Consolar al triste

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Una de las obras de misericordia espirituales es la de consolar al triste. Para el cristiano es algo que nace del mismo núcleo de su fe. Como nos lo recuerda el testimonio de San Pablo:

“Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios.” (1 Cor 1, 3-4)

 

consuelo
Desde esta perspectiva del consuelo, en las líneas que siguen no hablaremos en profundidad de la tristeza en sí ni sobre los remedios que el que la padece le puede aplicar. Nos detendremos en lo que “yo” puedo hacer para confortar a “otro” que está triste, como una manera de hacer realidad el mandamiento de Jesús: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22,39).

Diferenciar triste de depresivo

Antes que nada, para ubicarnos correctamente en lo que sigue, es muy importante hacer la distinción entre un estado de la persona que es “normal” y otro estado que es un “caso clínico”.

La tristeza es un estado emocional pasajero que viene de un mal presente y que nos inclina a obrar o no obrar de acuerdo a lo que hemos percibido o imaginado como bueno o como malo (Cfr. CIC 1766-1775).

La depresión es una enfermedad, un estado anómalo que se manifiesta en la pérdida de interés por todo y un abatimiento general. La depresión es un estado prolongado y necesita tratamiento profesional adecuado. Le hace mucho mal a los depresivos la acción de gente de “buena voluntad” que quiere ayudar pero no sabe cómo, ya que no tiene los instrumentos químicos o psicológicos para hacerlo. Y en esto los cristianos solemos pecar bastante.

Recordemos que la tristeza, en cambio, es una emoción fuerte pero pasajera. Es de esta que hablaremos a continuación.

En resumen, la causa de la tristeza es un mal que está presente en nuestras vidas y que nos conmociona profundamente. Desde la muerte de un ser querido, la pérdida del trabajo, una mala nota en la escuela… hasta el hecho que haya perdido mi equipo de fútbol preferido. Todos los días se nos presentan ocasiones para ponernos tristes. Algunas se nos van en el mismo instante. Otras deben ser elaboradas con el tiempo. Pero siempre pasan y no dejan mayores secuelas psicológicas.

La Palabra de Dios hace también una distinción entre dos tipos de tristeza. Por citar un ejemplo, nos dice Pablo: “la tristeza según Dios produce firme arrepentimiento para la salvación; mas la tristeza del mundo produce la muerte” (2 Cor 7,10). La tristeza del mundo es la que viene del pecado presente en la vida del ser humano. Por eso trae la muerte (se remedia con la confesión… pero no es tema de este artículo). La tristeza según Dios son los males que el Señor permite para que podamos crecer en el bien. Por eso trae la vida. Para consolar a un triste también debemos tener presente esta distinción si tenemos la intención de ser acompañantes espirituales.

El ejemplo de Jesús

Como cristianos es bueno dejarnos enseñar por las actitudes de consuelo a los tristes que ha tenido el Maestro en su caminar entre nosotros. Hay muchas en los evangelios. Pero entiendo que esta, narrada por Lucas, es la más significativa por los ejemplos de conducta que nos deja.

En el tiempo de Pascua la vamos a escuchar varias veces en la Misa. La pueden leer en el Evangelio de Lucas, capítulo 24, versículos 13 al 33. Como es muy conocida, permítanme hacerles un breve resumen.

Lucas nos cuenta que el día de la resurrección dos discípulos volvían tristes a Emaús. En el camino se les aparece Jesús Resucitado, pero ellos no lo reconocen. Les pregunta que les pasa. Ellos le cuentan que habían seguido al Maestro y cómo este había muerto en Jerusalén hace tres días. Entonces Jesús les recuerda que esos sucesos estaban predichos en la Sagrada Escritura. El corazón de los discípulos comienza a arder desde la escucha. Al llegar a Emaús Jesús hace el ademán de seguir de largo pero ellos lo invitan a cenar. Al partir el pan Jesús, los discípulos se dan cuenta de quién es en realidad el acompañante… pero este desaparece de su vista. Entonces ellos vuelven, alegres, a Jerusalén a contarles a la comunidad lo que les ha sucedido.

