidad”. Es bueno volver a recordarlos:

La necesidad de unos criterios claros y precisos de discernimiento y reconocimiento de las asociaciones laicales, también llamados «criterios de eclesialidad», es algo que se comprende siempre en la perspectiva de la comunión y misión de la Iglesia, y no, por tanto, en contraste con la libertad de asociación.

Como criterios fundamentales para el discernimiento de todas y cada una de las asociaciones de fieles laicos en la Iglesia se pueden considerar, unitariamente, los siguientes:

— El primado que se da a la vocación de cada cristiano a la santidad, y que se manifiesta «en los frutos de gracia que el Espíritu Santo produce en los fieles» como crecimiento hacia la plenitud de la vida cristiana y a la perfección en la caridad.

En este sentido, todas las asociaciones de fieles laicos, y cada una de ellas, están llamadas a ser —cada vez más— instrumento de santidad en la Iglesia, favoreciendo y alentando «una unidad más íntima entre la vida práctica y la fe de sus miembros».

— La responsabilidad de confesar la fe católica, acogiendo y proclamando la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre, en la obediencia al Magisterio de la Iglesia, que la interpreta auténticamente. Por esta razón, cada asociación de fieles laicos debe ser un lugar en el que se anuncia y se propone la fe, y en el que se educa para practicarla en todo su contenido.

— El testimonio de una comunión firme y convencida en filial relación con el Papa, centro perpetuo y visible de unidad en la Iglesia universal, y con el Obispo «principio y fundamento visible de unidad» en la Iglesia particular, y en la «mutua estima entre todas las formas de apostolado en la Iglesia».

La comunión con el Papa y con el Obispo está llamada a expresarse en la leal disponibilidad para acoger sus enseñanzas doctrinales y sus orientaciones pastorales. La comunión eclesial exige, además, el reconocimiento de la legítima pluralidad de las diversas formas asociadas de los fieles laicos en la Iglesia, y, al mismo tiempo, la disponibilidad a la recíproca colaboración.

— La conformidad y la participación en el «fin apostólico de la Iglesia», que es «la evangelización y santificación de los hombres y la formación cristiana de su conciencia, de modo que consigan impregnar con el espíritu evangélico las diversas comunidades y ambientes».

Desde este punto de vista, a todas las formas asociadas de fieles laicos, y a cada una de ellas, se les pide un decidido ímpetu misionero que les lleve a ser, cada vez más, sujetos de una nueva evangelización.

—El comprometerse en una presencia en la sociedad humana, que, a la luz de la doctrina social de la Iglesia, se ponga al servicio de la dignidad integral del hombre.

En este sentido, las asociaciones de los fieles laicos deben ser corrientes vivas de participación y de solidaridad, para crear unas condiciones más justas y fraternas en la sociedad.

Los criterios fundamentales que han sido enumerados, se comprueban en los frutos concretos que acompañan la vida y las obras de las diversas formas asociadas; como son el renovado gusto por la oración, la contemplación, la vida litúrgica y sacramental; el estímulo para que florezcan vocaciones al matrimonio cristiano, al sacerdocio ministerial y a la vida consagrada; la disponibilidad a participar en los programas y actividades de la Iglesia sea a nivel local, sea a nivel nacional o internacional; el empeño catequético y la capacidad pedagógica para formar a los cristianos; el impulsar a una presencia cristiana en los diversos ambientes de la vida social, y el crear y animar obras caritativas, culturales y espirituales; el espíritu de desprendimiento y de pobreza evangélica que lleva a desarrollar una generosa caridad para con todos; la conversión a la vida cristiana y el retorno a la comunión de los bautizados «alejados».” (30)

Los criterios no son nunca un intento de la Institución para someter a los Carismas. Simplemente, tal como hizo San Pablo con los Corintos, es una ayuda para discernir la acción del Espíritu en las personas a fin que ellas crezcan y todo concurra a una fructuosa edificación de la Iglesia.

1 Comentario

  1. padre, muy buena su mensaje donde explica sobre iglesia contitución y los carímas.

  2. Me vino muy bien aprender por medio de estas explicaciones, discernir sobre la Iglesia Carismática y la Otra Iglesia (que no es mas que Una, con distintas Formas).Me encantó leer el Blog, enseña muchas cosas que muchos Católicos ignoramos Gracias por hacer un poco mas de Luz en mi mente.

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