El César y Dios

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Entramos a una semana trascendente para los destinos cívicos de nuestro país. Las elecciones que se avecinan son mucho más importante que un partido entre River y Boca. Es el ejercicio de la democracia a través del cual el pueblo elige a sus representantes que sancionarán las leyes que regulan las grandes políticas de estado y las acciones cotidianas de las personas.
El Evangelio, que la Iglesia presenta este domingo para la reflexión de sus hijos, ilumina de manera muy particular este acontecimiento. Para ponerlo a prueba a Jesús, y encontrar argumentos que lo puedan acusar y condenar en un juicio, se juntan dos partidos normalmente opositores dentro del pueblo de Dios de ese entonces. Juntos le hacen una pregunta sobre la conveniencia del pago de impuestos. Responder por si o por no, ubicaba a Jesús en un bando y le daba argumentos al otro para desprestigiarlo. Pero su respuesta no sólo desarmó las argucias de sus contrincantes, sino que nos enseñó a todos cómo debe ser la actitud frente a Dios y a los gobernantes: “den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
Dar al César lo que es del César. En este caso se refería al emperador romano. Y nos enseña que la autoridad existe porque es necesaria para el correcto funcionamiento de toda sociedad. Un pueblo sin un gobierno constituido sólo pervive en la imaginación soñadora de los anarquistas. Por eso el cristiano sabe que la búsqueda del bien común, signo del amor concreto al prójimo, pasa por su vida como ciudadano en el marco de las leyes de su patria que le rigen. Hasta el punto de pagar el impuesto como un signo de pertenencia a la vida social y, por eso, de responsabilidad en la contribución personal que se debe hacer para el correcto funcionamiento de las cosas públicas. Los gobernantes son queridos por Dios, y en su Providencia, nos ayudan a que la sociedad marche por caminos de justicia y paz.
Sin dejar de asentar la importancia del gobernante, Jesús avanza sobre una idea muy importante en ese tiempo y que hoy, con otros matices, no deja de estar presente. El César, el emperador, es importante y hay que obedecerlo. Pero el César no es Dios. Y cuando hay conflictos entre lo que el César y Dios dicen, la obediencia en conciencia del cristiano es a quien es “fuente de toda razón y justicia”: el Dios vivo y verdadero. El hombre es hombre y no debe pretender nunca estar a la altura del Creador, por más cargo ejecutivo o legislativo que tenga en la sociedad. Considerar a los gobernantes como seres casi divinos es una tentación de todos los tiempos, tanto para quien ejerce el poder como para el pueblo que obedece.
En consecuencia, frente a las elecciones que se vienen, debemos participar con responsabilidad en la elección de nuestros gobernantes. El evadir los deberes cívicos no es propio de quien escucha y practica la Palabra de Dios. Pero a esta participación la debemos hacer en el marco de nuestra conciencia cristiana: elegiremos hombres que actuarán al servicio de los argentinos en lo concerniente al bien común. Hombres que no pueden crear el mundo y sus leyes, sino que sólo pueden administrarlo y transformarlo. Hombres que no legislen contra lo que la Palabra del Dios vivo enseña. Todo un drama para nuestra conciencia.
“Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” sigue siendo la enseñanza de Jesús para los argentinos.

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