Consecuencias para nuestro obrar consolador

Veamos las actitudes de Jesús para así imitarlas.

1.- Ante todo, cercanía.

Hay quienes le dicen a un triste: “si me hubieras dicho algo hubiera estado al instante con vos”. Por eso la primera actitud que tiene Jesús es muy importante en este proceso del consolar: “se acercó y caminó con ellos”. La tristeza tiende a inmovilizarnos. Por eso es raro que el triste pida ayuda o simplemente se acerque al otro para conseguirla. Jesús es quién toma la iniciativa de acercarse, de simplemente estar junto. Da el primer paso, “primerea” la situación.

2.- La capacidad de empatía

La segunda tentación que tenemos es la de decirle de inmediato muchas palabras de aliento al que está triste. La mayoría de ellas… son frases hechas. Generalmente el triste nos escucha con amabilidad… y se aleja con prontitud.

Jesús nos enseña la actitud fundamental: la de la escucha atenta al otro. A veces lo único necesario para que el otro venza la tristeza es simplemente que encuentre un oído disponible frente al cual verbalizar lo que le está pasando.

La empatía es la capacidad de percibir lo que el otro está pasando. Esto supone dejar que se exprese a través de las palabras o los gestos (el llanto, por ejemplo). Ahora bien, tengamos en cuenta que no es empatía escucharlo y luego contarle las cosas similares que nos han pasado a nosotros: en ese momento a él no le interesa en absoluto mi vivencia personal. Es más, le molesta porque se percibe que en vez de escuchar, el consolador se pone en el lugar del consolado reclamándole una especie de comprensión por “sus” problemas que han sido mayores.

3.- Abrir a la realidad más grande

Pero… a veces no basta con estar y escuchar. También es necesario hablar para ubicar a la persona en la dimensión exacta del mal que lo aqueja. Jesús, luego de escuchar atentamente, les “ubica” su tristeza dentro de una realidad que le daba contexto. Aquí, recién, si son necesarias las palabras, las enseñanzas, las experiencias propias o ajenas.

4.- Sembrar esperanza

Así como la tristeza nos inmoviliza, otra emoción nos pone en movimiento: la esperanza. Nos mueve al cambio no un mal presente sino un bien ausente. Si ese bien es posible… entonces tratamos de remediar nuestras emociones y disfrutar del emprendimiento por conseguirlo. La esperanza, humanamente hablando, significa descubrir que hay razones o situaciones que hacen posible que esté bien… la esperanza es ponerse en marcha para conseguir ese bien.

Jesús, luego de acompañarlos y “abrirles la cabeza”, les mostró una nueva presencia en el pan partido. Por eso dejaron de llorar por la ilusión perdida que les había dejado el que había “muerto”. Cuando se percibe que la resurrección es real toda tristeza (sobre todo la del mundo, como diría San Pablo) es dejada a un lado.

5.- Dejar que el otro obre por sí mismo

La tristeza es una emoción personal que afecta al individuo concreto. Nadie puede vivir por nosotros. Nadie nos saca de la tristeza o nos pone alegres. Somos nosotros los que, en definitiva, asumimos nuestras realidades y encauzamos nuestros sentimientos.

Jesús hizo de acompañante espiritual con estos dos discípulos tristes. Pero, al final del proceso, fueron ellos quienes decidieron ponerse en camino y… lo hicieron solos.

Quien quiere consolar a un triste tiene que revestirse de la humildad de saberse instrumento limitado y desechable: el otro es el importante, el único actor de su vida, el verdadero autor del cambio. Asumir esto es vivir en verdad el amor al prójimo.

1 Comentario

  1. Buen día Padre. Visito este espacio por primera vez. En esta ocasión me vino como anillo al dedo. Parecía que estaba hablando para mi. Quise compartirlo con Usted. Gracias por decirle SI a Jesús, Él puso en esta ocasión Su Servicio para sanar cierta herida que me estaba lastimando mucho. Usa Usted buen vino y buen aceite, como el Samaritano y yo vine a resultar Prójimo suyo. Dios lo bendiga Padre.

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